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Hipnosis social, democracias de salón y fe del carbonero

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16.02.2026

El sistema capitalista se encuentra en un estado agónico a consecuencia de sus propios excesos, y para protegerse ante posibles respuestas de rechazo y confrontación social adopta una serie de estrategias mitad defensivas, mitad agresivas, vistiendo un disfraz democrático recambiable, y falso que siempre esconde al monstruo que hay debajo.

El monstruo, sus siervos  y sus máscaras

Desde que  el capitalismo hizo su aparición con su ideología machista, y autoritaria, sus abusos laborales y esclavismos,  sus expolios, sus guerras y destrucciones medioambientales, entre otras muchas perversidades, sus ideólogos y consejeros han sido conscientes de que esa forma de relacionarse con la clase trabajadora, sus intelectuales y activistas y el medio natural y social  era agresiva y podría engendrar fuertes resistencias populares, odios y rechazos que podrían llegar a poner el peligro al  sistema con sus banqueros, inversores,  fábricas y el personal subordinado de funcionarios de diversas ramas, jerarquías religiosas, curas , periodistas, profesores, y otros  creadores de opinión que hemos visto crecer, multiplicarse y afirmarse  siglo a siglo con medios cada vez más sofisticados para mantener a los pueblos sometidos a su control tanto físico como mental y espiritual. El primero, por el miedo a la violencia, a los tribunales y a la prisión; el segundo con bulos y mentiras para ocultar la verdad- su gran enemiga. Y en cuanto a la espiritualidad, se disfrazó de religión y sus funcionarios imitaron a la perfección a los gobernantes civiles del sistema: palacios, jerarquías, riquezas, mentiras, dogmas y poder sobre las conciencias sometidas por ignorancia, a un dios castigador, que  espera  pacientemente   en el más allá con un infierno sin bomberos.

Una telaraña compleja

El conjunto de todos esos elementos se asemeja a un mundo de esclavos  siempre activos atrapados en un engranaje asfixiante de circuitos cerrados y controlados tan próximo al que  Kafka reflejaba en sus novelas. Aquí los esclavos no para;  como un inmenso enjambre, se afanan en crear riquezas que les estará prohibido disfrutar.

Cualquier persona que viva sujeta a estas condiciones puede llegar a reaccionar muy negativamente contra este entramado de callejones sin salida de donde le es imposible escapar. El Sistema lo sabe, y para prevenirse trabaja en dos direcciones:   por un lado crea en la gente toda clase de tradiciones, instituciones, mitos, fiestas, distracciones y ficciones, que permita a los pueblos soportar la monotonía cotidiana de horarios y tareas, abusos patronales, frustración, pobreza, desesperanza, y todas las miserias de los explotados. Por otro lado, necesita hacer creer a las masas que viven en un Estado del Bienestar, que este es seguro y mejorable si trabajan más horas y más años. Necesitan hacer creer a los pueblos que viven protegidos  en un Estado de Derecho con una democracia que los garantiza.  Nada de esto es verdad, pero  con estos  cuentos chinos  pretenden los gobiernos que la gente se sienta segura, esperanzada y protegida. Y con los cuentos  de toda clase de servidores, el capitalismo con sus gobernantes de usar y tirar se va sosteniendo sin más resistencia que la de personas, partidos , sindicatos y medios de comunicación minoritarios  convertidos en blancos a abatir por el medio más oportuno para hacerlos callar: desde el ninguneo, la censura, la represión policial y judicial, las mentiras y bulos hasta  la prisión, sin descartar otras opciones. Sin embargo, raramente se da por enterada la opinión pública, o si se entera no reacciona,  lo que viene a demostrar lo eficaz de la propaganda del  Sistema, y del riego millonario a los medios conservadores y ultras creadores de opinión para adormecer, atontar y modificar conciencias y realidades llevando a las masas populares a un estado de hipnosis social acrítica  con toda clase de espejismos pret a porter.

La fe  en su voto de las mayorías silenciosas

En tales condiciones, muchos son los  millones de  demócratas convencidos, pero  despistados, crédulos y bienintencionados que practican la fe del carbonero, que  estando de acuerdo con la necesidad de cambios en nuestras podridas sociedades se preguntan: eso de -¿cómo vamos a cambiar el mundo si no cumplimos con nuestro deber de votar, precisamente para poder cambiarlo?» Así que votan y votan cuantas veces se les proponga, y hasta lo hacen convencidos de que ese es su deber ciudadano hasta cuando se les obliga a votar por ley. Así que votan por las buenas o por las malas, y no parece importarles mucho eso ni el ver que por más veces que votan no cambian nada sus vidas a mejor, sino que cada vez a peor. Y eso es una  fé ciega de primera clase.

Si el sistema prepara las mentes de los votantes para aceptar como importantes los asuntos relacionados con el voto que interesan al propio sistema, ¿no podrían hacerse  algunas preguntas? Por ejemplo: ¿quién determina en última instancia lo que debe ser votado?…Pues minorías, y especialistas a su servicio: expertos, asesores económicos, psicólogos, sociólogos, técnicos de comunicación y otros  asalariados del propio sistema. Es este equipo multidisciplinar y sumiso al poder económico el que decide junto a sus patronos  qué grupos se darán a conocer a la opinión pública  para  tener la oportunidad de ser escuchados en tertulias y debates abiertos con otros. No todos cabrán en la criba ideológica. Alternativos  de verdad en el campo del activismo social, sindical, espiritual, medioambiental,  comunistas radicales o libertarios, entre otros,   no caben y no pueden ser dados a conocer a las masas. ¿ Sería bueno para la democracia que  pudieran ser escuchados como todos los demás? Para la democracia, sí, claro está, pero para el capitalismo no. Así que no se les da paso. Y este es un asunto vital para cualquiera que crea en la  necesidad de la evolución de la conciencia y con ella de la libre elección y defensa de todo valor político, espiritual, y social que  finalmente garantice al pueblo  trabajador el control sobre los medios de producción, la distribución justa de la riqueza, la igualdad real ante la ley, y la paz sin matices. Esto no será posible nunca mientras la mayoría ande creyendo los cuentos que les cuentan los medios para alimentar  esa  fe del carbonero que les hace creer que alguien vela por su bienestar: un líder, un gobierno o un partido al servicio de los ricos. Se tiene fe en el poder político de los mismos que le privan del suyo, lo que es una manera como otra de ser tonto  y con las peores consecuencias.


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