El último refugio del canalla
Todos conocemos la frase de Samuel Johnson, esa de que el patriotismo es el último refugio de un canalla, y pocas citas célebres se han usado peor, tan a contrapelo de lo que Johnson quiso decir. Porque son muchos las que la emplean para denigrar un amor tan natural y antiguo, cuando lo que pretendía el autor inglés era denostar al canalla.
Por supuesto, basta una familiaridad superficial con Johnson para entender que difícilmente podía oponerse a los patriotas quien lo era hasta el chauvinismo extremo. Cuando contó a sus amigos que estaba compilando el primer diccionario de la lengua inglesa, le preguntaron, asombrados, cómo podía esperar completar una tarea que en Francia había necesitado el trabajo de toda la Academie Française. Johnson replicó: «Cincuenta franceses y un inglés: la proporción es justa».
Pero si el canalla en tiempos de Johnson —y en muchos otros— se envolvía en la bandera para ocultar su condición miserable era, precisamente, porque el amor a la patria se consideraba un sentimiento natural y loable que conllevaba la aceptación de sacrificios personales. Y si el canalla se refugiaba en él, si lo usaba como coartada para sus crímenes, eso le hacía doblemente canallesco, porque disfrazarse con lo mejor es lo peor.Hoy ese riesgo es mínimo. Amar a tu patria, estar dispuesto a morir «por las cenizas de sus padres y los templos de sus dioses», es facha. Lo que hace referencia a todo el pueblo a lo largo de toda su historia nacional, pasado, presente y futuro, se identifica con lo contrario, con una facción no particularmente apreciada por unas élites que sienten alergia hacia lo propio.
Pero sigue habiendo un patrioterismo ruidoso y hueco, de los que aman a su patria porque la ven grande y poderosa, y son los primeros en dejarla tirada si la descubren postrada y débil. Prefiero personalmente el patriotismo silencioso de los que la aman porque es suya, y despiertan y actúan cuando la ven perdida.Debería ser un amor opuesto al de un enamorado, que aburre a sus amigos hablando de sus amores, más cercano al que uno siente por su familia. Nadie va contando por ahí a todas horas lo mucho que quiere a sus hermanos. Quien lo hiciera parecería poco natural, extravagante y casi sospechoso. Es como ese habitual añadido a tantas biografías telegráficas, «felizmente casado». Confieso que me hace recelar ese adverbio innecesario como una «exscusatio non petita».
El amor a la patria, como a la familia, debería hacerse expreso y urgente en las ocasiones especiales. Cuando uno siente que puede perderlas, especialmente.
Entonces uno descubre que la patria no es la sanidad, como he leído a algún iluminado de la izquierda radical, con ese amor por lo enfermizo que les caracteriza. Tampoco es la infancia, como dijo algún poetastro, aunque la incluye quizá especialmente. La patria es casi lo opuesto de lo que pasa por tal, lo contrario a las soflamas, lo que se lleva discreto por pudor y miedo a esa profanación del sentimiento que es el sentimentalismo.
Y al ser un amor tan primario, al obligarnos la patria a un inventario apresurado e inabarcable cuando la vemos desdibujarse, la gente se rebela contra esta obligación de reprimirlo impuesta por el poder y lo expresa, explosivo, cuando la ocasión es lícita, como una competición deportiva o un triunfo en Eurovisión.
O cuando un presidente que ha vendido nuestra soberanía a Bruselas, por arriba, y la está troceando, por abajo, se ve acorralado por la revelación de sus desmanes y recurre incongruente a usar de capote la bandera para torearnos. Y apuntarse a la canallada de la que hablaba Johnson.
