Timbre
Sabíamos ya que estábamos en la era de la posverdad –esa en la que para convencer a la opinión pública valen más las emociones intensas y las creencias personales que los hechos y sus registros–, pero pocas cosas lo han dejado tan en claro como las posiciones de las más altas esferas estadunidenses respecto al material visual que dio a conocer el asesinato de la poeta Renee Good, ocurrido el 7 de enero a manos del agente de ICE Jonathan Ross, y la ejecución de Alex Pretti, enfermero, ocurrida el 24 de enero, ambos en Mineápolis, este terrible 2026. Pronto después del primer crimen, sin investigación alguna de por medio, tanto el presidente como su secretaria de seguridad describieron como reales y objetivas conductas que no aparecían en los videos, creando un abismo así entre el hecho, su registro, y la interpretación del mismo. Además, se dieron a la presurosa tarea de producir narrativas que, amparadas por su poder de facto (tienen acceso a los códigos nucleares), los exhibían como terroristas domésticos, transformando a las víctimas en victimarios y a los perpetradores en víctimas. En unos segundos, y esto es lo que estoy tratando de argumentar aquí, las autoridades estadunidenses pusieron en entredicho las bases mismas de la no ficción contemporánea, dándole un espaldarazo a la ficción.
Alguna vez el escritor noruego Karl Ove Knausgaard aseguró que, en........
