La Semana Santa: multitud y democracia
Semana Santa 2026: Real Cofradía del Santísimo Cristo del Hallazgo y Virgen Dolorosa
Semana Santa 2026: Real Cofradía del Santísimo Cristo del Hallazgo y Virgen Dolorosa / Jose Navarro
Desfila un paso el Jueves Santo, en Cabra, con la advocación oficial de «Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Prisión», pero es más popular bajo el nombre de el «Señor Preso». Sin embargo, cosa insólita, aún tiene otro título característico: el «Señor de las Multitudes». Quieren algunos que la cosa venga del Evangelio de Mateo, cuando Jesús es descrito como el «Señor de la mies» (o cosecha) al ver a las multitudes –«muchedumbre»-, dice la Biblia de Jerusalén- como ovejas sin pastor, mostrando su compasión y liderazgo espiritual, que diríamos hoy, saturados como estamos de carismáticos influencers en busca de masas. Hay otros que se remiten al gentío congregado en Jerusalén el Domingo de Ramos para recibir al Mesías. No me satisface ni una ni otra explicación: la primera por sofisticada, la segunda por no coincidir la iconografía ni la intención con la alegría del Domingo de Palmas, siendo este Cristo egabrense adusto, como corresponde a un cautivo, quizá obra del círculo de Salzillo para cofradía antigua. Tengo para mí, y así parece reconocerlo la Cofradía, que la denominación tiene un origen más sencillo y poderosamente descriptivo: su belleza, dramatismo y raigambre harían de él el más esperado, el que reunía multitudes que, incluso, le acompañaban en traslados y otros festejos, tirando cohetes mientras tañían campanas.
Son multitudes de épocas en que ese concepto, en un pueblo, poco tendría que ver cuantitativamente con el significado que nosotros le damos, pero que impresionarían a los que participaran en esas muestras de homenaje.
Las Semanas Santas están atravesadas de fenómenos como este: en épocas con poca diversión y mayor capacidad de asombro, la afluencia al espectáculo pasional era gran ocasión de encuentro, de solaz, de juego; manera lícita de atenuar los rigores del ayuno y las penas previstas por la severidad clerical. Hay preciosas fotografías de principios del siglo XX en Zamora, donde se pinta la admiración en las caras de paisanos llegados a contemplar los pasos. En las ciudades grandes sería compatible la identificación con la propia Hermandad de gremio o barrio y el desplazamiento a otros recorridos para contemplar las maravillas de las gubias afamadas. El establecimiento de la «carrera oficial» fue, a la vez, una manera de ordenar y disciplinar el festejo -que fácilmente se desmandaba- y una forma de garantizar el lucimiento de las élites. Obsérvese que no hablo de turistas. Pero tampoco de peregrinos. Es una tercera categoría de la que ignoro su nombre, pero sin la que las celebraciones de la Semana Grande no tendrían mucho sentido, pues, a la vez, confirmaban adhesiones y animaban la identidad y la vanidad; confirmaban el tiempo común y lo rompían, como en cualquier fiesta. Esa idea de «multitud» que acude a la llamada de un Jesús Preso -con connotaciones de necesidad y marginalidad- es poderosamente evocadora: la Semana Santa acoge ritos, leyendas y saetas relacionadas con reclusos.
Multitudes, pues.Como hoy. Sólo que hoy son otras, de otra manera y con otras expectativas. Hoy se buscan en FITUR y en campañas de marketing exquisitamente profesionales. Y los mismos que centran su actividad en una «gastronomía cofradiera» de extrañísimo nombre, o lloran ante los versos azucarados de un Pregón, presidirán con cara compungida, vestidos de luto, la Procesión del Entierro. En un discurso en el salón Ideal de Salamanca, el 8 de abril de 1931, afirmó Unamuno que, en su experiencia como edil, aprendió que hay tres clases de concejales: los que tenían por única misión servir al pueblo, «personas dignísimas de todos los partidos»; otros que iban al Ayuntamiento «a hacer pequeños negocios»; y una tercera clase: los que «se daban el gustazo» de ir «para presidir todas las procesiones que fuera posible». Santo y bueno.
