Cazarabet conversa con Agustín Guillamón: «Julio de 1936 demuestra que las revoluciones no son utopías inalcanzables»
-¿Qué es la historia para ti, Agustín?
La historia no es un relato neutral ni un depósito de fechas muertas: es un campo de batalla. Y como tal, está atravesada por intereses, silencios y tergiversaciones. Quien pretende aproximarse a ella con honestidad no puede hacerlo desde la cómoda distancia del erudito que clasifica documentos, sino desde la conciencia crítica de que cada archivo es también una trinchera.
En los últimos años se ha intensificado una operación de maquillaje del pasado, especialmente en lo que respecta a las experiencias revolucionarias del siglo XX. Se vacían de contenido, se reducen a anécdotas pintorescas o, peor aún, se integran en el relato oficial como meros episodios inevitables de un progreso que siempre desemboca en el Estado y el mercado. Este proceso no es inocente: responde a la necesidad de desactivar cualquier memoria que pueda cuestionar el orden existente.
Tomemos como ejemplo la revolución social. No como concepto abstracto, sino como práctica concreta, vivida en las calles, en los talleres, en las colectividades. Allí donde los trabajadores dejaron de obedecer, donde la propiedad privada fue abolida de facto y donde la vida cotidiana se reorganizó sobre nuevas bases, surgió algo que desborda las categorías habituales de la política institucional. Eso es precisamente lo que resulta intolerable para la historiografía dominante: la evidencia de que la sociedad puede organizarse sin jerarquías impuestas.
Sin embargo, esta memoria persiste, fragmentaria pero obstinada. Aparece en los testimonios olvidados, en los periódicos clandestinos, en las actas de asambleas que nunca debieron sobrevivir. Es una memoria incómoda, porque no ofrece soluciones fáciles ni héroes inmaculados. Está llena de contradicciones, de derrotas, de errores. Pero es, precisamente por eso, profundamente humana.
El problema no es que la historia sea compleja, sino que se la quiera simplificar hasta hacerla irreconocible. Frente a esa tendencia, la tarea del historiador crítico no es embellecer ni condenar, sino comprender. Comprender implica restituir los conflictos, dar voz a los vencidos y resistirse a la tentación de cerrar el pasado con interpretaciones definitivas.
En última instancia, lo que está en juego no es solo la interpretación de lo que ocurrió, sino la posibilidad misma de pensar alternativas. Si aceptamos una historia domesticada, también aceptamos un presente sin fisuras y un futuro clausurado. Por el contrario, si recuperamos la dimensión conflictiva del pasado, abrimos la puerta a imaginar —y quizás a construir— otras formas de vida.
Porque la historia, cuando se la arranca de las manos del poder, deja de ser un museo y se convierte en una herramienta. Y toda herramienta, en manos adecuadas, puede servir para algo más que contemplar: puede servir para transformar.
Agustín, ¿nos puedes comentar qué te ha llevado a escribir sobre los días de julio, de 1936, que sigues con tanta minuciosidad?
La juventud actual conoce mejor la Guerra civil de Estados Unidos que la Guerra civil española, films norteamericanos mediante y miseria pedagógica española constatada. El peso de la industria cultural anglosajona es absolutamente asfixiante. El catalán no solo es minoritario, sino que empieza a ser exótico. Y el castellano es cada vez más marginal y lleno de vocabulario y giros ingleses. Por eso mismo, cuando se habla de Confederación entienden que se habla de los Estados esclavistas del Sur y no del sindicato anarcosindicalista.
Mi objetivo es siempre el de arrebatar la historia a la incultura del olvido, la falsificación política o el academicismo universitario, porque sin una teorización de las experiencias históricas del proletariado no existiría teoría revolucionaria.
Y las jornadas revolucionarias del 19 y 20 de julio de 1936 son absolutamente desconocidas, pese a que fueron el inicio de una de las revoluciones sociales más profundas de la historia, pese a que fueron el inicio de la Guerra civil española.
