Tiempo de procesiones
Una joven en la procesión de los coloraos en Murcia. / Juan Carlos Caval
En Semana Santa, su infancia son recuerdos llenos de nostalgia. Aquellos días de las procesiones grandes, el miércoles y el viernes, bajando las sillas de su casa para situarlas en la acera donde ver la procesión. Y ya el día entero vigilando que nadie las corriera de su sitio, conseguido madrugando, y tomara posesión de su trozo de suelo. Las filas estaban claras. Primero las de las sillas de pago, y, tras ellas, las suyas de su viejo comedor, las de la gente sencilla que solo pagaba unos céntimos por situarse. No había sillas para toda la familia, y la mayoría de las madres se pasaban la procesión con un hijo sentado encima.
Cuando tenía 19 años desfiló en el San Juan Marrajo. Los sanjuanistas, tanto los californios como los marrajos, eran y son lo más de lo más en las procesiones, y conseguir aquellas ropas blancas con la capa roja significaba un logro al alcance de muy pocas personas. Él tenía un buen enchufe y estaba apuntado en la cofradía desde hacía ya varios años. Fue una gran experiencia, no sin pequeños problemas. El principal era que los hachotes que llevaban en la mano tenían entonces luces alimentadas con butano, lo que producía un humo notable. Él era de los más altos de la fila, y mientras que a los de estatura más baja el humo les rebasaba sin problemas, el joven muchacho tenía la llama exactamente debajo del ojo derecho. El humo se colaba por el agujero del raso que le cubría el rostro y le achicharraba el ojo. Los siguientes tres o cuatro días recibió tratamiento para que la capacidad visual volviera a la normalidad. Pero la experiencia fue realmente notable para él.
Solo desfiló en el San Juan aquel año, pero, pasado el tiempo, volvió a vivir una Semana Santa desde dentro de la procesión. Fue en la de El Silencio y con la cara descubierta, vestido de nazareno con túnica roja de terciopelo. Salió varios años, siempre acompañado de dos amigos, J. J. M. y Enrique Escudero de Castro, primer alcalde democrático de Cartagena, d. e. p. Caminaban juntos, pero, como manda la costumbre en esa procesión, sin hablar una palabra entre ellos en todo el recorrido. Era un tiempo de sentir, de admirar las calles y los edificios de su ciudad con todas las luces apagadas, las fachadas envueltas en una penumbra solo vista esa noche al año, que a veces reflejaba la luz de la luna azulada. Unas pocas velas encendidas en los tronos, sin más sonido que el de un solo tambor, que es el que siempre abre el cortejo y marca el paso de los penitentes con el perfume del incienso en el aire. Algo muy bello que vivir y que se le quedaba dentro.
Él aconsejaba a todo el mundo que intentase pasar a la iglesia donde se preparan los tronos el día que van a salir en procesión. Y es que le resultaba fascinante ver cómo trabajaban los floristas, cómo mujeres y hombres les colocaban las ropas a las imágenes de vestir, situando una joya en la mantilla de la Virgen, mientras que un restaurador le daba un pequeñísimo toque con un pincel a la mano de una imagen de Jesús. Si se trataba de una procesión con muchos tronos, el aroma de las flores invadía el aire y decenas de personas se movían, se ayudaban y se dedicaban con pasión a todo aquello que hacían solo una vez al año, ese día de la Semana Santa.
Noticias relacionadas y más
¡Rataplán, plan, rataplán!
Donde late el silencio
Cuando las campanas callan: El municipio de Murcia que recupera la carraca en Semana Santa
Como él, supongo que cada uno de ustedes que lea esto tendrá sus experiencias de la Semana Santa. Quizás sea este un buen momento para rememorarlas. Desde dentro de las procesiones o desde fuera, admirando la belleza de las tallas, los bordados, el colorido de las túnicas y las otras vestiduras de los cofrades, sintiendo la fe y/o admirando la tradición, que en cada ciudad con un estilo y una forma de hacerlo diferente, siempre emociona.
Suscríbete para seguir leyendo