Nuestro Padre Jesús Cautivo avanza por las calles del Casco Antiguo el Miércoles Santo del año pasado. / Jose Navarro
A mí me gusta saludar a las autoridades conocidas que acompañan a las imágenes de buenasmuertes, oracionesdelhuerto, santascenas o eccehomos. Y a ellos les gusta ser saludados, pues si no, no irían. O irían recogidos, a cara cubierta, asegurándose de que su mano derecha no supiera lo que hace la izquierda y todo eso. Aunque, con circunspección, responden cariñosamente a los saludos: suelen limitarse a levantar una ceja; una, para que la otra no lo sepa. Haga usted la prueba. Sobre todo, con ediles socialdemócratas, que son quienes mejor componen santa faz de compromiso y unción, por aquello del qué dirán y bajo la muy dudosa convicción de que el esfuerzo les dará votos. Ahí quedan empatados con la realidad. O perdiendo.
Dicho lo cual debo aclarar que la diatriba la termino aquí. Porque, al fin y al cabo, este artículo pretende ser una glosa a lo bien que le sienta la democracia a la Semana Santa. Ciertamente no existe un método para medir la bondad de una Semana Santa. No existe el máster de «crítico en procesiones y otras solemnidades». Si existiera, yo me apuntaría. Y bien podría existir: hay otros mucho más ridículos y bochornosos, en la Universidad española. En ausencia del rigor de la ciencia, afirmaré que sólo existe un criterio fiable al 100 %: la Virgen de mi pueblo, o la de mi barrio, es la más guapa. Y siendo esto universalmente cierto, no hay nada más que hablar. No me cansaré de decirlo. Por lo tanto, no podemos juzgar absolutamente cuál es la mejor Semana Santa. Ni la peor, a Dios gracias.
Sólo existe un criterio fiable al 100%: la Virgen de mi pueblo, o la de mi barrio, es la más guapa
Sólo existe un criterio fiable al 100%: la Virgen de mi pueblo, o la de mi barrio, es la más guapa
Para unos debería ser aquella que mejor contribuya a la penitencia, mueva las almas al perdón y la caridad, avive la fe, regenere la esperanza y haga más triunfal, si posible fuera, a la Iglesia. Me parece razonable. Pero no conozco nadie que pueda probar eso. Son conceptos de decir en el Nodo y en otras desventuras del franquismo, pero era mentira y, además, un insulto para el cristiano sincero. Es cierto que, en toda suerte de Pregones y Prólogos de revistas especializadas, hay textos de párrocos, consiliarios y hasta obispos, en los que se recuerda al cofrade sus muchas obligaciones y las creencias a las que se compromete. La reiteración, aparte de informarnos de la extenuación literaria del clero, es una manera de confirmar que nadie les hace caso. Año tras año: esa es la virtud de la constancia.
Intentemos otro método: sería mejor una Semana Santa cuanto más «auténtica» fuera. Como la autenticidad es uno de los mitos filosóficos de nuestro tiempo, vemos aparecer, aquí y allá, celebraciones que tratan de «recuperar» las celebraciones del más remoto pasado y meterlas en la red, por convocar visitantes y jugar a la ambigüedad de los amores entre lo lejano y el presente eterno. Donde hubiera un Cristo románico o gótico, o algo oscuro que se le pareciera, disponible para este menester, tienen mucho ganado; y más si se anima con unas antífonas en canto gregoriano. Muchas de esas representaciones, tanto más bonitas cuanto más tétricas consigan ser -¡incienso, más incienso, es la guerra!-, son imposibles históricos, por la sencilla razón de que en la época a la que aluden, no había esta clase de procesiones.
Fieles acompañando al Cristo de la Misericordia en la procesión del silencio de Elche el Jueves Santo de 2025. / Áxel Álvarez
Una variable: lo mejor sería aquello que mejor copiara un modelo. Entiéndase, en la mayoría de los casos, Sevilla: palios, sinpecados, bacalaos, bordados o marchas -¡«La Madrugá», «La Saeta», «Coronación de la Macarena»!-. Y, sobre todo, el tono aflamencado de los capataces, capaces de cambiar de cuerdas vocales y acento una noche al año -¡tospoigualvalientesalcieloconellaaestaes!-. En otros pocos casos hay quien se agencia una campana grande y un miserere y se ponen a ver si les sale una Zamora de su capilla. A veces el producto es apreciable. Últimamente también se llevan mucho los tambores; grandes, que hagan cantidad de ruido y sangrar la mano. Ver eso y luego tomarse una paella para cenar puede ser el culmen de la españolidad para usuarios de apartamentos turísticos. El problema es que esto de la Semana Santa es como el medio ambiente: estos cambios pueden acabar con la diversidad estética y simbólica. Por un lado, se fuerza la introducción de nuevas especies de desarrollo fácil, por otro se abandona lo que fue genuino, tomado por pobre y viejo. La paradoja es inevitable. Si el precio de ser diferentes y auténticos es acabar siendo todos iguales, algo habrá fallado. Insisto: hay resultados estéticamente apreciables, pero a fuerza de imitar. Y no es eso. O sí. No sé.
