Sobre los incendios del verano: No se podía hacer nada
No se podía hacer nada. Todo el mundo te decía lo mismo: "no se puede hacer nada". No se podían quitar las arizónicas porque era mucho dinero (quizá porque la piscina nos dejó sin presupuesto; lean, por cierto, La España de las piscinas, de Jorge Dioni). Porque lucían bien esos muros de arizónica que arden como antorchas, porque hacían invisible lo que ocurría dentro de nuestros pequeños palacios. No se podían limpiar los perímetros porque era costoso o eran propiedad privada, y a saber quién o quiénes eran los propietarios. Uf, propiedad privada... Imposible.
No se podía hacer nada porque no había presupuesto municipal o porque el presupuesto en prevención era ridículo. Porque los ecolojetas impedían que una paisana limpiara de rastrojos su parcela o que honradas empresas, que tenían todos los permisos, hicieran tareas de desbroce. Porque, en efecto, se presentan dos ecologistas y un forestal y paran el mundo; porque todos sabemos que el poder lo tienen los ecologistas y las feministas. No se podía hacer nada por la Agenda 2030 y porque no dejan limpiar el monte, a pesar de la ley 43/2003, que obliga a propietarios públicos y privados a prevenir de forma activa los incendios forestales.
No se podía hacer nada porque ni municipios ni urbanizaciones contaban (la mayoría no cuenta) con planes de autoprotección (que, en sí mismos, si no se ejecutan, son inútiles). Porque las autonomías no fiscalizaban su existencia ni cumplimiento. No se podía hacer nada porque durante años, porque aún hoy, a pesar de la evidencia, se ha ignorado a científicas y ecologistas que han puesto palabra a la voz no humana de la naturaleza. Se han obviado, por ejemplo, los informes sobre grandes incendios forestales de WWF "Fuego a las puertas" o "Paisajes cortafuegos". En el primero se afirmaba, en 2017: "Los grandes incendios no se apagan con agua, sino con gestión forestal y planificación territorial. Solo reduciendo la vulnerabilidad del paisaje a la propagación de las llamas evitaremos que los GIF devoren comarcas enteras." Los ecologistas se desgañitaban señalando que los ingredientes de la catástrofe estaban listos: abandono rural, cambio climático, urbanización difusa, falta de inversión en prevención (es la extinción la que "mueve la economía") y ausencia de planificación territorial y planes de autoprotección. Quién iba a escucharlos. Nada. Como Casandra. Da miedo cómo se ha intentado hacer de este colectivo un chivo expiatorio, de qué forma tan demoniaca se pretende crucificar, en redes sociales y algunos medios, a quienes, por decirlo así, han sido el canario en la galería, en la mina. Se dijo desde hace mucho y en muchos lugares. Estábamos avisados.
No se podía hacer nada porque extraer la arizónica, hacer fajas en torno a las urbanizaciones incluidas en Zonas de Alto Riesgo de incendios, hacer claras, escamondas, etc.; promover la ganadería extensiva y reforestar con especies frondosas de quema lenta frente a las vastas áreas de monocultivo de resinero; porque invertir en paisajes cortafuegos tipo mosaico es una cosa carísima y, bueno, no parece muy rentable en términos mercantiles. No había dinero para eso. Algunos ayuntamientos no tenían siquiera dinero para retirar el combustible que dejó la borrasca Filomena por todas partes, o restos de talas dispuestos como piras funerarias (¿se plantearon alguna vez qué hacer con esos restos? ¿No imaginaron siquiera el peligro que suponían?). Ahora hay que afrontar las pérdidas sociales y ecológicas. Aunque siempre habrá quien se beneficie. Todo está previsto. Es lo que Naomi Klein llamó "el auge del capitalismo del desastre". Mientras unos se preguntan por qué ha sucedido esto, cuáles son sus causas últimas, qué hacer para que no pase otra vez, otros se preguntan: "¿quién puede beneficiarse de esta catástrofe?"
Lo urgente y lo necesario parece imposible; lo inútil, superfluo y aun grotesco, imprescindible. Pongamos algunos ejemplos. Según la IA (que no es el intelecto agente aristotélico, pero sirve para algunas cosas), que recoge información de La Vanguardia, entre otros medios, el Gran Premio de Fórmula 1 Madring ha costado, a día de hoy, 200 millones de euros. No sabemos cómo se distribuirá,........
