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La Semana Santa: multitud y democracia

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29.03.2026

Semana Santa 2026: Real Cofradía del Santísimo Cristo del Hallazgo y Virgen Dolorosa

Semana Santa 2026: Real Cofradía del Santísimo Cristo del Hallazgo y Virgen Dolorosa / Jose Navarro

Desfila un paso el Jueves Santo, en Cabra, con la advocación oficial de «Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Prisión», pero es más popular bajo el nombre de el «Señor Preso». Sin embargo, cosa insólita, aún tiene otro título característico: el «Señor de las Multitudes». Quieren algunos que la cosa venga del Evangelio de Mateo, cuando Jesús es descrito como el «Señor de la mies» (o cosecha) al ver a las multitudes –«muchedumbre»-, dice la Biblia de Jerusalén- como ovejas sin pastor, mostrando su compasión y liderazgo espiritual, que diríamos hoy, saturados como estamos de carismáticos influencers en busca de masas. Hay otros que se remiten al gentío congregado en Jerusalén el Domingo de Ramos para recibir al Mesías. No me satisface ni una ni otra explicación: la primera por sofisticada, la segunda por no coincidir la iconografía ni la intención con la alegría del Domingo de Palmas, siendo este Cristo egabrense adusto, como corresponde a un cautivo, quizá obra del círculo de Salzillo para cofradía antigua. Tengo para mí, y así parece reconocerlo la Cofradía, que la denominación tiene un origen más sencillo y poderosamente descriptivo: su belleza, dramatismo y raigambre harían de él el más esperado, el que reunía multitudes que, incluso, le acompañaban en traslados y otros festejos, tirando cohetes mientras tañían campanas.

Son multitudes de épocas en que ese concepto, en un pueblo, poco tendría que ver cuantitativamente con el significado que nosotros le damos, pero que impresionarían a los que participaran en esas muestras de homenaje.

Las Semanas Santas están atravesadas de fenómenos como este: en épocas con poca diversión y mayor capacidad de asombro, la afluencia al espectáculo pasional era gran ocasión de encuentro, de solaz, de juego; manera lícita de atenuar los rigores del ayuno y las penas previstas por la severidad clerical. Hay preciosas fotografías de principios del siglo XX en Zamora, donde se pinta la admiración en las caras de paisanos llegados a contemplar los pasos. En las ciudades grandes sería compatible la identificación con la propia Hermandad de gremio o barrio y el desplazamiento a otros recorridos para contemplar las maravillas de las gubias afamadas. El establecimiento de la «carrera oficial» fue, a la vez, una manera de ordenar y disciplinar el festejo -que fácilmente se desmandaba- y una forma de garantizar el lucimiento de las élites. Obsérvese que no hablo de turistas. Pero tampoco de peregrinos. Es una tercera categoría de la que ignoro su nombre, pero sin la que las celebraciones de la Semana Grande no tendrían mucho sentido, pues, a la vez, confirmaban adhesiones y animaban la identidad y la vanidad; confirmaban el tiempo común y lo rompían, como en cualquier fiesta. Esa idea de «multitud» que acude a la llamada de un Jesús Preso -con connotaciones de necesidad y marginalidad- es poderosamente evocadora: la Semana Santa acoge ritos, leyendas y saetas relacionadas con reclusos.

Multitudes, pues.Como hoy. Sólo que hoy son otras, de otra manera y con otras expectativas. Hoy se buscan en FITUR y en campañas de marketing exquisitamente profesionales. Y los mismos que centran su actividad en una «gastronomía cofradiera» de extrañísimo nombre, o lloran ante los versos azucarados de un Pregón, presidirán con cara compungida, vestidos de luto, la Procesión del Entierro. En un discurso en el salón Ideal de Salamanca, el 8 de abril de 1931, afirmó Unamuno que, en su experiencia como edil, aprendió que hay tres clases de concejales: los que tenían por única misión servir al pueblo, «personas dignísimas de todos los partidos»; otros que iban al Ayuntamiento «a hacer pequeños negocios»; y una tercera clase: los que «se daban el gustazo» de ir «para presidir todas las procesiones que fuera posible». Santo y bueno.

Nuestro Padre Jesús Cautivo avanza por las calles del Casco Antiguo el Miércoles Santo del año pasado. / Jose Navarro

A mí me gusta saludar a las autoridades conocidas que acompañan a las imágenes de buenasmuertes, oracionesdelhuerto, santascenas o eccehomos. Y a ellos les gusta ser saludados, pues si no, no irían. O irían recogidos, a cara cubierta, asegurándose de que su mano derecha no supiera lo que hace la izquierda y todo eso. Aunque, con circunspección, responden cariñosamente a los saludos: suelen limitarse a levantar una ceja; una, para que la otra no lo sepa. Haga usted la prueba. Sobre todo, con ediles socialdemócratas, que son quienes mejor componen santa faz de compromiso y unción, por aquello del qué dirán y bajo la muy dudosa convicción de que el esfuerzo les dará votos. Ahí quedan empatados con la realidad. O perdiendo.

Dicho lo cual debo aclarar que la diatriba la termino aquí. Porque, al fin y al cabo, este artículo pretende ser una glosa a lo bien que le sienta la democracia a la Semana Santa. Ciertamente no existe un método para medir la bondad de una Semana Santa. No existe el máster de «crítico en procesiones y otras solemnidades». Si existiera, yo me apuntaría. Y bien podría existir: hay otros mucho más ridículos y bochornosos, en la Universidad española. En ausencia del rigor de la ciencia, afirmaré que sólo existe un criterio fiable al 100 %: la Virgen de mi pueblo, o la de mi barrio, es la más guapa. Y siendo esto universalmente cierto, no hay nada más........

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