Usemos otro mecanismo de análisis. Adelantaré que es el que me parece más adecuado. Me refiero al que consigue lo que en el fondo desea: tranquilidad, reconocimiento, paz, amor y subvenciones. La parte espiritual la vamos a dejar de lado ahora, pues ningún creyente me negará que con toda expresión sincera de culto y penitencia se alcanza el objetivo, siendo lo de menos si el hábito es de terciopelo o el cirio de color niebla. A lo que me refiero es a «echar a la calle» procesiones dignas, que congreguen miradas y admiración, que aporten algún sentido comunitario, que muestren por lustros el esfuerzo cofrade y que no desmayen, como antaño pasaba, que no era muy seguro que una procesión saliera muchos años seguidos.
Nunca las Semanas Santas han gozado de tanta salud como desde la recuperación democrática
Nunca las Semanas Santas han gozado de tanta salud como desde la recuperación democrática
O sea: una Semana Santa fiable, que sea, en la medida de lo posible, «multitudinaria», precisamente. Que pueda invocar sus tradiciones como timbre de honor, sin mayores angustias y sin que esa tradición sirva para desvencijar convivencias o marginar a nadie. Pero que, a la vez, no sienta ningún desdoro en integrar todo lo que pueda recoger: tallas inquietantes en su trivialidad, tallas de autor incógnito atribuibles a algún pariente lejano de La Roldana, músicas vibrantes de grandes bandas o de menesterosas cornetas y tambores, acólitos turiferarios que nublan y perfuman las noches. Y autoridades empeñadas en hacer el paseíllo como corresponde. Que no advierta nadie aquí una burla -eso lo dejamos para Cuenca-: es un signo de madurez, que requiere miradas cariñosas. Esa capacidad de integración, esa «invención de la tradición», jaleada por titulares periodísticos que a mí me causan alarma porque hablan de una procesión que no es la misma que yo vi. Eso, todo eso, es la realidad. Y otras cosas serán fakeprocesiones. Harán bien las Hermandades en mejorar, porque si no lo hacen crecerá la nómina de los descontentos y no bastará con la incorporación de larguísimas filas de niños y niñas –«los penitentes del mañana», que dice el Hermano Mayor, sorprendido por su inteligente ocurrencia- para asegurar los inestables equilibrios entre lo festivo y lo normal.
Pues bien, ese equilibrio, ese asentamiento, ese fervor compatible con el desinterés -esto va por lugares, que la geografía es amplia y variopinta- es lo que hoy es mayoritario. Y eso es un logro de la democracia. Podemos afirmar con rotundidad lo que ningún Pregonero dirá, alzado al atril de un Teatro Principal o de alguna parroquia: nunca, absolutamente nunca, las Semanas Santas han gozado de tan inmejorable salud como desde la recuperación democrática. La procesión la tienen que sentir como propia los hermanos, pero también el resto de ciudadanos. No sucede en muchos lugares, pero tampoco hay graves corrientes de opositores. Y dado el carácter de esta fiesta y su carga simbólica, no es poca cosa.
Al principio causó sorpresa la revitalización. Pero eso fue porque se temía la repetición de los sucesos de los años 30, con innobles asaltos a templos e imágenes y con el secuestro de las procesiones populares por algunas élites, como forma de presión al Gobierno republicano. Nada de eso pasó. En parte porque unos y otros habían aprendido la lección y aquí también pesó el discurso de la reconciliación. No hubo incidentes; si acaso el comentado episodio de la negativa de la Hermandad de los Estudiantes de Sevilla a detenerse, según costumbre, ante el palco municipal, tras las primeras Elecciones locales, que dieron mayoría a la izquierda. Curiosamente, en la Historia autorizada de la Hermandad se niega reiteradamente el hecho y se aduce un error o un contratiempo técnico que no dio ni para hablar un minuto en sus cabildos. Y cuatro tonterías más: yo vi, en Alicante, una Virgen llevada por gentes con atavío falangista que gritaban «¡La calle es nuestra!». Pero no, no lo era. Y ya está. Un poco de histeria en páginas periodísticas sí que podría estudiarse por quien tuviera saber y paciencia.
