Cuentos antárticos: El túnel
Nadie en nuestro grupo conocía la verdadera edad del túnel. Para nosotros, era simplemente una parte inamovible de la geografía, como la línea de la costa o las crestas de la sierra. Cada verano cruzábamos bajo su arco de sombra antes de iniciar el ascenso por los senderos, cargando el marisco que debía viajar hacia el sur, hacia Xolani, el orgullo de nuestra República. Subíamos lentamente, marcando el paso de las mulas, cuyas alforjas desbordaban el aroma salino de cangrejos, mejillones y almejas.
Para la mayoría, el túnel era solo un hueco. Pero en el solsticio, cuando el sol se niega a ocultarse, el lugar tomaba cierto halo sagrado. Algunas ancianas descendían de las aldeas costeras para depositar ramos de flores blancas en la entrada. Las niñas que las acompañaban miraban hacia esa garganta de piedra falsa con una mezcla de reverencia y espanto, alejándose caminando hacia atrás, sin quitarle el ojo, hasta que, en la seguridad del bosque de ñires –árboles pioneros, retorcidos por el viento— encontraban un cobijo para sus temores.
A veces, en la cantina de la estación, antes de retirarnos a los dormitorios subterráneos para protegernos de la luz eterna del verano, el túnel se convertía en protagonista de nuestras charlas, sobre todo cuando algún anciano, animado por el aguardiente, dejaba que su voz se fundiera con la bruma del tiempo.
—Esa piedra no nació de la tierra —decía algún viejo, con los ojos fijos en el vaso y su huesuda y violácea mano aferrada a la madera de lenga de la mesa—. Es un tejido muerto. Lo trajeron los Pueblos del Mar, aquellos que navegaban en islas de metal que escupían grasa y humo.
Luego, el anciano guardaba silencio para dar un trago, y mientras el licor descendía por su garganta, la expectación crecía entre quienes participábamos en la recolección de marisco. Siempre alguien más retomaba la historia, y con los ojos brillantes proseguía la narración:
—Llegaron huyendo, escapando del calor del norte y de los desiertos que avanzaban. Pero no eran como nosotros: sus pieles se quemaban con el sol y sus corazones temían a las auroras. Entonces horadaron las montañas y empezaron a vivir en túneles profundos, como alimañas, y manchaban la blancura de la nieve con sus aceites y sus máquinas.
—¿Y nosotros? —preguntaba siempre alguno de los jóvenes—. ¿Dónde estábamos nosotros? ¿Dónde estaba el pueblo de la Diosa?
Entonces otro anciano solía tomar el relevo del relato:
—Nosotros éramos un sueño y la Diosa dormía aún en las montañas heladas —respondía con pasión—. Cuando bajo tierra el calor de los Pueblos del Mar se hizo insoportable, la tierra se sacudió. Las montañas escupieron fuego y de ese fuego nacimos, con la piel preparada para el sol implacable y los ojos listos para la aurora. Entonces la Diosa nos entregó semillas y empezamos a plantar los bosques: primero ñires, luego lengas y al final pinos. Y el pueblo se extendió de forma natural, como se extiende la marea.
Después de escuchar estas historias, me gustaba salir, pasear por el bosque y alcanzar la playa, buscando una piedra donde sentarme y fijar la vista en el océano. Disfrutaba alzar la cabeza y ver las sinuosas formas de la aurora austral cubriendo todo el cielo como una bóveda zigzagueante sobre las espumosas olas. ¿Quiénes serían esas personas que vinieron del mar? ¿Seguirían existiendo en lo profundo? Las viejas decían que no podían comer nuestra comida…
A veces escuchaba un ruido detrás de mí, y una hermosa mano oscura y violeta acariciaba mi espalda: era Nira, cuyos labios púrpuras relucían bajo los rayos del sol que no se pone. Me gustaba acariciar sus rizos y enredar mis dedos en su pelo mientras se movía con la brisa del mar. Entonces nos tomábamos de la mano y, en silencio, rezábamos a la Diosa para que nos permitiera estar juntos en la próxima cosecha.
Texto de Carlos de Castro, perteneciente a la serie «Cuentos Antárticos». Ilustración de Emiliano Ciarlante.
«Cuentos Antárticos» es una serie de ciencia ficción iniciada en 2026. Sus relatos recorren los archipiélagos de un continente derretido, donde habita una especie humana que ha transformado su biología para sobrevivir en un planeta mucho más cálido y enérgico.
