Sánchez, el 23F y la anestesia de España
«La paciencia y el tiempo hacen más que la fuerza y la violencia». La cita es de Jean de La Fontaine y la rescata Juan Carlos I en sus memorias publicadas recientemente. No es casualidad. Tampoco inocente. El rey emérito decidió contar su versión, sus vivencias y los episodios que marcaron el rumbo de España, para que el Gobierno no tuviera «la última palabra en su revisionismo histórico». Lo dice tal cual. Y, cosas del calendario y de la política, el tiempo parece haberle dado algo parecido a la razón.
Cuando se cumplen 45 años del fallido golpe de Estado del 23-F, Moncloa desclasifica los documentos relativos a aquel episodio: informes secretos, conversaciones transcritas, papeles que durante décadas han alimentado sospechas y teorías. Poca sorpresa hemos encontrado ya que gran parte de los hechos eran ya conocidos y otra parte viene, más que a revolucionar la historia, a confirmar lo que muchos sospechaban. Pero con Pedro Sánchez al frente, la pregunta nunca es sólo qué, sino cuándo y por qué.
El cuándo se escuda en la efeméride. El porqué, sin embargo, resulta algo mucho menos ingenuo. Porque si algo ha demostrado este Gobierno es que la transparencia no suele ser el motivo que hay detrás de ciertas decisiones. Hubo quien pensó que la desclasificación pretendía dañar la figura del emérito. Y, sin embargo, el efecto ha sido el contrario: los documentos refuerzan la idea de que el papel de don Juan Carlos aquel 23 de febrero fue decisivo para frenar lo que pudo convertirse en una tragedia nacional. Es por ello que muchos nos volvemos a preguntar qué hace en Abu Dabi, por qué no puede pasar sus últimos años en España. Él mismo ha repetido que nunca ha sido dueño de su destino y que sigue, pase lo que pase, «sometido a los mejores intereses de la Corona y de España». No extraña que parte del mundo monárquico empiece a mirar de reojo a la Casa Real, a la que muchos señalan como responsable de ese exilio de facto. Aunque hoy Zarzuela afirma que el regreso es cosa de don Juan Carlos. Pero volvamos al calendario. Sacar a portada los secretos del 23F en este preciso momento tiene más de cortina de humo que de ejercicio de transparencia e historia. Un juego de malabares para desviar el foco de los escándalos que rodean al Ejecutivo: corrupción, falta de ética, episodios que en cualquier otro tiempo habrían hecho tambalear un gobierno. Un puñado de minutos menos en tertulias, un poco menos de tinta sobre tramas incómodas. Y eso que 2025 fue el año del despliegue propagandístico, conmemoraciones incluidas, dedicadas a Francisco Franco. Mucho acto, mucho presupuesto (millonario, por cierto) y, sin embargo, problemas estructurales intactos. La vivienda, por ejemplo, sigue siendo una losa para miles de españoles. Pero tranquilos, que gobierna la izquierda. Desde hace 8 años. No conforme con el espacio sobre el 23F, Sánchez ha sacado a relucir su intención de blindar el aborto en la Constitución. Spoiler: no le dan los números para hacerlo. Cortinas de humo que sirven para no explicar las contrataciones a dedo, el caos ferroviario, las consecuencias de la inmigración ilegal o el apagón de abril.
Las tramas que salpican al entorno socialista dibujan un retrato poco edificante. Concejales en situaciones bochornosas, comportamientos que degradan la vida pública y un clima demasiado impune. Todo ello bajo el mismo Gobierno que impulsó la ley del ‘sí es sí’, cuyas consecuencias conocidas, rebajas de condena y excarcelaciones, aún pesan. El horizonte judicial no invita al optimismo en Moncloa. La próxima semana comparecerá ante la justicia David Sánchez, hermano del presidente, por unos hechos que, sin el lazo de sangre y partido, difícilmente habrían tenido recorrido. Y el día 9 está citado Víctor de Aldama para entregar el famoso sobre vinculado a la presunta financiación irregular del PSOE. Demasiadas fechas señaladas.
Mientras tanto, Yolanda Díaz se difumina. Tras un fin de semana en La Coruña, donde se dejaba ver en una terraza frente al puerto con su particular estética renovada de revolución a golpe de gafa y pintalabios, anuncia que no se presentará a las próximas elecciones. Pero, con calma. Sigue en el Gobierno la ministra responsable de unos datos de empleo discutidos y discutibles. No se va. Nadie asume nada. El último episodio lo hemos vivido hoy mismo en el Congreso de los Diputados: María Jesús Montero votando por error en contra de las ayudas a las víctimas de Adamuz. El único voto en contra. Un error humano es comprensible; la risa posterior, no tanto. Menos aún cuando aspira a presidir la Junta de Andalucía y cuando ADIF está bajo sospecha por haber retirado material de la vía en lo que algunos interpretan como una clara eliminación de pruebas. La tragedia convertida en gesto, en mueca, en desprecio. Y, por si faltaba algo, el Parlamento Europeo advierte de irregularidades: la mitad de los menas serían en realidad adultos y los 560 millones destinados a Canarias no habrían llegado como se prometió. Gobernados, dirán algunos, por incompetentes; por mentirosos, dirán otros. Pero, ¡menuda sorpresa!
Estamos en una sociedad que devora escándalos con la misma velocidad con la que los olvida. La corrupción no provoca indignación y asistimos con una preocupante pasividad a la publicación de documentos que hablan de menores utilizados por élites internacionales y, sin embargo, no parece causar indignación. Si algo de esa gravedad no sacude a la ciudadanía, difícilmente lo harán maniobras parlamentarias o juegos de calendario. Es una especie de aceptación de que el poder opera sin llegar a necesitar negar los hechos si puede dosificarlos, construir una discusión pública a medida y desplazar el foco hacia otros asuntos menos indigestos.
En el fondo, somos testigos de cómo las instituciones se moldean para ponerlas al servicio de un nuevo relato, el que convenga, de un régimen afín, de mover la crítica que pesa sobre uno hacia el propio sistema de democracia parlamentaria y monarquía constitucional. Fondos públicos para medios amigos, estructuras que funcionan como agencias de colocación, una red de intereses donde caben saunas, menores, chantajes, sobornos, nepotismo, drogas… Un desgaste lento. Una especie de golpe blando que no necesita tanques en la calle ni conspiraciones o tricornios en el hemiciclo. Basta con paciencia. Y tiempo. Justo lo que, según La Fontaine, termina imponiéndose a la fuerza.