Decenas de mantillas en el paso de Nuestra Señora de la Soledad saliendo de la basílica de Santa María el Viernes Santo del pasado año. / Pilar Cortés
Pero la realidad es que la Pasión Franquista llegó exhausta al fin del régimen: todo parecía de cartón piedra, se abandonaba en masa creencias estereotipadas, la sociedad se desligaba del entorno de la Semana Santa: no venían multitudes, al revés, los 600 estaban al servicio de los que se iban a las playas. La función legitimadora del Régimen y de las diversas piezas del mismo, que habían prestado los rituales, había terminado. Podría quedar lo oficial, lo ranciamente religioso: pero la fiesta se había consumido en la represión y en los estilos innecesariamente siniestros de la Semana Santa. Aquellos prebostes no creían en la Resurrección. Había cristianos esperando otras oportunidades -en algunos sitios, el empuje del Vaticano II se hacía notar-, pero hasta tuvieron que pelear con algunos obispos, más confiados en aperturas pactadas que en la religiosidad popular. No dejaban de ser un eco del mismísimo Pablo VI, que en la exhortación apostólica «Evangelii Nuntandi», en 1975, advertía de los límites de esa religiosidad popular, que podían poner en peligro «la verdadera comunidad eclesial». A monseñor Tarancón le faltó el tiempo para repicar la cosa, provocando disgustos innecesarios en el sur peninsular. En todo caso, la pedagogía del orden, implícita en los desfiles procesionales rígidamente establecidos, había concluido. Ni a unos ni a otros le era ya de utilidad.
El salvavidas llegó de las instituciones democráticas: las Comunidades Autónomas descubrieron una mina identitaria y los Alcaldes aprendieron enseguida que unos iban con antifaz, pero que si ellos podían desfilar con la cabeza alta y despejada, la ciudadanía asociaría los cortejos al nuevo sistema político, convertidos en un vector de estabilidad, en un signo de diálogo. Y así fue. A algunos se les fue la mano. Isidoro Moreno -Catedrático Emérito de Antropología Social de la Universidad de Sevilla y hermano de Los Negros de Sevilla-, que es quien más sabe en el mundo de estas cosas, dice que en muchos lugares se ha ido sustituyendo el nacional-catolicismo por el municipal-cofradierismo. Seamos comprensivos: lancemos una mirada cariñosa a este despilfarro de vanidad. Porque tampoco sirve de mucho más: el narcisismo está tan extendido que tiene poco que ver con la visualización de las jerarquías sociales, y más cuando la sociedad es mayoritariamente laica.
Pero no hubiera bastado con la intención. La democracia, pese al control municipal y a las inyecciones económicas, desmesuradas a veces, hizo de la Semana Santa una celebración libre, le dio un aire que le ha permitido adaptarse, ensayar nuevos tonos. Estamos ante las Semanas Santas más potentes de toda la Historia porque son una realidad «líquida», capaz de conformarse a la variabilidad de las estructuras sociales y políticas. Es la uniformidad etnográfica y la doctrinal lo que acecha. Lo demás, dejadas las cosas a su aire, van bien. Pero la Semana Santa no puede ser «moderna», por más que se empeñen cuatro imagineros y algún pub de Málaga: su belleza y significado no es racional, no admite dudas metódicas. Pero su carácter de «líquida» sí nos remite a una postmodernidad llena de eclecticismo.
Si es posible todo esto es porque lo que es la Semana Santa es barroca, en todos los sentidos, mucho más allá de las imágenes o los tronos. Y en la cultura contemporánea también hay abundantes demandas de barroco, de exceso, de masificación dirigida, de integración arrebatada de expresiones de diversa procedencia asimiladas y ensambladas por una penitencia moderada y el enaltecimiento competitivo de las sagradas imágenes. Coronaciones, magnas procesiones a destiempo, trasiego de vírgenes y cruces, vía crucis sin mucho significado, estrenos continuos de músicas o bordados… Todo eso casi inaugura un extraño romanticismo, siempre con los nervios a flor de piel. Pero sirve para reforzar el horizonte barroco. Quizá llamar a la etapa como barroco-romántica no estaría mal: el mundo vuelve a concebirse como representación y lo emotivo gana cada día la partida en los dispositivos móviles, esos mismos que se alzan gloriosos para robar una fugaz imagen de galas y velas y caras martirizadas, dolientes ímpetus para la muchedumbre.
Siempre ha habido algo de todo esto en esta fiesta, que, en cuanto podía, se escapaba, se salía de norma. Hasta que el obispo o/y el gobernador la volvía a sujetar. Los ejemplos históricos de intercambios y apropiaciones insólitas, de estrambóticos diálogos con el entorno son estruendosos y numerosos. No insistiré. Para acabar, como cierre entre melifluo y estruendoso, como suele ocurrir en las procesiones que no sean de negro silencio absoluto, pondré, para ejemplo simbólico, una brevísima muestra del diálogo de la Semana Santa con músicas más o menos profanas para hacerlas suyas y que pasen como tradicionales, eternas, como quien dice. Y viceversa: su préstamo a otros cantares, más mundanos.
