El 8M frente a la reacción
Manifestación feminista en A Coruña / Víctor Echave
El 8 de marzo vuelve a situar a la sociedad frente a un balance inevitable. En las últimas décadas, los avances en igualdad entre hombres y mujeres han sido notables y han transformado tanto las instituciones como la vida cotidiana. Sin embargo, ese progreso convive con nuevas amenazas que ponen en riesgo parte de lo conseguido. La violencia machista sigue siendo la expresión más brutal de una desigualdad persistente, pero también han surgido formas de agresión como el ciberacoso o las campañas de hostigamiento digital. Con todo, la mayor amenaza es ideológica.
Los movimientos de derecha radical comparten una agenda común antifeminista. A pesar de las diferencias culturales entre países, varios ejes discursivos se repiten: señalar al feminismo como una amenaza para la familia, la nación o la identidad masculina. Con una reformulación bajo la que late la misma visión reaccionaria de siempre, se presentan las políticas de igualdad como una imposición de las élites que socavan la libertad individual. Se acusa al feminismo de haber desprestigiado el papel tradicional de las mujeres y de provocar una crisis demográfica. Al mismo tiempo, se presenta a los hombres como víctimas de una nueva discriminación y se promueve sustituir el concepto de violencia de género por el de violencia intrafamiliar. Con ese desplazamiento, se niega el carácter estructural y patriarcal de las agresiones contra las mujeres y se diluye su impacto real.
La agenda feminista ha logrado avances indiscutibles en la protección de las víctimas. Muchos han sido fruto de amplios consensos políticos y han cristalizado en reformas en los ámbitos policial, judicial y educativo. Tras siglos de silencio, la credibilidad de las víctimas ha pasado a ocupar el centro de la respuesta institucional. Sin embargo, el discurso sobre las «denuncias falsas» se ha convertido en una eficaz herramienta de desinformación. Los datos oficiales lo desmienten —la Fiscalía las cifra en apenas el 0,009%—, pero el relato ha logrado calar en la opinión pública. Al alimentar la sospecha, no solo difunde una falsedad, también desincentiva la denuncia.
La igualdad entre hombres y mujeres no es una consigna ideológica, sino un principio democrático
La igualdad entre hombres y mujeres no es una consigna ideológica, sino un principio democrático
A ello se suman las discrepancias internas dentro del propio feminismo, que no siempre han ayudado a transmitir un mensaje claro. El debate es legítimo en cualquier movimiento social, pero cuando se convierte en enfrentamientos públicos y persistentes pueden diluir el objetivo común y facilitar la instrumentalización de quienes buscan desacreditar la causa de la igualdad.
En este contexto, el 8M debe servir para reafirmar lo esencial. La igualdad entre hombres y mujeres no es una consigna ideológica, sino un principio democrático. Defenderla exige unidad frente a la desinformación, rigor frente a los prejuicios y responsabilidad por parte de todos los actores públicos. Solo desde ese compromiso compartido será posible consolidar los avances logrados y evitar que la reacción ideológica erosione derechos que deberían ser ya incuestionables.
