Clase, autonomía y constitución del sujeto revolucionario
Por Agustín Guillamón
La cuestión del proletariado como sujeto revolucionario no puede resolverse ni mediante la nostalgia de las formas que el movimiento obrero tuvo en otro tiempo ni mediante la afirmación de que, puesto que aquellas formas han desaparecido, también ha desaparecido la clase cuya existencia expresaban. Ambas posiciones parten de una misma confusión: identifican la existencia de una clase con las formas históricas mediante las cuales, en determinadas condiciones, esa clase llegó a reconocerse, organizarse y actuar políticamente. Pero una forma histórica puede ser destruida sin que desaparezca la relación social que la hizo posible, del mismo modo que una clase puede existir objetivamente sin haber alcanzado todavía la capacidad política de actuar como clase. Entre ambas cosas existe una diferencia que no es secundaria, porque en ella se encuentra precisamente el problema de nuestro tiempo: comprender por qué el proletariado sigue existiendo y, al mismo tiempo, por qué ha dejado de existir, en gran medida, como fuerza capaz de reconocerse a sí misma y enfrentarse conscientemente a las relaciones sociales que determinan su existencia.
Para comprenderlo hay que comenzar por la relación material que constituye a las clases y no por la conciencia que los individuos tienen de ella. El proletariado no existe porque millones de personas reciban un salario, ni porque compartan una determinada condición cultural, ni porque se reconozcan bajo un nombre común. Existe porque una parte de la sociedad se encuentra separada de las condiciones objetivas que le permitirían producir y reproducir autónomamente su vida y, para poder vivir, tiene que vender su fuerza de trabajo a quienes controlan esas condiciones. La relación salarial no es simplemente un intercambio entre individuos jurídicamente libres, sino la forma mediante la cual se reproduce una separación fundamental: de un lado, quienes disponen de los medios de producción y pueden comprar fuerza de trabajo; del otro, quienes, privados de esos medios, necesitan vender su capacidad de trabajar para obtener los medios necesarios para su existencia. La clase no aparece, por tanto, después de que los individuos hayan tomado conciencia de pertenecer a ella; existe antes de esa conciencia, como una relación social que se impone a los individuos independientemente de lo que éstos piensen acerca de ella.
Esto es lo que significa afirmar que el proletariado existe objetivamente. No se trata de atribuirle una esencia eterna ni de sostener que todo aquel que recibe un salario ocupa exactamente la misma posición dentro de la sociedad, sino de reconocer que, bajo el capitalismo, la reproducción de la vida de una parte fundamental de la población depende de la venta de su fuerza de trabajo y que esa fuerza es comprada y utilizada dentro de un proceso cuyo fin no es simplemente satisfacer las necesidades de quienes trabajan, sino producir y reproducir capital. El trabajador entra en ese proceso como propietario de su fuerza de trabajo, pero no de las condiciones en que puede utilizarla; el capitalista dispone de esas condiciones, compra aquella fuerza y la incorpora a un proceso de producción del que obtiene un valor superior al que adelanta bajo la forma del salario. La relación entre ambos no depende de que ninguno de ellos tenga conciencia de pertenecer a una clase: se reproduce cada día mediante la producción, el salario y la necesidad de volver a vender la fuerza de trabajo para poder continuar viviendo.
Por eso la clase no es una identidad que pueda ser adoptada o abandonada a voluntad. Un trabajador puede no considerarse proletario, puede identificarse políticamente con intereses contrarios a los suyos, puede aspirar individualmente a convertirse en propietario, puede rechazar toda idea de lucha de clases y puede incluso defender conscientemente el orden que lo somete; nada de ello modifica por sí mismo la relación material en la que se encuentra. Del mismo modo, quien posee los medios de producción puede no reconocerse como miembro de una clase dominante y considerarse simplemente un empresario, un inversor o un individuo que ha triunfado por su propio esfuerzo; pero su conciencia tampoco modifica la posición que ocupa dentro de las relaciones sociales. Las clases no existen primero en la conciencia para producir después sus relaciones materiales; son esas relaciones materiales las que proporcionan el fundamento sobre el cual puede desarrollarse, o no desarrollarse, una conciencia de clase.
