menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Apocalipsis caníbal

12 0
09.04.2026

El presidente estadounidense, Donald Trump, gesticula mientras responde a una pregunta de los medios de comunicación durante una rueda de prensa sobre Irán desde la Casa Blanca. / JIM LO SCALZO / EFE

Hay dos maneras de destruir una civilización. Una, la más dudosa, a bombazos; otra, la más certera, transformando sus valores y sus reglas. Por la explosión o por la implosión. La civilización occidental está más tocada que los ayatolás, pues ha decidido autodestruirse aun con sus edificos e infraestructuras en pie. No tanto sus instituciones, que han sido asaltadas por el autoritarismo de los hiperliderazgos y la expresa declaración de intenciones acerca de intereses ajenos al bienestar común, al abrigo de la solidaridad y a la reformulación del concepto de libertad, encaminado éste en exclusiva a las relaciones económicas garantizadas por el dominio militar y en favor de las grandes corporaciones, sin control, regulación ni contrapeso.

El llamado mundo libre ha empezado a dejar de ser bonito, pues apenas se registran resistencias a la relativización de la democracia, y el rechazo cívico a la corrupción estructural solo se activa según banderías. O más que bonito, verosímil. Los ciudadanos nos abocamos a la mera subsistencia mientras observamos que descomunales cifras de dinero se destinan a objetivos criminales. El sistema, con todas sus imperfecciones y contradicciones, contenía hasta ahora mecanismos para el equilibrio, la promoción y la fiscalización, pero han bastado ciertas correcciones, en principio sutiles, paulatinas y sin ruptura aparente de los aparatos legislativos, para que muestre su peor cara, ya sin contención, desmontándose a sí mismo y pareciéndose cada vez más, por sus impulsos internos, a los modelos que combate.

Lo gravísimo es que estas dinámicas contra la ciudadanía se hacen en nombre de ella, y una buena parte las secunda, tal vez porque la complejidad de las cosas ha acabado siendo sintetizada por las ideologías, cuyos estandartes, los partidos políticos, vienen luchando en guerras centrífugas, con escaladas cada vez más distantes y superlativas. Así se ha creado el germen antisistema, activado para muchos por una excitante píldora autodestructiva que incita a acabar con el malestar sin concebir alternativa.

Las civilizaciones rara vez acaban a bombazos; por el contrario, las bombas renuevan los rencores y avivan el espíritu de venganza. Pero pueden consumirse si, con las propias actuaciones, renuncian a sus logros y avances para regresar a la Edad de Piedra, que no es un estado de destrucción física, sino una actitud de regresión de los principios democráticos. Un apocalipsis caníbal.

Suscríbete para seguir leyendo


© La Opinión de Murcia