Lenguas mortales
No le quepa duda, políglota lector, de que las lenguas se mueren. Desde los lejanos tiempos de la torre de Babel, las lenguas han nacido, crecido y desaparecido continuamente. No se salvó ni el latín, una de las más importantes lenguas de cultura de la historia de la Humanidad, la lengua de Cicerón y Ovidio, hablada y escrita durante dos milenios por cientos de millones de personas hasta los tiempos de santo Tomás, Erasmo, Descartes y Newton. Pero hoy es una lengua muerta. Su lugar ya no son las bocas y las plumas de los hombres, sino los diccionarios. Y la mataron las lenguas vulgares de la gente vulgar, porque las lenguas romances desde Portugal hasta el Mar Negro no son más que el latín degradado por millones de ignorantes que, por la fuerza del número, acabaron imponiendo la ignorancia como nueva norma.
También yacen sepultadas bajo la arena de la historia, entre otras muchas, la lengua sumeria, la egipcia, la hitita, la picta, la etrusca, la córnica y la gala. Y de nuestra España desaparecieron las lenguas íberas, la celtíbera, la aquitana, la tartésica, la guanche…
Hasta el español desaparecerá. Ya está desapareciendo. Intente hablar con un veinteañero, especialmente si ha salido de esa eficacísima máquina analfabetizadora que seguimos llamando, no sé por qué, universidad. Comprobará que a menudo resulta difícil comprender la extraña jerigonza que habla y que a veces parece que suena a algo parecido al español: un........
