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Cuando dejamos de escucharnos

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24.03.2026

Si usted es de los que en su casa, en su trabajo, en su grupo de amigos o en redes sociales asume posiciones radicales, excluye, descalifica y no escucha a los demás, seguramente está cayendo en una forma peligrosa de tribalismo.

El tribalismo, en palabras simples, es cuando dejamos de tener ideas y empezamos a sentir que somos esas ideas. Entonces, quien piensa distinto ya no es alguien con otra opinión, sino alguien que amenaza lo que somos, lo que creemos y el grupo al que pertenecemos. Por eso reaccionamos con rabia, con desprecio o con cerrazón. Pasa en la política, pero también en la familia, en el barrio, en el trabajo y hasta en la mesa del comedor.

Lo grave es que nos estamos acostumbrando a despreciar los argumentos, la evidencia, la educación y hasta la experiencia, para encerrarnos en posturas cada vez más rígidas. Ya no se discute para comprender, sino para defender una orilla. Y así, en vez de acercarnos, profundizamos las divisiones que ya existen en nuestra sociedad y en nuestros propios entornos.

Aquí es donde debemos detenernos. Porque muchas veces el problema no es que falten razones o argumentos, sino que falta algo más elemental, saber comunicarnos. Podemos tener datos, estudios, pruebas y buenas intenciones, pero si no sabemos hablar con el otro, escucharlo y tratarlo con respeto, difícilmente vamos a persuadirlo. El problema de fondo no es de conocimiento, sino de comunicación.

Por eso tenemos que reaprender a conversar. A hacerlo incluso en medio de la desconfianza, del cansancio y de las heridas que vive hoy nuestra sociedad. Porque una cosa es defender con firmeza una posición y otra muy distinta es encerrarse en un desacuerdo ideológico del que nadie quiere salir. Dialogar con quien piensa distinto exige más madurez que repetir consignas entre quienes piensan igual.

Y ahí está una de las trampas más peligrosas de este tiempo; cuando solo hablamos con quienes nos dan la razón, nuestras opiniones se vuelven más extremas y homogéneas. Como se dice popularmente, empezamos a mirarnos el ombligo. Perdemos matices, dejamos de dudar y terminamos creyendo que nuestro pequeño círculo representa al país entero. Esa es una de las razones por las que hoy la democracia se resiente, porque cada quien habla para los suyos, pero casi nadie escucha al resto.

Por eso, la pregunta para Colombia sigue en el aire ¿Cuándo vamos a aprender a conversar y a entendernos en medio de las diferencias? Tal vez el gran desafío de este país no sea solo ganar debates o elecciones, sino recuperar la capacidad de escucharnos.


© La Nación