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Manuel Corrada, el intelectual emigrante que legó una pequeña fortuna para disfrute de los asturianos y "conservar la memoria campesina"

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11.03.2026

Manuel Corrada, el intelectual emigrante que legó una pequeña fortuna para disfrute de los asturianos y "conservar la memoria campesina"

El Muséu del Pueblu d'Asturies ha recibido una herencia valorada en 1,3 millones de un hijo de dos asturianos de Amieva, profesor de Matemáticas de la universidad católica de Santiago de Chile, además de relevante crítico literario en los periódicos más importantes de Chile

Corrada fue un docente original, agudo, un conversador y lector inagotable, amante de la vida. Falleció en junio de 2022 en San Sebastián, a donde acudió ya gravemente enfermo "para nadar y acercarse ya secretamente a su madre, Belarmina", con la que había mantenido una estrecha relación

Manuel Corrada. / Muséu del Pueblu D'Asturies

Juaco López, director del Muséu del Pueblu d’Asturies, es un estudioso del fabuloso episodio histórico de la emigración asturiana a América. Pese a ello, todavía se asombra del indestructible vínculo telúrico que mantenían con su lugar natal aquellos que cruzaron al otro lado del mar. Tiene López motivos recientes para renovar ese asombro: el museo gijonés ha recibido una herencia valorada en 1,3 millones de euros de uno de esos emigrantes que, si bien no nació en Asturias, la sentía tan presente como para legar sus principales posesiones en Chile y Amieva al museo etnográfico, a fin de que «destine los citados bienes y derechos a la compra de bienes de patrimonio cultural material relacionado con el mundo rural de Asturias, con el fin de salvaguardar y conservar la memoria de los campesinos asturianos». Ese hombre que así testó nació en Santiago de Chile el 8 de agosto de 1953, se llamaba Manuel Corrada Corrada y fue un matemático heterodoxo, un admirado profesor universitario en la Universidad Católica de Santiago, crítico literario en periódicos chilenos y españoles, un hombre de mundo, conversación y curiosidad inagotable y gustos refinados que, al final de su vida (falleció el 18 de junio de 2022 en San Sebastián), atendiendo a la llamada de la tierra, decidió devolver a Asturias todo lo que recibió de ella.

Una imagen de Corrada en sus tiempos de colegio en Chile. / Muséu del Pueblu D'Asturies

Juaco López acaba de regresar de Chile, a donde viajó para gestionar la herencia que el Muséu recibió de Manuel Corrada. Allí conoció a sus amigos y tomó plena conciencia de la huella deslumbrante que dejó entre quienes le conocieron y su proyección intelectual. Fue el capítulo final de una breve relación que comenzó el verano de 2020. Entonces llegó al Muséu un correo de Corrada. Exponía su interés por donar la casa familiar que poseía en Arnaño (Amieva) para su conservación. Ese año, se encontraron en Gijón, mascarilla mediante porque era el tiempo del covid. El siguiente pasaron unas horas de charla en la casa de Arnaño. López le fue sincero a Corrada: expuso que el Muséu no tenía capacidad para hacerse cargo del inmueble y que, en estos casos, si así lo deseaba, lo habitual era que el legado se vendiera y se destinase el dinero a la adquisición de nuevos fondos para el Muséu. Ahí quedó la cosa. Se citaron para el 2022 y Juaco López prometió llevar una empanada. Pero nunca más se vieron. La muerte se llevó antes a Manuel Corrada. A Juaco López nunca le dijo que cuando contactó con el Muséu, la enfermedad ya le había marcado una cuenta atrás implacable. Tras la muerte de Manuel Corrada, llegó la sorpresa al Muséu: no sólo les legaba la casa de Amieva con sus fincas, también dos casas-chalet en la avenida General Flores de capital chilena, además de saldos bancarios y acciones. En total, una herencia valorada en 1,3 millones de euros. Una magnífica inyección de posibilidades, habida cuenta de que el presupuesto anual del Muséu para adquisiciones de nuevos fondos ronda los 40.000 euros anuales.