Por otra parte, para mí, ha sido una auténtica gozada estudiar y explicar cómo los trabajadores cenetistas, organizados en los comités de defensa de la CNT desde 1931, fueron capaces de organizarse y practicar tácticas de guerrilla urbana, hasta convertirse en un ejército proletario capaz de derrotar al ejército español.
Tal minuciosidad que es del día a día y dentro del día siguiendo geográficamente los diferentes lugares de los primeros días de guerra…
Conocer la batalla de Barcelona, cómo los comités de defensa de la CNT derrotaron a un ejército profesional, experimentado y embrutecido en las guerras africanas, es una gozada y además un manual de guerrilla urbana, con tácticas absolutamente novedosas y en ocasiones absolutamente geniales: las bobinas de papel usadas como barricadas móviles, las bombas lanzadas con hondas, los camiones lanzados a toda velocidad sobre la línea de ametralladoras que protegían la artillería, la aviación ametrallando o bombardeando los cuarteles allí donde lo pedía la CNT, etcétera.
Como gritó JGO en la toma de la barricada de la Brecha de San Pablo, hay que gritar con él: “¡sí que se puede con el ejército!”
Gritarlo en voz alta es gratificante y liberador: probadlo. Por eso escribí la batalla de Barcelona con esa minuciosidad y detallismo: fue liberador y me hizo feliz; lo disfruté. El proletariado barcelonés derroto al ejército y al fascismo. Y leer cómo lo hizo es muy gratificante y pedagógico. No fue una insurrección espontánea, sino muy bien preparada durante años por los comités de defensa de la CNT, creados en abril de 1931.
Insurrección muy eficiente, hasta el punto que el grupo Nosotros tuvo una intensa relación personal con los oficiales de aviación del Prat, con quienes compartieron paella el domingo anterior al 19 de julio.
El Comité Revolucionario, que dirigió la insurrección del 19 y 20 de julio de 1936 en Barcelona, estaba formado por Josep Asens, Santillán, Francisco Ascaso, Juan García Oliver y Buenaventura Durruti. Y cuando ese Comité Revolucionario llamaba directamente (sin intermediación alguna de la Generalidad) a la Aviación del Prat para que bombardease el cuartel de los Docks o el de San Andrés, respetando la santabárbara, los oficiales del Prat obedecían. Es necesario repetir una y otra vez que no fue una insurrección espontánea, sino muy bien preparada, porque la espontaneidad tiene sus límites y normalmente conduce al fracaso.
-Tras la victoria insurreccional del 19 y 20 julio de 1936, ¿cómo era la situación revolucionaria en Barcelona?; ¿ésta iba marcada por lo que se les marcó desde el alzamiento de los sublevados militares que se querían llevar a la República del Frente Popular por delante y a cualquier “conato” revolucionario librepensador?
Durante todo un mes, desde el 21 de julio (de 1936) hasta el 21 de agosto, “los notables” anarcosindicalistas divagaron sobre el dilema de acabar con el Comité Central de Milicias Antifascistas (CCMA), sin entrar en el gobierno de la Generalidad, o conservarlo.
La situación revolucionaria se caracterizaba por la transformación de los comités de defensa en comités revolucionarios de barrio y locales, que tendían a sustituir al Estado, gestionando y asumiendo todas sus funciones. Al mismo tiempo, se producía un amplio y profundo proceso de metódica expropiación de las fábricas por los sindicatos de industria, que desarrollaron una de las revoluciones sociales y económicas más profundas de la historia, muy mal analizada y peor explicada hasta hoy.
Pero los comités superiores cenetistas, organizados en un elitista, ejecutivo y autoritario Comité de comités, no lideraron y coordinaron esa revolución de la militancia de base en la calle y las fábricas, sino que se convirtieron en una organización antifascista más, aliada al resto de partidos antifascistas, desde estalinistas y poumistas a republicanos y gobierno de la Generalidad, que interiorizaron una ideología de unidad antifascista, sin más objetivo que la victoria en la guerra contra el fascismo, aunque ello supusiera la renuncia a cualquier objetivo revolucionario y a los propios principios ácratas.
