Madrid de Corte a Charca
Escultura del Oso y el Madroño, en Madrid / L.O.
He vuelto de la capital tras licenciarme en asuntos madrileños. Cuatro días me han bastado para dominar una ciencia arcana, una disciplina que se lleva por delante a muchos de quienes intentan gobernarla. Ahora soy un madraca.
He aprendido que en los restaurantes puedes pedir un vasito de agua fresquita sin que te miren como a un tieso, y en algunos sitios hasta una jarra. El agua de Madrid está buena, y desde que la descubrí me he vuelto un yonqui del Canal de Isabel II, adicto a esa bendición que Neptuno regala a los gatos desde su fuente, más canalla que la vecina Cibeles, siempre tan estirada.
En Murcia, los chavales ‘hacen previa’ en algún piso antes de salir de fiesta; allí ‘hacen unas copas’, expresión bastante más imprecisa, porque uno nunca sabe si se las pimplan o si se ponen a fabricar la vajilla de Duralex. También he aprendido que todo debe abreviarse: Manuel Becerra es Manuelbe; Ventas, Nuevos —obviando Ministerios—; Lavapi.... Hoy mismo he llegado al bar y he pedido una ‘marica’. El camarero se ha ofendido, aunque yo solo quería una marinera con caña. Era un provinciano que no sabe de qué va esto.
La mentada marinera allí no existe. Tampoco la rosquilla que le sirve de cimiento ni el pringue glorioso de una buena ensaladilla, porque la que allí hacen recuerda peligrosamente al hormigón armado. No la pidan: solo les entrarán ganas de bombardear la Castellana.
También he podido estudiar a fondo la conocida como ‘charca’: esa masa humana peregrina a los santos lugares del cutrerío y la vulgaridad. El santuario principal quizá sea el oso que trepa al madroño frente a la casa de Ayuso —que no tuvo la deferencia de salir a saludarme—.
La charca coloniza también algunos enclaves castizos, como la Chocolatería San Ginés, de la que pude disfrutar en buena compañía. Y es que no hay felicidad sin revolcarse un poco en el fango. Hay que saber moverse como un infiltrado en el chapapote. Y si no están de acuerdo, comprendan que uno tiene que justificar sus pecados de alguna manera.
La parroquia con la que comparte santo, en la calle Arenal, alberga un precioso cuadro de El Greco del que me olvidé al día siguiente, cuando se me vinieron encima todos los del mundo. El Prado no se puede aguantar. Pero hasta de su belleza se cansa uno cuando llega la hora de la siesta y no ha hecho la digestión, así que lo que más disfruté fueron sus sofás.
El jueves fui a Toledo, donde pedí una ensaladilla con la que tampoco pude acabar. Bombardeen el Alcázar. Aunque creo que ya lo intentaron una vez. Mejor me pido otra marinera ahora que puedo.
Suscríbete para seguir leyendo