Corrada, en sus tiempos jóvenes, embarcando en un avión. / Muséu del Pueblu d'Asturies

Pero detrás de este notable acto de generosidad con la sociedad asturiana estaba la historia de un hombre. ¿Quién era Manuel Corrada Corrada? Los datos básicos lo sitúan como hijo de Tomás y Belarmina, ambos de apellido Corrada, emigrantes en Chile, donde el hijo se licenció en Matemáticas. Luego fue profesor e investigador de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Chile y, como invitado, siguió formándose en varias universidades europeas y americanas. Escribió artículos y críticas literarias en «El Mercurio» de Chile y también el diario español «El País», entre otras publicaciones.

Corrada fue el único hijo que sobrevivió de los tres que tuvo el matrimonio formado por Tomás y Belarmina, una mujer a la que no se le ponía nada por delante. Manuel tenía con ella una relación muy estrecha. Fue una excepcional cocinera y era una apasionada de las rosas: asistía a exposiciones florales y cultivaba distintas variedades en su jardín. Su hijo Manuel heredó esta misma pasión por las plantas. Belarmina, que venía a Asturias en verano en 2003, falleció en un accidente de coche en Piloña. Ella misma iba conduciendo. A sus 83 años.

Los abuelos de Manuel Corrada (Manuelo Corrada y Balbina Alonso) en una imagen tomada en Arnaño (Amieva) / Muséu del Pueblu d'Asturies

El padre, Tomás, viajó a América y desembarcó en Buenos Aires. Cruzó los Andes a pie para llegar a Chile. Llegó soltero. Años después volvió a Asturias a buscar esposa. Se llevó a Chile a Belarmina, 25 años menor. Era su sobrina carnal. El matrimonio tenía un negocio en el centro de Santiago, era una tienda de lencería llamada Casa Cibeles. La abrieron en 1930 en la Plaza de Armas de la capital. Cuando los padres murieron, Manuel Corrada se hizo cargo del negocio, hoy cerrado y reemplazado por un restaurante. Su amigo, el diseñador y fotógrafo chileno Gonzalo Puga, le ayudó a renovarla tienda. «Los proveedores se sorprendían al comprobar que, en su mejor momento, la Casa Cibeles, vendía más que las secciones de lencería de las tiendas de gran superficie. Manuel manejaba personalmente las decisiones de compra, gestionaba el stock y definía las estrategias comerciales y los precios. Adaptó los productos y las franjas de precio a la realidad del barrio y su competencia, apelando a la fantasía de quienes sostenían el negocio cada día».

Cuenta Gonzalo Puga que Manuel era un gran amigos de sus amigos. Lo recuerda como un gran conversador que «prefería la charla mundana a la introspección, evitaba hablar de su vida personal. Podía ser lapidario antes de traicionar su razón». En el mismo sentido se expresa Jocelyn Froimovich, joven arquitecta chilena, una de las grandes amigas de Manuel. De hecho, a ella le legó todos los muebles y enseres de sus propiedades inmobiliarias. Jocelyn se hizo cargo también de su biblioteca, hoy custodiada en la Universidad Diego Portales de Chile.

Manuel Corrada, a la izquierda, en una imagen de madurez. / Muséu del Pueblu d'Asturies

«Manuel fue mi profesor de matemáticas en la Universidad Católica, en donde yo estudié Arquitectura», indica Froimovich. «Como profesor era un personaje en clase. Le interesaba hacer preguntas. Yo conectaba con sus preguntas y él siempre estaba planteando supuestos que retaban la manera en que estábamos pensando de forma normalizada. Así nos fuimos haciendo amigos, con esa magia con la que surge la amistad». Esta arquitecta chilena lo recuerda así: «Manuel tenía un carácter muy intenso, era una persona inteligentísima. Era amante de muchas cosas, de la vida en general. Amaba la comida, la música, la buena vida, la gente. Le encantaba establecer conversaciones. Conversaba largo, le encantaba tomarse el tiempo. Era lento, siempre llegaba tarde. Por lo menos una hora. Y era muy ecléctico en la manera de pensar. Tenía intereses demasiado variados: el arte, las matemáticas, la arquitectura, el diseño, la sociología… Todo, le interesaba todo. Era muy fijado en la vida, en lo que constituía el cotidiano».