Hubo, pues, una divergencia, antítesis, contradicción y separación real entre la política de unidad antifascista del Comité de comités y la revolución social y económica protagonizada por los comités revolucionarios de barrio (o locales) y los sindicatos.
El antagonismo, que algunos historiadores llegan a calificar erróneamente de situación de doble poder, no se daba entre el gobierno de la Generalidad y el CCMA, sino entre los comités revolucionarios (que encarnaban la autonomía proletaria y estaban aplicando un programa de metódica expropiación de la burguesía) y el CCMA (órgano de colaboración de clases y de unidad antifascista).
Ese antagonismo de clase entre CCMA y comités revolucionarios de julio de 1936 derivó en el seno de la Organización en una oposición que, en diciembre de 1936, enfrentó al Comité de comités con los comités de barrio barceloneses, cuando estos se negaron a entregar sus armas para enviarlas al frente, argumentando que esas armas eran la única garantía de la revolución en curso, y que si se necesitaban armas para el frente, ahí, en la retaguardia barcelonesa, tenían acuartelados y armados a los guardias de asalto y a la guardia civil. Que los comités revolucionarios de barrio jamás entregarían las armas conquistadas al ejército en las luchas callejeras.
Cuando las insurrecciones mueren, surgen inmediatamente sus enterradores. La insurrección de julio, protagonizada por unos comités de defensa transformados en el transcurso de la insurrección victoriosa en comités revolucionarios, fue apropiada por el Comité de comités, en aras de proteger a toda costa una sagrada unidad antifascista de la CNT con los estalinistas, ERC, POUM y el gobierno de la Generalidad.
Unidad sagrada antifascista considerada como el único instrumento capaz de ganar la guerra al fascismo. El Comité de comités renunció a cualquier perspectiva revolucionaria para no poner en peligro esa prioritaria unidad antifascista, y eso suponía, a corto plazo, el enfrentamiento y la liquidación de los comités revolucionarios por el Comité de comités. La lucha de clases se daba también en el seno de la propia Organización.
¿Cuál es la situación del proletariado barcelonés antes del golpe militar y fascista del 18 de julio de 1936?
El 14 de abril de 1931 se proclamó la República. Solo once días después un Pleno de Locales y Regionales de la CNT, reunido en Madrid, decidió crear los comités de defensa de la CNT.
¿Por qué tal urgencia? En una república constituyente, no existían más derechos que aquellos que se ejercían en la calle o en las fábricas porque podían defenderse de la represión policial o patronal en la práctica cotidiana. En Barcelona no se había disuelto el somatén. Así, pues, no existían más libertades o derechos que los que se imponían por la fuerza. Tras un periodo insurreccional en el que se produjeron en Cataluña las insurrecciones de enero de 1932, enero de 1933 y diciembre de 1933 se llegó al octubre asturiano sin posibilidad de secundar nada (fuera de Asturias) porque los comités estaban agotados, con miles de presos y sin armas. En octubre de 1934 se produjo un golpe de timón en la táctica de los comités de defensa, abandonándose la loca vía insurreccional de proclamar el comunismo libertario en cualquier aldea, criticada por los treintistas, para prepararse rigurosamente como un ejército del proletariado, ducho en tácticas de guerrilla urbana, bien instruido para vencer a un ejército profesional como el español, embrutecido en las guerras coloniales africanas.
El 19 de julio de 1936, la guarnición militar de Barcelona contaba con unos seis mil hombres, frente a los casi dos mil de la guardia de asalto y los doscientos “mossos d´esquadra”. La guardia civil, que nadie sabía con certeza por el lado que se decantaría, contaba con unos tres mil. La CNT-FAI disponía de unos veinte mil militantes, organizados en comités de defensa de barriada, dispuestos a empuñar las armas. Se comprometía, en la comisión de enlace de la CNT con la Generalidad y los militares leales, a parar a los golpistas con sólo mil militantes armados. Pero las negociaciones de la CNT con Escofet, comisario de orden público, y con España, consejero de Gobernación, fueron infructuosas.
