menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

El “estiércol del diablo” y el affaire Epstein

17 0
14.03.2026

Hacer que se pudra la moral de los pueblos no es un “daño colateral”, es una estrategia central. Un pueblo moralmente descompuesto es más gobernable, más manipulable, menos exigente. Cuando la dignidad deja de ser una expectativa razonable, cualquier migaja parece un favor. La indignación selectiva remplaza a la ética estructural, y el morbo sustituye al análisis. La guerra cognitiva no busca producir sujetos malvados, sino sujetos desmoralizados, incapaces de imaginar una vida común que no esté atravesada por la humillación y el abuso. 

Tal affaire Epstein no es únicamente un expediente judicial ni una crónica de excesos individuales, es un síntoma histórico que desnuda la fragilidad de la salud intelectual de los pueblos y la violencia simbólica que padecen en una intemperie semiótica cuidadosamente administrada. En ese espacio saturado de signos, imágenes y relatos fragmentarios, la verdad aparece deshilachada, sometida a un régimen de distracciones que anestesia la capacidad crítica colectiva. El caso irrumpe como un relámpago que ilumina, por un instante, la arquitectura del poder contemporáneo, pero pronto es envuelto en un manto de ruido, tecnicismos legales, morbo controlado y silencios estratégicos que neutralizan su potencia pedagógica. No se trata sólo de delitos atroces cometidos contra cuerpos vulnerables; se trata de la pedagogía inversa que el poder ejerce cuando logra que semejante horror no desemboque en una revisión profunda de las estructuras que lo hicieron posible. 

Y ahora, la intemperie semiótica es ese estado en el que los pueblos reciben signos sin abrigo crítico, expuestos a narrativas que no buscan comprender sino........

© La Jornada