Las niñas de la escuela iraní
Más de 50 niñas muertas en un ataque israelí contra una escuela en el sur de Irán
Utilizamos el lenguaje con diversos fines. Uno de ellos es el de explicar la realidad. Con los eufemismos tratamos de explicarla, en este caso, de una forma interesada y tramp(osa). Y así, el hecho monstruoso de bombardear una escuela de niñas en plena guerra es un “daño colateral”. Es decir, “un efecto secundario, no planeado, que afecta a civiles, infraestructuras o fuerzas neutrales o amigas”. Como si al tratarse de objetivos no planificados la muerte no fuese tan definitiva o tan dolorosa.
El día 28 de febrero de 2026, en la ciudad iraní de Minab, provincia de Hormozgan, la escuela primaria femenina Shajare Tayebé fue bombardeada de manera brutal con misiles de los ejércitos de Israel y EE. UU. Ambos países habían declarado ese mismo día, de forma ilegal e injusta, la guerra a Irán. Dos misiles segaron brutalmente la vida de ciento setenta y cinco personas, en su mayoría niñas. ¿Error fatal? ¿Puntería cruel?
He visto una foto aérea de las fosas alineadas en las que se iban a depositar los cadáveres de estas víctimas inocentes. ¿En nombre de qué dios, de qué derechos, de qué causa, de qué intereses se pueden justificar estas muertes? ¿Quién les explica a los padres y a las madres de estas niñas, de entre 7 y 12 años, que tenían que morir porque así lo habían decidido los señores de la guerra, Donald Trump y Benjamin Netanyahu?
Me imagino a las niñas preparando en la víspera sus mochilas y sus libros, repasando las tareas, colocando sus vestidos o uniformes al lado de la cama, incluido en algún caso el hiyab. Me las imagino escuchando la llamada del despertador o de sus padres para proceder a las rutinas del aseo y del desayuno, felices porque iban a estudiar y a jugar en su escuela. Me las imagino saliendo presurosas, solas o acompañadas por un adulto, para llegar con puntualidad a las clases. Me las imagino repartiendo saludos de buenos días a sus compañeras, a sus amigas y a sus maestras, entrando en sus aulas y ocupando sus pupitres, completamente ajenas a que dos desalmados, después de descansar a sus anchas, hubieran decidido, sin piedad, poner fin a sus vidas. Tenían que pagar con su muerte el precio de sus intereses políticos y económicos.
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