Gonzalo Puga cuenta que en casa de Manuel, en vida de sus padres, «se hablaba bable, pero nunca frente a las visitas». Jocelyn es testigo de la relevancia que Manuel daba a sus raíces. «Para Manuel, España importantísima. Nos unían muchas cosas y una de ellas era ser hijo de inmigrantes. Mis padres no fueron, pero mis abuelos sí eran emigrantes. Eso nos distinguía de la cultura chilena. Éramos más desarraigados, por así decirlo, más transnacionalistas. Eso nos permitía conectar en muchas cosas que, en el contexto chileno, eran difíciles».

Manuel Corrada tenía amigos en muchos sitios. También en Asturias. La filósofa Amelia Valcárcel era una de sus amigas. La que frecuentaba en Llanes durante el verano. Así retrata a su amigo. «Era un matemático dedicado a la teoría de números y con una letra preciosa. Esa dedicación le había permitido escapar de los dilemas de una sociedad, la suya chilena, complicada. Máxime por su orientación homófila». Valcárcel apunta que tenía un carácter «más reservado de lo que parecía. Había cultivado la socialité hasta dominar muy bien el registro, pero se manifestaba revelándose en pocas ocasiones. Era un hombre de agudo entendimiento, pesimista. Él imaginaba que nos parecíamos mucho. Pues... no lo sé. Nos gustaba siempre entrar a las cosas en su más adentro. Lo echo mucho de menos. A él y también a su madre».

Manuel Corrada, con su madre Belarmina. / Muséu del Pueblu d'Asturies

Amelia Valcárcel recuerda la risa de su amigo. «Pasamos mucho tiempo juntos. Ambos amantes de Asturias, de las tardes largas y la conversación. Lo que más disfrutaba era leer a toda velocidad. Casi un desafío: a libro cada par de días. Así podía, además, dar suelta a una cierta e infantil tacañería. Era un pelín narcisista, pero con lo que corre ahora por esos mundos... casi modesto». Y añade: «Manuel reposa en la tierra que amaba más. Todo aquí le parecía benévolo. Pensó en donar su herencia a la Fundación Princesa, pero, al final, cambió de idea. Yo creo que visitó el Muséu -yo se lo prescribí- y varió su testamento. Encontró que Xuaco era un cuidador preciso de su herencia: le gustó mucho su museo».

En junio de 2022, Gonzalo Puga y Jocelyn Froimovich viajaron a Asturias para enterrar a su amigo Manuel Corrada junto a su madre en Cirieño. El matemático al que todo le interesaba, «con la salud esquiva», se había alojado en sus últimos días en el Hotel Niza de San Sebastián «para nadar en la costa y secretamente acercarse a Belarmina, su madre». En un borrador inédito, Manuel Corrada dejó escrito lo siguiente:

«Llamo vida a un conjunto de percepciones que incluyen ver salir el sol todos los días; maravillarme de que la Luna no caiga sobre la Tierra, del despliegue de una semilla en una flor bella y luego en una delicia de sabor y perfume; de la contradicción fascinante de la expresión ‘llueve sobre mojado’, es decir, llueve sobre el mar donde de madrugada, entre el agua arriba y abajo, nado mientras siento asomarse la luz; de las conversaciones sin hilo, circulares, a tiro de escopeta. Los reflejos de la alegría brillante».

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