La noche del 17 de julio el cenetista Juan Yagüe, secretario del sindicato del transporte marítimo, organizó el asalto a los pañoles de los buques atracados en el puerto, consiguiendo unos 150 fusiles; a los que el 18 se sumó lo conseguido de armerías, serenos y vigilantes de la ciudad. Este pequeño arsenal, guardado en el sindicato del transporte, en las Ramblas, provocó un enfrentamiento con la comisaría de orden público, que lo reclamaba. Se corría el peligro de un enfrentamiento armado con la guardia de asalto, y los propios militantes cenetistas llegaron a amenazar a los, en su opinión, demasiado conciliadores Durruti y García Oliver. El incidente se zanjó con la entrega a Guarner, mano derecha de Escofet, de algunos viejos fusiles inservibles, que evitaron una ruptura entre republicanos y anarquistas en vísperas del golpe militar. El gobierno de la Generalidad temía más una insurrección cenetista que un golpe de estado militar y fascista.
Los anarcosindicalistas decidieron no declarar la huelga general y dejar que los soldados sublevados salieran a la calle sin hostigarlos, hasta que estuviesen muy alejados de sus cuarteles. Las sirenas de las fábricas de Pueblo Nuevo anunciarían el inicio de la insurrección obrera, y el ulular de estas se iría extendiendo por los barrios obreros y el puerto, como anuncio sonoro del comienzo de la insurrección obrera.
Los Comités de Defensa de las barridas barcelonesas acordaron dotarse de una amplia autonomía y capacidad de decisión propias, siempre encuadrada en el plan general, diseñado y coordinado por el Comité de Defensa Local [de Barcelona]. De esta manera, sin perder mucho tiempo, el Comité de Defensa Local se reunía a diario con sus delegados de barriada.
Esos comités de defensa de barrio estaban coordinados y centralizados por un Comité Revolucionario, constituido por Josep Asens, secretario de la Federación Local de Sindicas Únicos de Barcelona. Santillán (por la FAI) y tres miembros de Grupo Nosotros: Durruti, Francisco Ascaso y Juan García Oliver, que había establecido un plan general de combate y una táctica a seguir.
-La metodología de trabajo de Ocho días de julio es cronológica con un apoyo de saber dónde y de qué manera estaban situados los cuarteles y las barricadas que intentaban cerrar el camino a que los que apoyaban la sublevación llegasen a los principales puntos estratégicos y tuviesen, manteniendo, comunicaciones…
-¿Por qué; qué te lleva a esto?
Los anarcosindicalistas decidieron no declarar la huelga general y dejar que los soldados sublevados salieran a la calle sin hostigarlos. JGO sostenía que no debían asaltar los cuarteles porque allí la tropa se haría fuerte y tenía acceso a una munición abundante, en cambio la dotación de munición de un soldado en la calle se limitaba a cuarenta o cincuenta balas. Sería mucho más fácil derrotar a los sublevados fuera de sus cuarteles,
Desde las tres de la madrugada una creciente multitud reclamaba armas en la Consejería de Gobernación, en Plaza Palacio. No había armas para el pueblo, porque el gobierno de la Generalidad temía más una revolución obrera que el alzamiento militar contra la República. Juan García Oliver, desde el balcón de Gobernación, dijo a los militantes cenetistas que se pusieran en contacto con los comités de defensa de sus respectivas barriadas, o marcharan a los cuarteles de San Andrés en espera de la oportunidad de apoderarse del armamento allí depositado.
A las cuatro y cuarto de la madrugada las tropas del Bruc en Pedralbes, habían salido a la calle, dirigiéndose por Diagonal hacia el centro de la ciudad.
El campo de fútbol del Júpiter de la calle Lope de Vega fue utilizado como punto de encuentro desde el que iniciar la insurrección obrera contra el alzamiento militar. Antonio Ortiz y Ricardo Sanz montaron una ametralladora en la parte trasera de la plataforma de madera........
