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Rosario Castellanos/Elena Poniatowska

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26.04.2026

Si a Rosario la canonizara el Vaticano en Roma, nadie se sorprendería, porque en México ya le hemos levantado más monumentos que aquel camino de la cruz que nos lleva directamente a la Basílica de Guadalupe. Rosario es ahora la catedral de la literatura mexicana y nos prosternamos ante ella para comulgar con su Oficio de tinieblas, su Poesía no eres tú, su Balún Canán.

Rosario Castellanos nunca imaginó la repercusión que tendría su obra, nunca pensó que sus palabras resonarían en la vida privada de muchas mujeres, que su vida personal y cotidiana atraería los ojos de muchos lectores y suscitaría una pasión que la acercarían a las mujeres del siglo XX y XXI y a la eternidad. Nacida el 25 de mayo de 1925, se cumplirán 101 años de su nacimiento y no sólo Comitán, Chiapas, lo celebra, sino toda la República Mexicana, así como las universidades estadunidenses en las que ella fue profesora y dejó una huella imborrable. Rosario es hoy por hoy hasta una universidad a cuyas aulas acuden estudiantes de varias carreras y en las que vuelan sus palabras como palomas mensajeras que llevan su nombre en el pico, así como hace la librería del Fondo de Cultura Económica, en la colonia Condesa, nos la hace más familiar que el 10 de mayo, Día de las Madres y la recordamos en cada momento y con cualquier pretexto. Pocas mujeres han sido tan reconocidas como esta chiapaneca que trató a sus lectores como cómplices y los hizo participantes de su propia vida y sus pequeños desastres y sus sorprendentes alegrías.

Entrevisté a Rosario Castellanos en varias ocasiones, y cada vez que la llamaba me respondía con su voz de campanita en el........

© La Jornada