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Pelillos en la mar

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07.04.2026

Empiezan esta semana los juicios del caso Kitchen y del caso Koldo y del último se han publicado, en El Español, unas fotografías que tienen por protagonista a Ábalos. Salvando las distancias, las fotos de Ábalos son como las de Trump. Todas son buenas.

Las fotos son pruebas, pero también  recuerdos. Casi todas tienen el aire estático del pasado, de lo muerto. Porque ha de ser así, por ley física, también porque Ábalos y su séquito posaban como cualquier turista, inmortalizando el instante –es decir, mortalizándolo un poco– y cuando no, Koldo le sacaba durmiendo, que hay que ser… Koldo no respetaba las códigos más básicos. Serán todos corruptos, pero unos nos caen mejor que otros.

Entre todas las fotos, en las que Ábalos va siempre de blanco y acompañado por una rubia, legítima o no, hay una distinta. Una en la que algo vivo destaca. Aparece él en un yate, con una mujer, quizás novia o sobrina, y ella apoya una mano en su pecho. De fondo, el mar y la costa, grandes edificios turísticos. Puede que fuera Colombia. El yate o lancha (todo lo ignora el plumilla) ha cogido velocidad porque Ábalos tiene los ojillos cerrados, una expresión inequívoca de felicidad y ella se recuesta un poco en él; pero lo sabemos, sobre todo, porque lo indica la dirección de su pelo: unos pelillos al viento, apenas un mechoncito disparado, ridículamente disparado.

En esos pelillos está todo: la velocidad, el aire, la brisa del mar en el rostro, el rugir del motor, la libertad y plenitud del instante; sentimos la escena, nos ponemos en su lugar.

La sensación está viva. Sigue viva en la foto por esos pelillos que no prescriben.

Si ampliamos y nos fijamos un poco más, los pelillos se deshilan al final como la cresta de una ola, se siguen moviendo, haciendo diminutos arabescos, como dedillos de espuma junto a la espuma misma del mar. Tiemblan al viento, forman una pequeña onda hecha de tiempo y materia. Esos pelillos desmelenados, esos cuatro pelillos que han echado a vivir, recuerdan a La Gran Ola de Kanagawa, y como la espuma de su cresta, se deshacen en una infinitud siempre viva, constantemente viva, dando eternidad al momento (será un momento a costa del erario público, pero eso no le quita eternidad). La infinitud también se sugiere, por cierto, aunque sin conseguirse del todo, en la foto de la infinity pool, donde piscina, cielo y mar se funden tras Ábalos y cía.

Pero es por esos pelillos, sueltos como un cabo suelto, por los que el instante se hace eterno, y la foto vive, como el recuerdo seguirá vivo en Ábalos, dulce y mortificante a la vez: el mar, el resort, la rubia, la sensación en el rostro… La vida está hecha de momentos así. Habrá delitos y se revelarán o no, pero esos pelillos-espuma, como delatores del instante, consiguen revelar la fugacidad de las cosas y su eternidad.


© La Gaceta