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Crónica de la mañana en que cinco hombres se quedaron para siempre en otra mina asturiana: una inesperada "bola de fuego" y un grisómetro que pitaba

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31.03.2026

Crónica de la mañana en que cinco hombres se quedaron para siempre en otra mina asturiana: una inesperada "bola de fuego" y un grisómetro que pitaba

Los cuatro supervivientes del siniestro de Cerredo no olvidan los dramáticos instantes en que perdieron a cinco compañeros

Imágenes del interior del tercer piso de la mina de Cerredo, donde se produjo el accidente mortal. / LNE

Apenas llegaba a diez grados la temperatura aquella aciaga mañana del 31 de marzo de 2025 en Cerredo. Pasaban las ocho de la mañana cuando nueve mineros ascendían en coches por la pista que conducía a la explotación. La luz de la mañana aún no bañaba del todo las laderas de la montaña; el frío seguía pegado a la hierba. En silencio, los nueve hombres bajaron de los vehículos, se ajustaron los guantes y las lámparas del casco. Ibán Radio Barciela marcó el paso; según declararon sus compañeros, era quien daba las órdenes en el interior. No necesitaba imponerse, le bastaba decir:

El primer grupo entró en la oscuridad de la bocamina del tercer piso de la explotación de Cerredo. El segundo lo hizo unos diez o quince minutos después, según recordaría luego Sergio Fernández, uno de los supervivientes. Quizás entonces Jorge Carro, que se quedó para siempre en la mina, recordase las dudas que en numerosas ocasiones le había expresado a su mujer: "Cualquier día va a pasar algo".

Los hombres se adentraban en las entrañas de una bocamina que terminaría por engullir las vidas de cinco de ellos, y sus pasos resonaban en ecos que se multiplicaban en los recovecos de una explotación en estado de abandono.

Cuando todo el grupo había recorrido los casi 800 metros y había girado a la derecha para acceder a la llamada "capa Z", apenas se miraron. Allí estaban Amadeo Bernabé Castelao, Rubén Souto, David Álvarez, Jorge Carro e Ibán Radio; se sumaban Sergio Fernández, Abel García, David Álvarez y Enrique Fernández.

El trabajo comenzó como cualquier jornada precedente. Habían sido muchas, según declaró Abel García a la Guardia Civil, quien situó el inicio de la extracción de carbón —para la que la empresa no tenía permiso— después del verano de 2024. Precisamente, Abel cargaba carbón en una vagoneta cuando se desató el infierno; pasado el tiempo solo recordaría aquella actividad casi mecánica. Sergio Fernández, que llegó en el segundo turno, recordó que cuando accedió al lugar de explotación el trabajo ya estaba en marcha. También lo confirmó David Álvarez, encargado de manejar la locomotora.

El aire no era inocente aquella mañana de lunes. Durante el fin de semana, el grisú había ido filtrándose minuciosamente por las paredes de la mina. "El carbón estaba muy blando", llegó a reconocer uno de los trabajadores fallecidos a su familia. Pero no todos eran conscientes de que la muerte se asentaba en la atmósfera a su alrededor. Según declararon dos de los trabajadores, los picadores llevaban grisómetros. Uno de ellos, Enrique Álvarez, fue el primero en percatarse. Declaró a la Guardia Civil que su grisómetro pitaba porque había una concentración de oxígeno por debajo del 18% y en la pantalla aparecía un indicador de presencia de metano.

Lanzó un grito. "¡Adónde vais con tanto gas!", relató después a la Guardia Civil. Cree que no le escucharon. Avanzó hacia ellos y entonces vio una bola de fuego que se acercaba desde donde estaban los otros. Después llegó el estruendo, la explosión.

En algún punto de esa galería, Rubén, picador, extraía carbón en un hueco estrecho e incómodo. Abel, que oyó la explosión mientras cargaba carbón, llegó a pensar que podía haberse originado en la zona donde trabajaba Rubén. Sergio apenas pudo concretar en qué lugar preciso brotó la muerte que se llevó la vida de sus cinco compañeros: se le nubló la mente y perdió el conocimiento. Enrique aún conserva la visión de la terrible bola de fuego.

A partir de ahí, el relato de los testigos se fragmenta. Dos mineros lograron salir por su propio pie y otro compañero los subió a un coche para trasladarlos al centro sanitario de Villablino. Otros trabajadores de la empresa entraron en la mina y rescataron los cadáveres de dos trabajadores fallecidos y a otro herido, que fue evacuado al HUCA.

La Brigada de Salvamento llegó a Cerredo en torno a las once menos cinco, tras un aviso confuso y una segunda llamada que situaba por fin el punto exacto. Había ya movimiento en la boca de la mina, sanitarios, trabajadores de la empresa. Mientras se aproximaban, una máquina-vagón salía del interior con un cuerpo tendido sobre tablas. Alguien les indicó cómo llegar. La Brigada de Salvamento entró caminando, en fila. La galería obligaba a avanzar despacio y los detectores de falta de oxígeno ya avisaban antes de llegar a la zona del siniestro. En un primer momento tomaron una dirección equivocada y tuvieron que retroceder hasta el cruce. Desde allí siguieron la ruta correcta: un tramo con una puerta abierta a un pequeño almacén sin salida y, a continuación, la galería principal, más estrecha.

Al llegar al punto del accidente encontraron tres vagones descarrilados y, junto a ellos, los primeros cuerpos. Dos trabajadores yacían juntos, en una posición extraña, retorcida, sin signos vitales. No presentaban grandes heridas abiertas, pero sí fracturas evidentes; uno de ellos tenía quemaduras en la cara. A pocos metros, una locomotora eléctrica seguía en funcionamiento. Uno de los brigadistas localizó la palanca y cortó la corriente. Avanzaron unos metros más y entonces encontraron a un hombre aún con vida, desorientado, pero que reaccionaba a estímulos y presentaba una herida en la frente. A su lado había otro cuerpo sin vida, encogido y mutilado.

Tras sacar al herido, regresaron al interior para continuar con las labores de rescate. Sacaron los dos primeros cuerpos y volvieron a entrar por el tercero, el que habían dejado más al fondo.

En la zona había herramientas dispersas –martillos neumáticos, una motosierra, palas, chapas para deslizar el carbón– y, junto al lugar donde habían encontrado al herido y al cuerpo mutilado, hallaron un detector de gases apagado.

Las mediciones confirmaron lo que ya se percibía: bajo nivel de oxígeno, presencia de grisú y monóxido de carbono elevado.

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Aquel frío de la mañana se quedó fuera, en las laderas de Cerredo. Dentro, en la oscuridad de una galería mal ventilada, ya no quedaba más que el aire envenenado que había aguardado su momento.

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