Pasión
El Concierto del Misteri del Viernes de Dolores, en la basílica de Santa María. / Misteri d'Elx
La tarde es plácida. Entregado al recreo, paseo por el Parque Municipal que se presenta hermoso: arboleda verde, senderos flanqueados de palmeras. Su vastedad hipnotiza. Allí no existe el tiempo, y se disfruta con gusto el transcurrir de cada segundo. Perdido en la frondosidad, absorbiendo los aromas del jardín, flota en el aire una liviandad balsámica para el espíritu, y me dejé acariciar por ese soplo de la reciente primavera.
Llega el momento de satisfacer mi deseo hondo de cumplir con el compromiso ineludible de todos los años cuando a punto está de acabar la Cuaresma y precede a la Semana Grande, vísperas de via crucis, hermandades, agrupaciones, músicas estridentes, de cofrades y público circunstancial abarrotando las calles...
Asisto al evento más sugerente que en estas fechas se ofrece en nuestra ciudad, magnífico complemento cultural y fomento de la espiritualidad contrario a la trivialización de lo sagrado, alejado del «entretenimiento»; valorado como introducción a la atmósfera de reflexión y devoción sincera. Cita consolidada como referente para disfrute de la música, cápsula que deja el ruido y el jaleo de las calles que se convierten en centro de atracción turística; al margen de la solemnidad del desatado barroquismo de las procesiones que son combinación de estímulos sensoriales: imágenes poderosas, luz, música, desplazamientos. Espectáculo que consigue la inmersión del público y una cierta exaltación de las emociones... Reunión de masas cuando todo está envuelto en el empalagoso y dulzón aroma a torrijas y el percutir de tambores en los ensayos previos.
La basílica se quedó pequeña, menguado, además, el espacio por una excesiva ocupación de tronos procesionales. Enseguida mi cuerpo se atemperó con el ambiente. Asisto a la antesala sonora del tiempo donde se revive la Pascua, Muerte y Resurrección de Jesucristo. En el recinto sagrado, la música adquiere protagonismo para inundarlo de reflexión y solemnidad.
La Capella, coro juvenil y Escolanía, con la dirección del Mestre de Capella, ofrecía un repertorio que combinaba la espiritualidad con la exigencia musical. A priori una selección hermosa y sublime para estas fechas de intensa actividad litúrgica. Javier Gonzálvez pretendió, en esta ocasión, que el concierto no fuera al «uso», ofreciendo una auténtica preparación a la Semana Grande con la puesta en escena de los tres momentos más reseñables en todo repertorio sacro que se precie. Se iba a disfrutar, paladear, del Stabat Mater (María sufriendo al pie de la Cruz). Las siete últimas palabras de Jesús en la Cruz, de Cosme José de Benito, representante del movimiento de reforma de la música sacra española. Y como hermosísimo colofón, el texto del Salmo 50(51), salmo penitencial atribuido al rey David y cuya espléndida música compuso Gregorio Allegri exclusivamente para la Capilla Sixtina.
La acústica de la majestuosa basílica, santuario perfecto para el concierto, provocó que las primeras notas de inmediato crearan la necesaria atmósfera de respeto y fe. Silencio expectante que originó momentos sobrecogedores que removió incluso al de corazón frío e hizo prescindir de cualquier otro sentimiento que no fuera la paz más profunda, provocando una interacción absoluta con el contexto.
Recorrido musical que transitó entre la afirmación de la Fe, la compasión ante el dolor humano y la trascendencia espiritual. Recorrido que dialogó con la arquitectura del templo flotando las notas en el espacio, excitando el espíritu a través de esa programación de atractivo estilístico.
Las voces, que lo llenaban todo, exultaban de belleza y esplendor. Envolvieron a un público que en fases contuvo la respiración mientras iba diluyéndose las notas por las bóvedas de ese escenario inigualable, demostrando que la música sacra es la que debe encontrar refugio allí pues requiere ese espacio, tiempo y escucha que te atrapa con tal serenidad y la emoción de los sonidos. Los momentos que ofreció la agrupación coral fueron, literalmente, un precioso regalo.
El repertorio elegido sublimó el concierto sacro llevándonos a hacer un pacto con esa música, un pacto ficcional para el pleno disfrute desfilando por nuestras mentes y corazones melodías bellas y sentidas en esa noche mágica y maravillosa, remanso de calma en la tormenta interior, serenidad en el sube y baja emocional en el que vivimos.
La puesta en escena, sobria y emotiva. Las luces atenuadas crearon un absorbente recogimiento litúrgico. El Cristo de la Misericordia, colocado con mimo por miembros de la Cofradía del Silencio, estimuló el imaginario del que busca un momento especial, esa mirada profunda hacia nuestro interior. La solemnidad de los fragmentos musicales inherentes al momento trasladó a los asistentes a la esencia verdadera de estas fechas, abriendo al Misterio y a lo radicalmente inmaterial: comunión entre música y espiritualidad en una atmósfera única.
Impresionante el silencio, que flotó en el aire unos segundos, roto por el aplauso prolongado y sentido por parte de un público que disfrutó de un recital excepcional en el que floreció el sentimiento humano y divino por la Muerte, la Gloria y la Esperanza... Con la sensación que quedó con ganas de más, reafirmando que el «Concierto de Viernes de Dolores» es un magnífico arranque de la Semana Grande.
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