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Soldaditos de plomo

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12.03.2026

Trump espera "el gran cambio que pronto llegará a Cuba"

Ha quedado claro que el ejército de EE. UU. puede planificar en pocas semanas operaciones militares de gran precisión en un país y asestar un duro golpe a su líder en apenas unas horas. Detuvo a Nicolás Maduro en Venezuela —ahora preso en Nueva York—, y ha abatido, junto con el ejército israelí, a Jamenei en Irán. La fortaleza militar de la nación más poderosa del mundo y el drama humano son los dos elementos incontestables de las últimas guerras que estamos viviendo. Todo lo demás, recuperando a Churchill es «un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma».

Y si no sabemos en qué va a quedar Venezuela tras la detención de Maduro (dejar a Delcy Rodríguez en el poder no inspira la menor confianza), mayor es el desconcierto tras la operación en Irán, que ha convertido la zona en un polvorín. Casi todos estamos de acuerdo en las ventajas de que estos dos países se hayan liberado del dictador que los oprimía, pero por el momento resulta difícil imaginar que sus ciudadanos vayan a beneficiarse de la instauración de la democracia. Ya lo dijo Nikita Kruschev: «Los políticos son iguales en todas partes. Prometen construir un puente incluso donde no hay río».

La idea de que el mundo se ha librado de dos dictadores puede resultar reconfortante, pero me pregunto hasta qué punto conviene que la decisión de activar movimientos militares tan agresivos, con su correspondiente reguero de sangre, dependa en gran medida de los deseos, por no llamarlos caprichos, de una sola persona, por muy presidente de los Estados Unidos que sea.

Trump le ha pillado el gusto a mover sus soldaditos de plomo por el ancho mundo y conquistar vía exprés aquellos países cuyos dirigentes nos resultan detestables. El próximo será Cuba, qué duda cabe.

Barrunto que, a falta de planes de reconstrucción y de planificación de la democracia, estos países acabarán dominados por los dictadores de siempre, con nuevos nombres.

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