El beso del traidor
Hay traiciones que no necesitan treinta monedas para consumarse. La de Judas fue un beso; la de hoy es un discurso. En medio del dolor por la tragedia del Hércules en Putumayo, el país no solo llora a sus muertos: asiste, otra vez, a la traición de un gobierno que, para evadir responsabilidades, señala, acusa y fabrica culpables como quien apaga un incendio con gasolina. El petroceso no solo retrocede: también traiciona la verdad. Cuando el deber era asumir, el poder eligió culpar.
Mientras familias enteras entierran a sus hijos, Colombia intenta procesar el golpe de casi 70 vidas perdidas y decenas de heridos. El presidente decidió emprender su propia cacería de brujas. Señaló a gobiernos anteriores, habló de “chatarra” y convirtió una tragedia en libreto político. Como un Quijote moderno, pelea contra molinos de viento que él mismo dibuja, mientras evade lo esencial: su responsabilidad. Porque la omisión también mata. Y en este caso, pesa tanto como cualquier error técnico que investiga la autoridad competente.
Pero la realidad es más fuerte que el relato. El comandante de la Fuerza Aeroespacial Colombiana dejó claro que la aeronave no era “chatarra”, que tenía vida útil y cumplía condiciones de operación. Y ahí se rompe el discurso. No se puede honrar a los caídos desprestigiando a quienes los lideraban ni debilitando la institución que hoy también está de luto. Defender a la Fuerza Pública no es un acto político, es un acto de respeto.
Aquí es donde la denuncia del Representante electo Daniel Briceño cobra peso. Recursos para modernización y fortalecimiento militar con ejecución del 0 %. Cero. Mientras tanto, el Estado paga cifras millonarias en soluciones temporales, evidenciando que el problema no es falta de dinero, sino de gestión. Hace un año ya se advertía. Nadie escuchó. Hoy, el costo no se mide en pesos, sino en vidas.
Y mientras tanto, el país descubre algo más doloroso: el abandono. Un aeropuerto sin condiciones, una pista vulnerable, un municipio sin capacidad hospitalaria para responder a una tragedia así. No fue solo un accidente. Fue el resultado de años de descuido agravados por la inacción actual. Cuando el Estado no llega, la tragedia sí.
Judas traicionó una vez. Aquí la traición es constante: a la verdad, a las instituciones, a los ciudadanos. Y como en la historia, toda traición termina encontrándose con su propio peso. Porque llega un momento en que ni el discurso alcanza, ni el poder protégé. Y cuando ese momento llega, la traición “como Judas” no resiste el espejo… y termina ahorcada por su propia conciencia. Por eso el trabajo se hace más fuerte, el triunfo se dará de manos de una mujer con la fuerza y la experiencia para recomponer el camino y hacer a Colombia nuevamente libre y soberana.