La muy sevillana marcha «La Santa Espina» no es más que una traslación de la sardana del mismo nombre -se usará en la Hermandad de Montserrat-. Los pasodobles y piezas zarzueleras resuenan por todas partes; mírese «El Imperio Romano» de Puente Genil o la «Gloria al muerto» o «Alma de Dios». El buen compositor jumillano Santos Carrión adaptó al caso la «Valquiria» de Wagner. Y antes de que proliferaran bandas y compositores, se usaban marchas fúnebres; Chopin mucho, pero también algunas compuestas en honor de políticos o de un escultor –«El héroe muerto», en loa de Julio Antonio, se haría muy famosa-. Pero quizá el ejemplo más encomiable y feliz es la incorporación de compases de «Angelitos negros», de Antonio Machín, a la marcha procesional «Virgen de los Negritos» -en esta venerable Hermandad hay muchos ángeles negros, como Machín pedía, pintados en el altar mayor de su templo-. Del retorcimiento de «La Saeta» de Machado/Serrat ya hablé otro año: sigue interpretándose en un sentido radicalmente distinto del que el poeta pensó y quiso.
Las Semanas Santas son una realidad "líquida" capaz de conformarse a la variabilidad de las estructuras sociales y políticas
Las Semanas Santas son una realidad "líquida" capaz de conformarse a la variabilidad de las estructuras sociales y políticas
Claro que también ha habido préstamos inversos. Los rumores sobre el impacto del universo sonoro en grandes músicos, se ha agrandado desde que Stravinsky estuvo el Viernes Santo de 1921 en Sevilla. Al parecer, alabó mucho la marcha «Soleá, dame la mano», interpretada por la Banda Municipal de Música, detrás del paso de la Virgen del Refugio, al paso por la cárcel del Pópolo; tanto le emocionó que le dijo a su amigo Diaghilev -el de los ballets-: «Estoy escuchando lo que veo y estoy viendo lo que escucho» (otra versión afirma que dijo que «No basta con oír la música, además hay que verla»). Esta marcha, compuesta en 1918 por Font de Anta estaba dedicada a los presos de la cárcel de Sevilla. Quiere la leyenda que el compositor se había emocionado al escuchar cantar desde el penal una saeta al paso de una Virgen: «Soleá, dame la mano/ a la reja de la carse,/ que tengo muchos hermanos huérfanos/ de pare y mare». En 1922, Falla y García Lorca paseaban juntos la madrugada y algo de crítica musical hicieron... Y Turina, por entonces, componía pieza tras pieza de vena pasionaria. Mucho más tarde llevaron a Menuhin a un palco donde escuchó «Amargura» y dijo muy serio que aquella pieza debía ser de Tchaikowski… cuando, por cierto, también es de Font de Anta -existe una versión para guitarra de Rafael Riqueni que hubiera conmovido a Menuhin-. Puestos en guitarras: hay una «Macarena» de Paco de Lucía que no debe olvidarse.
Una inspiración acreditada es la pieza formidable -un jazz sin concesiones- de Miles Davis: «Saeta», en su «Sketches of Spain», que refleja la algarabía disonante de una bulla sevillana. Otro ejemplo: Cristobal Halffter incluyó en una obra el sonido desagarrado de las «Turbas» del amanecer conquense. Y Pedro Contreras es autor de una «Salzillo Obertura». Lluís Llach pondría notas de la «Processó» -la inimitada «dança de la mort»- en su disco «Verges», que para eso es su pueblo. Y ahora, Rosalía, con «El Redentor», abre otros caminos, Como los abrió Carlos Cano con su versión de «Pasan los campanilleros» o la muy equívoca «Macarena»: -«deja ya de padecer,/ sé mujer,/ Macarena de Dios». Más dudoso es el resultado de «La Pasión chill», de Gallardo, con versiones presuntamente relajantes de tonos pasionarios. En fin, por si alguien se ha quedado con curiosidad, le advierto que hay una grabación en directo del «Señor de las Multitudes», a cargo de la Agrupación Musical Santísimo Cristo de la Salud, de Alcalá la Real. De todo hay en la Viña del Señor. Porque somos multitud. Y en cuanto nos ponemos bajo la primera luna llena primaveral somos más multitud. No podemos evitarlo.
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