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La Patria bajo sospecha

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01.06.2026

Crónica de un regreso prohibido: un libro subversivo a la memoria y a la sombra

Regresar a La Habana con Martí apretado al pecho era, en mi mente, un acto de restitución poética y civilizatoria. Iba por una invitación de mi Alma Mater para presentarlo en la Feria del Libro, en el Castillo de la Fuerza, a unos metros de donde el pelotón de fusilamiento del argentino Guevara convirtió la sangre de cubanos en destellos de historia. No viajaba solo con páginas: viajaba con mi libro Ebrio de luz [3], intentando devolverle a la isla el resplandor de su pensador más luminoso, una brújula moral en medio de la penumbra cotidiana. Qué paradoja tan íntima: desafiar la vieja máxima de aquel que, una vez, me advirtió, casi en un susurro en una noche húmeda de Miami: “Nunca regreses donde fuiste feliz”.

Quise regresar no por un capricho de la nostalgia, sino porque los recuerdos, como las emociones, tienen una forma insidiosa de anclarse en la memoria. Llevaba a Martí como quien carga un puente: un intento de coser los hilos entre lo que fuimos, lo que somos y lo que acaso no volveremos a ser. En mis trabajos previos he sostenido que la emigración cubana no puede leerse como una simple ruptura, sino como parte constitutiva de la cubanidad; en palabras de mi libro, “las migraciones [son] alimento del tejido social” y Cuba es “un ajiaco cultural” [3]. Por eso el destierro, lejos de cancelar la patria, la rehace: en la memoria, en el lenguaje, en la voluntad moral del exiliado [2,3].

Mientras millones de cubanos, desperdigados por el mundo, regresan, de forma intermitente, con sus maletas y “gusanos” cargados de diferencias materiales —medicinas, ropa, el ruidoso bienestar del consumo—, mi cargamento era puramente simbólico. Yo no llevaba la “civilización” de las tiendas de Miami empaquetada en plástico; llevaba la del pensamiento libre. Apretaba contra el pecho las páginas celestes y rubíes de un libro escrito en la soledad del pantano, sobre aquel poeta amoroso, desmesurado y suicida que supo, por encima de sí mismo, enseñarnos a ser.

El sistema, habituado a procesar y........

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