El cuadro era lo de menos
Andrés Hurtado con el Sorolla que encontró en una calle de Sevilla. / Marcial Guillen / EFE
Hay cuadros que necesitan una pared para ser reconocidos. No porque los mejore, sino porque les presta obediencia. Un Sorolla en un museo es un Sorolla. Un Sorolla junto a un contenedor es una duda. La calle iguala: una silla rota, escombros, un ministro olvidado, un lienzo firmado. La acera no sabe de apellidos: sabe de bultos.
Lo raro no es que estuviera en la calle, sino que allí parecía otro. Fuera de sitio, hasta la belleza necesita que alguien la mire dos veces.
Esta historia no empieza con una obra maestra, sino con Andrés Hurtado, de Puebla de Soto, que vio un marco y pensó que podía servirle. No llegó a Sorolla por la luz, sino por la carpintería: hay revelaciones que empiezan en una ferretería íntima del gusto. Uno va a por un marco y se encuentra con el verano. Del asunto sabemos algo. Somos dados a confundir el marco con el cuadro:........
