Cavernícola por destino
Manuel Páez trabajando en su estudio de Mula. / L.O.
Como creo conocerlo algo, estoy seguro de que hoy, nuestro protagonista de La Mirada y amigo personal, el escultor Manuel Páez, me llamará para echarme la bronca, simplemente porque lo haya señalado, porque me haya atrevido a comparar su vida y su obra con la de otras y otros que actualmente también dicen esculpir, pero que en realidad andan por ahí tejiendo homenaje tras homenaje y subidos en la cresta de la ola espacial. Por cierto, defino a como un escultor adrede, pues, aunque también pinta, creo que posee ese tipo de mirada que no deja nunca de escrutar la realidad a través del volumen.
Desde hace algún tiempo vive y trabaja en una casa-estudio situada en medio del campo de Mula, totalmente aislada y rodeada de fincas y paisajes celestiales. De hecho, las dos o tres veces que he estado por allí, al mismo tiempo que uno comienza a corretear mentalmente por aquellos entornos de sueño, no puede dejar de sentir también el frío, la distancia y la soledad con que se adorna el lugar, sobre todo cuando al caer el día te vas alejando, poco a poco, de ese antiguo y dormido paraíso terrenal.
Y resulta curiosa esta especie de aislamiento vital de Manuel; que se haya retirado del fragor de la batalla, del ruido ciudadano, de las luchas de clases, del mamporrerismo político y mediático... y que, en cambio, haya escogido los sonidos del silencio para poder seguir siendo él, para poder sostenerse en sus creencias, en sus habilidades, en su obediencia, en sus sueños, como mínimo requeriría del reconocimiento a su valentía y, sobre todo, a su fe.
Inevitable entonces acordarme de aquella frase que Ramón Gaya me respondió, un día de finales del siglo pasado, cuando le comenté que la creación (en su concepción más tradicional) estaba desapareciendo, estaba muriendo inevitablemente: "No, la creación es eterna y viene con el ser humano. Mientras exista el hombre, existirá la creación artística. Simplemente ha vuelto a las cavernas".
