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Enrique Ubieta: «La fuerza de Cuba, su peligrosidad extrema para el imperio, es su ejemplo»

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17.02.2026

Mientras la administración estadounidense estrecha el cerco sobre Cuba, rescatando la retórica de la «amenaza inusual y extraordinaria» --la misma fórmula jurídica utilizada por Barack Obama para iniciar el asedio contra la Venezuela bolivariana--, la batalla se traslada al terreno de la subjetividad y la cultura. No es solo un bloqueo económico y financiero; es una guerra híbrida que busca pulverizar el alma de la Revolución, intentando instigar artificialmente «revoluciones de colores» entre las grietas de las dificultades materiales impuestas por Washington.

En esta trinchera de ideas, la voz de Enrique Ubieta es una brújula imprescindible. Intelectual agudo, ensayista y director de la histórica revista Revolución y Cultura, Ubieta encarna la figura del intelectual militante que no separa nunca el análisis estético del compromiso político. En esta entrevista, Ubieta se detiene en la crisis interna que vive la sociedad estadounidense, revela el impacto de los sucesos del 3 de enero en Cuba y traza las rutas de una solidaridad internacional que debe hacerse escudo activo contra el chantaje del dólar. Con la lucidez de quien vive el asedio desde el corazón de La Habana, Ubieta nos recuerda que la cultura no es un adorno, sino el oxígeno de un pueblo que ha decidido no volver a ser nunca más el «patio trasero» de nadie.

Recientemente Trump ha endurecido el cerco contra Cuba utilizando la misma retórica del decreto de Obama contra Venezuela: calificar a la nación como una «amenaza inusual y extraordinaria». ¿Qué hilos estructurales ligan estas decisiones de presidentes de signos supuestamente opuestos y qué nos dice esto sobre la continuidad de la doctrina imperialista hacia la región?

Es inevitable que empiece diciendo algunas obviedades: el imperialismo tiene intereses y comportamientos globales que ambos partidos, y los grupos de poder, aplican de manera indistinta, pero no es monolítico; hay sectores más o menos poderosos, cuyos intereses no necesariamente coinciden con las estructuras partidistas y se expresan en grupos dentro y fuera de ellas. Ahora bien, la presencia de instrumentos económicos de presión en las relaciones internacionales no es nueva, como lo evidencia la existencia del bloqueo económico, comercial y financiero a Cuba que data del año 1962, cuya extraterritorialidad se basa en prohibir, entre otras cosas, el uso del dólar, la adquisición por empresas con capital total o compartido estadounidense de maquinarias y equipos que contengan níquel cubano, la compra por Cuba a terceros de productos con un 10 por ciento de piezas o componentes norteamericanos, que aquellos barcos que hayan tocado puertos cubanos ingresen a los EEUU durante los siguientes 180 días.

Sin embargo, ese recurso ha incorporado nuevas variantes como son las llamadas "sanciones colaterales" y las "sanciones inteligentes". Según la economista Yazmín Vázquez, las primeras se conciben para frenar el apoyo de terceros países a aquellos que previamente han sido castigados (por ejemplo, imponer aranceles más elevados); las segundas están dirigidas a un producto o actividad económica que ocupe un lugar central en la vida de un país, y que por sí solo puede desestructurar todo el funcionamiento de este. Es lo que pretenden aplicar, como en su momento a Venezuela, con la orden ejecutiva recientemente firmada.

La sociedad norteamericana enfrenta una aguda crisis que puede fracturarla: durante las últimas décadas, el pensamiento conservador, incluso reaccionario, de corte fascista, ha permeado a sectores afectados por esa crisis, dispuestos a culpar de sus penurias a migrantes y ateos. Ese pensamiento, actualmente en el gobierno, parece mayoritario, porque se expresa de forma abierta y dicta leyes, delinea conductas, reprime a sus adversarios: es antiinmigrante, supremacista, misógino, racista, se opone al aborto, censura libros, combate a la comunidad LTGBQ . Toda actitud liberal, en el tradicional sentido norteamericano, es calificada de comunista. Como resultado, se establecen vasos comunicantes espontáneos entre los afectados que pueden derivar en frentes unitarios.

Los políticos que se autodenominan liberales, tradicionalmente representantes del establishment en los EEUU, empiezan a reivindicar conceptos antes impensables, como el de socialismo. Para la alcaldía de New York es elegido por una significativa mayoría de votantes un candidato musulmán que se declara 'socialista' democrático. La etapa histórica que vivimos ha roto la modorra, la corrección sistémica, el inmovilismo de la izquierda norteamericana, todavía acéfala de líderes y horizontes compartidos, obligada a reaccionar frente a una derecha que no oculta sus objetivos y sentimientos, y que ha roto con las reglas de la democracia burguesa. Esa reacción todavía es tímida, lenta, de cierto modo tardía, pero puede conducir a una guerra civil. Ante la ruptura de la democracia burguesa, es todavía el reclamo de su conservación. Se trata, por el momento, de un comportamiento sustentado en la legítima defensa.

Barack Obama utilizó las dos herramientas clásicas de la política imperial: la zanahoria y el garrote. Mientras trataba de engatusar a los cubanos con una convivencia envenenada, reto aceptado, promovía el golpe de estado en Honduras, declaraba a Venezuela como "amenaza inusual y extraordinaria" y atacaba a Libia. Un artículo de opinión, que el New York Times publicaba en 2016, era titulado así: "El inesperado legado de Obama: ocho años de guerra continua", eso, a pesar de haber recibido el Premio Nobel de la Paz. Es entendible la furia del egocentrista Trump que aspiraba también a recibirlo, y le fue negado.

La diferencia entre ambos mandatarios --y puede parecer........

© La Haine