Las cenizas y el fuego
Me llevé un pequeño soponcio al ver tallado en un paso de mi pueblo a un angelito con chupete. No me gustó. A los chupetes hace años que los miro con indiferencia. Mi rechazo no fue fobia, sino teología. Los ángeles son espíritus puros. Desde luego, los tronos, potestades, dominaciones y principados, pero también los querubines. De hecho, la función de los doctos querubines, según el Pseudo-Dionisio Areopagita, es custodiar la sabiduría divina. Están especializados en el conocimiento. Ya se entiende que el chupete les sobra. Entre los múltiples, barrocos y tenaces piropos que he ofrendado a mi mujer a lo largo de tres décadas de intensa dedicación jamás la llamé «mi ángel», ni siquiera en los años más platónicos del noviazgo. No se me olvida su cuerpo, la verdad. Tampoco he dicho eso a mis hijos. Y no es por falta de devoción angélica. La tengo firmísima, a la altura de la de Eugenio d’Ors.
Pensé que el angelito con chupete era una novedad iconográfica y, por eso, disculpé al artista. Es muy duro dedicarse al arte en estos tiempos que idolatran la originalidad. El ansia de singularizarse fuerza estos fueras de juego. Lo importante es que no cunda el ejemplo. La tradición está en lo que se transmite, pero también en lo que no, que no importa más, pero casi tanto. Los creativos pueden proponer sus cosas, qué remedio, pero luego nosotros nos quedaremos sólo con lo bueno, y así, entre unos y otros, vamos acendrando las novelerías. Es en esa segunda fase donde el arte y la cultura se la juegan, aunque la gloria se la lleven los creadores.
Decía el arquitecto José Antonio Coderch que «dentro de todas las familias y de la sociedad hay gente que crea, gente que conserva y gente que degrada. Mi miedo está en llegar a ser de los que degradan. Al menos poder ser de los que conservan, que hay muchas cosas que se han de conservar». Y no lo decía por humildad, sino por inteligencia. El papel decisivo es el del conservador: la pieza pivotante del sistema cultural. El tradicionalista, que Dios guarde, si se enroca en lo ya recibido, cumple una misión alta, claro, pero más de voluntad que de juicio. Decidir, entre lo reciente y sin autoridad previa a la que remitirse, qué merece la pena y qué merece la pena de muerte (por olvido) es tan comprometido como imprescindible. Hay que ahogar al mal por abundancia de bien y de desdén.
Alguien interrumpió mi reflexión para informarme de que aquel chupetito no era ni siquiera innovador. En Sevilla lo han incorporado dos o tres hermandades. Naturalmente, ha sido en este malhadado siglo XXI. Aún no ha arraigado, por tanto, ni tampoco unos angelitos con gafas que –me informan– vuelan tropezando por ahí y que yo he tenido la fortuna de no ver. ¡Pero si los ángeles tienen una vista finísima…! Lo sabía todo el mundo antes de que las catequesis se dedicasen a los murales.
Sin la excusa de la novedad, que es un atenuante del delito, el hecho adquiría mayor gravedad, aunque todavía hay esperanza. Obsérvese que la tradición tiene una cláusula de seguridad muy sutil. Si lo que se replica no es particularmente hermoso o bueno, en vez de transmisión, es copia, imitación o, incluso, con perdón, lo peor de lo peor: moda.
¿Y no puedo estar yo equivocado y que sean esos angelitos con gafas y chupetes una cosa monísima? Puede que me equivoque, como me ocurre a menudo. No yerro, sin embargo, al advertir contra las seducciones de las innovaciones. Entre otras cosas, porque si copias algo por ser tan original, al copiarlo deja de ser original y pierde la única excusa que le quedaba.
Criticar, fuera de la política, casi no trae cuenta. Mejor hay que seguir los pasos de Coderch y detectar lo valioso y aplaudirlo. ¡Quién fuese como los ángeles de verdad, no de los que llevan gafas, y tuviese esa vista infalible para la hermosura y la excelencia y para casi nada más! Yo se la pido a ellos. Los ángeles no se chupan el dedo.
