Campeones mundiales de autodenigración
España marcha viento en popa a toda vela. Vivimos en el mejor país posible con el mejor régimen posible y el mejor gobierno posible. Por eso, carentes de problemas y sobrados de aciertos de nuestros Pericles patrios, podemos ocupar nuestro tiempo en dar vueltas y más vueltas en torno al transcendental asunto de unos hinchas futboleros pegando gritos en un estadio. Sorprendente novedad, la de quienes han hecho lo que vienen haciendo desde que se inventaron los espectáculos de masas allá por los heroicos tiempos del Coliseo romano. Hoy no suben o bajan pulgares decidiendo sobre la vida y la muerte de los gladiadores, pero no le quepa la menor duda, ilustrado lector, de que si de ellos dependiera, tanto aquí como en el último rincón del mundo, rebosaría la sangre de tanto árbitro y tanto jugador merecedores de las muertes más horribles.
La novedad ha consistido en que un público pecaminosamente rojigualda —¡y en los Països catalans!— emitió gritos despectivos hacia la fe musulmana. Fea cosa, ciertamente, la de insultar a los demás por creer o dejar de creer en el dios que les dé la gana, pero ¿desde cuándo se le suponen modales........