Pero precisamente aquí comienza la dificultad. Que una clase exista objetivamente no significa que exista como sujeto político. La misma relación que une materialmente a los trabajadores puede mantenerlos separados en la experiencia inmediata de su existencia. El capital los reúne dentro de una producción social cada vez más interdependiente y, al mismo tiempo, los enfrenta en la competencia por el empleo, por el salario y por las condiciones necesarias para reproducir su vida. Los trabajadores dependen unos de otros en el proceso general de producción, pero cada uno depende individualmente de encontrar un comprador para su fuerza de trabajo. Lo que desde el punto de vista del capital aparece como una totalidad organizada se presenta desde el punto de vista del trabajador como una sucesión de relaciones particulares: una empresa, un contrato, un alquiler, una deuda, una jornada laboral, una amenaza de despido, una factura que pagar. La totalidad existe materialmente, pero no aparece necesariamente como totalidad en la experiencia de quienes la soportan.
Aquí reside una de las grandes fuerzas del capitalismo: consigue que quienes se encuentran unidos objetivamente por una relación social aparezcan separados subjetivamente por las formas concretas mediante las cuales esa relación se reproduce. El trabajador que pierde su empleo puede interpretar su situación como un fracaso personal; quien no puede pagar el alquiler puede considerarlo un problema privado; quien acepta jornadas cada vez más largas puede creer que se encuentra simplemente ante una exigencia particular de su empresa. La competencia convierte una relación común en una multitud de experiencias separadas y la necesidad inmediata de sobrevivir dificulta precisamente aquella comprensión de conjunto que permitiría reconocer la causa común de esas experiencias.
De ahí que la conciencia de clase no pueda deducirse mecánicamente de la existencia de la clase. La posición proletaria contiene la posibilidad de una conciencia común, pero no la produce automáticamente. El trabajador no se convierte en revolucionario por el mero hecho de ser explotado, del mismo modo que una multitud de individuos sometidos a una misma relación no constituye por ese solo hecho una fuerza colectiva. Para que esa posibilidad se realice tiene que producirse algo que no está contenido de manera inmediata en la posición económica: los individuos tienen que entrar en relación entre sí a través de la lucha, tienen que descubrir que aquello que padecen separadamente puede ser enfrentado colectivamente y tienen que experimentar en la práctica una fuerza que no podían conocer mientras permanecían aislados.
Por eso la lucha de clases no debe entenderse únicamente como el enfrentamiento entre dos sujetos ya constituidos. Es también el proceso mediante el cual una clase puede llegar a constituirse políticamente. Cuando unos trabajadores interrumpen colectivamente el trabajo para impedir una reducción salarial, cuando se niegan a aceptar un despido, cuando ocupan un espacio para impedir un desahucio o cuando quienes viven una misma situación comienzan a organizarse para hacerla frente, no están simplemente expresando una conciencia que ya poseían. Están produciendo una experiencia nueva. Descubren que la relación que cada uno mantenía individualmente con el capitalista puede transformarse cuando interviene una acción colectiva; descubren que el poder que parecía pertenecer exclusivamente al empresario depende también de que los trabajadores continúen produciendo; descubren que una necesidad privada puede convertirse en una reivindicación común y que la solidaridad no es solamente una disposición moral, sino una capacidad material para modificar una relación de fuerzas.
La lucha produce, así, una transformación en la propia relación entre quienes luchan. Allí donde antes había trabajadores separados por la competencia comienza a existir una experiencia común; allí donde había miedo individual aparece una capacidad colectiva de resistencia; allí donde cada cual veía únicamente su propia situación empieza a hacerse visible una relación social que afecta a muchos. La conciencia no llega desde fuera para iluminar una realidad que permanece idéntica: se transforma la propia experiencia de la realidad cuando los individuos empiezan a actuar sobre ella conjuntamente.........
