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¿Existe la inmortalidad?

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27.03.2026

¿Existe la inmortalidad?

No hay nada más duro que la muerte de un ser querido que nos viene de repente o aunque la hayamos estado esperando por una larga de enfermedad de quien estaba cerca de nosotros por lazos familiares o de amistad. De todos modos, sí cabe algo más duro como es la noticia que un médico puede dar a una persona de que le queda poco de vida. Es la peor noticia de tu vida.

Pero todavía hay algo más duro, como es que un hijo muera antes que nosotros; es decir, la premoriencia de un hijo que se convierte en el dolor más insoportable que pueda existir, y que no se puede soportar. Quien lo ha sufrido sabe perfectamente de lo que estamos hablando y el dolor insoportable que causa en los progenitores, y en todo su círculo familiar. Estas causas están propiciadas generalmente por accidentes de tráfico, y es terrible cuando los agentes policiales que han tenido que intervenir se acercan al domicilio de los progenitores para darles esta terrible noticia.

Ante todo ello, siempre surge una pregunta, como es la relativa a lo que hay detrás de la muerte y si realmente todo se acaba con ella, o hay algo más. De suyo, muchos testimonios existen de personas que han tenido experiencias de contacto sensorial o extrasensorial con familiares que han muerto, pero que se han puesto en contacto con sus seres queridos, como una manera de hacer más «soportable» el dolor causado por la muerte. Y estas experiencias que leí me llevaron a escribir mi última novela titulada Nunca me marcharé acerca de dos personas que fallecen por esa maldita enfermedad del cáncer que asola el mundo y se ha llevado a tantas vidas, pero que tras la muerte se ponen en contacto con su entorno.

Lo sorprendente es la cantidad de experiencias personales que me han contado quienes han leído la novela acerca de estos contactos cuando las he firmado en algún evento, prueba evidente de que cuando se abre la posibilidad de que las personas cuenten estas experiencias expongan lo que hasta ese momento tenían oculto por ese miedo que puede existir acerca de que consideren los demás que «están locos» por contar estas situaciones que muchos califican de imposibles, pero que los estudios al respecto evidencian que una de cada tres personas ha tenido alguna experiencia sensorial o extrasensorial con seres queridos que han fallecido.

Se suele decir por quienes tratan de justificar de una manera «racional» estas situaciones de quienes cuentan estos contactos que ello viene por un efecto psicológico por no querer creer que han perdido para siempre a su familiar y que su cerebro quiere seguir aferrándose a que está en otro lugar. Por ello, los escépticos pretenden racionalizar estas declaraciones y justificarlas mediante una explicación subjetiva de que la persona que ha tenido esa experiencia lo cuenta más como un deseo, o que se quiere aferrar a que su familiar sigue en alguna parte y que eso le tranquiliza, al menos, en su vida diaria.

Pero la realidad es otra distinta, porque quienes cuentan estas experiencias no lo cuentan así, sino que están seguros de lo que han sentido o visto, y que no es una alucinación, sino algo muy real.

Lo cierto y verdad, también, es que el ser humano no quiere morir nunca, aunque sabe que lo único cierto que hay es que algún día ocurrirá, y cuando se avanza en edad esa sensación está más cerca cada vez. Recuerdan los autores que Miguel de Unamuno reflexionó muchas veces sobre la muerte y la inmortalidad, especialmente en su obra filosófica. Y hay que recordar que una de sus frases más citadas es: «El hombre no quiere morirse; lo que quiere es no morirse nunca». Y en su obra Del sentimiento trágico de la vida, que se publicó hace más de 100 años, en 1913, desarrolla su famosa tesis de que el ser humano vive en una tensión permanente entre la razón —que nos dice que vamos a morir— y el deseo vital de no desaparecer. Es decir, que es consciente de que ocurrirá, pero no quiere que ocurra y tiene pánico de que ese día llegue.

Recuerda, también, Unamuno su frase de que «No quiero morirme del todo; quiero que quede algo de mí». Y, así, expresa su obsesión filosófica por la inmortalidad personal, por lo que para Unamuno el problema central del ser humano no es solo la muerte, sino la angustia de saber que vamos a morir y el deseo radical de seguir existiendo. Por ello, la idea de esa inmortalidad que anhelaba Unamuno se traslada ahora con fuerza ante estos testimonios de quienes explican algo que solo ellos saben que es verdad y que nadie tiene el derecho de quitárselo ni cuestionarlo, porque nadie ha estado allí para volver y negarlo.

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