David Martín, el madreñero valdesano de 51 años que lleva tres décadas dedicadas a un oficio en peligro de extinción
David Martín, el madreñero valdesano de 51 años que lleva tres décadas dedicadas a un oficio en peligro de extinción
"Creo que se van a acabar antes los madreñeros que su uso", señala el artesano, que fabrica las piezas en su casa de Buseco, una braña de Valdés
David Martín en Buseco con dos pares de madreñas. / T. Cascudo
Aunque es geólogo de formación, aprendió de adolescente a hacer madreñas y lleva tres décadas dedicado a este oficio en peligro de extinción. David Martín (1975), vive en Buseco, en una braña en las profundidades del concejo de Valdés y allí, además de ganadero, ejerce como madreñero. Ahora ya no a tiempo completo como hace unos años, pero realiza piezas por encargo en su pequeño taller ubicado en el bajo de su casa y goza de buena fama y prestigio.
“Creo que se van a acabar antes los madreñeros que el uso de madreñas”, sostiene, sabedor de que se cuentan con los dedos de una mano los asturianos que se dedican a este milenario oficio. "Más del noventa por ciento de las madreñas que se venden en Asturias son de fábrica y, ojo, está muy bien que las haya porque los artesanos no podríamos abastecer solos el mercado. Además, son pequeñas fábricas, que conservan el carácter artesanal y con maquinaria muy antigua", comenta el valdesano, que desgrana con pasión las particularidades de su oficio.
Tiene claro que lo que diferencia al artesano de la máquina es el ojo, su mayor aliado a la hora de elaborar una pieza: “Tienen que salirte dos iguales y tienen que calzar, que no te manquen al meter el pie. La máquina te copia dos iguales, pero no tiene ojos para decidir”. Además, el mismo ojo ayuda a trabajar la madera respetando sus vetas, algo que cuando se elabora a máquina no es posible, porque la madera se sierra en línea recta, sea cual sea la veta. Ese respeto a la madera es clave para, por ejemplo, que las madreñas no acaben por romper antes de tiempo.
Un tevergano afincado en Piedras Blancas, donde residió unos años, fue su maestro. “A mí la madera me gustó de siempre, pero en mi casa solo mi abuelo sabía hacer madreñas y murió antes de poder enseñarme. Así que lo aprendí todo con Luis, que procedía de una familia de madreñeros. Con él empecé a ir a los mercados y a las ferias a vender. Entonces se vendía muchísimo”, relata, con media sonrisa. Y es que con Luis González y su mujer Pristi pasó tiempos muy felices, en los que “no solo aprendí el oficio, sino que conseguí llevar la vida que tengo y siempre quise”.
Un par de madreñas de escarpín. / T. Cascudo
Aunque la geología le gusta, tuvo claro al acabar la carrera que quería ejercer como madreñero. Dicho y hecho. Así lleva desde entonces. Confiesa que cuando se dedicaba en exclusiva a la madreña podía rematar cinco pares al día, pero ahora su mejor media es de tres pares al día. “Es un trabajo muy físico, todo de brazo. Ahora hago pocas y solo por encargo”, relata el valdesano, de 51 años. Además, compagina este trabajo con el cuidado del ganado, pues tiene caballos, ovejas y cabras.
De su taller salen dos tipos de madreña, las de zapatilla y las de escarpín o carpín, es decir, las más antiguas, que se usaban directamente con los calcetines de lana de antaño. “Este tipo de madreña tiene la boca más cerrada y son estrechas, pero, según la zona, tienen una forma característica. Yo hago las de Teverga, pero, con el tiempo aprendí a hacer otras variantes y me adapto a lo que me piden”, relata. Por el contrario, las de zapatilla tienen un estilo más universal y apenas hay variaciones.
“Las de carpín van afumadas y luego se talla y las normales van pintadas y talladas”, cuenta Martín, que añade el detalle de que cada madreñero tiene su dibujo propio, algo así como su firma. El suyo es muy parecido al que hacía el padre de Luis, su maestro. “Aquel dibujo dejara de hacerse y yo seguí con él”, apunta.
David Martín trabajando en su taller. / T. Cascudo
El ochenta por ciento de las madreñas se hacen con madera de abedul, porque, añade Martín, es una madera “que se trabaja bien y es ligera”. Él trabaja con madera de los montes cercanos y explica que hay dos fases diferenciadas: el primer molde se hace con la madera “en verde” y no se remata hasta que la pieza esté seca, algo que ocurre unos diez días después. Cuenta el valdesano que hay dos tipos de clientes: el que las usa a diario y los integrantes de los grupos folclóricos. “Este último mercado está bien, pero no mantiene la industria de la madreña”, precisa Martín.
Con la pérdida de población de los pueblos y la industrialización del campo, también cayó “en picado” el cliente de la madreña. “Es verdad que hay sitios donde el uso se mantiene muy vivo y hay jóvenes que siguen con ellas. Usándolas a diario te hacen falta un par al año. Es un calzado cómodo, sobre todo en zonas húmedas”, cuenta Martín.
De 1.500 pesetas a 40 euros
Y ¿el precio? Pues empezó vendiendo a 1.500 pesetas las de mujer y a 1.600 las de hombre. Ahora las vende a 40 euros y dice que es un precio que cubre el coste y que sale rentable el trabajo. Anécdotas tiene a puñados como la de su mayor número: unas madreñas del 50. En este sentido, el paso del tiempo ha introducido cambios como el crecimiento del pie de las mujeres. Esto hace que ahora las tallas más populares sean el 40 o el 41.
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Martín mostrando un par rematado y otro en proceso. / T. Cascudo
El problema del oficio es la falta de relevo. Dice el valdesano que queda gente que sepa hacerlas, pero artesanos que se dediquen profesionalmente a ello en Asturias solo conoce a otras dos personas. “Hacer madreñas no es algo que se aprenda yendo a un curso, porque esto se aprende a ojo y hay que hacer muchas para entenderlo. Se aprende a hacerlas bien con experiencia y para eso hay que hacer muchas durante muchos años”, confiesa Martín. Una ventaja de este oficio grabado en el DNI de Asturias es que se puede ejercer en casi cualquier lugar, con destreza y herramientas manuales: “No necesitas corriente para hacer una madreña”, dice sonriendo.
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