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Crónica de un deseo colectivo

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19.03.2026

El actor Jaco Elordi. / Tolga Akmen / Efe

Si Emily Brontë levantara la cabeza y viera la última adaptación de su obra, Cumbres borrascosas, y a Jacob Elordi interpretando a Heathcliff, probablemente pediría volver a morirse en el acto. El miércoles fui al cine. Éramos veintidós personas en la sala: un batallón de veinte mujeres de distintas edades que parecían haber venido a una despedida de soltera literaria en lugar de a ver un drama gótico, más una gran amiga y yo.

Hice todo lo que detesto en los demás en un cine: comer palomitas y pipas. En el momento en que Heathcliff (Elordi) aparece en pantalla, el silencio sepulcral que requiere una obra del siglo XIX se rompe, y la libido de las allí presentes, los murmullos, risas nerviosas y suspiros ante la aparición del protagonista, se escucharon en toda la sala. Estaba claro por qué esas veintiuna mujeres y yo estábamos allí: Jacob Elordi.

Una masculinidad del siglo XXI, un tipo que cae bien, lleva a sus padres a las premieres de cine, tiene gestos de caballerosidad más propios de otra época, con un físico imponente, raíces vascas, un discurso comprometido con la política y sin miedo al color rosa a la hora de vestir, resumiendo: un hombre verdaderamente deconstruido y hetero. Nada más aparecer en pantalla, risas nerviosas cuando Elordi frunce el ceño. Risas nerviosas cuando se quita la camisa. Pero sin duda, cuando aparece entre la niebla con un corte de pelo imbatible y un arete en la oreja, el revuelo entre las presentes fue atronador, sin duda el momento que recrean en su cabeza desde que salieron del cine; no tengo pruebas, pero tampoco dudas. Y, sobre todo, risas explosivas y murmullos en las escenas explícitas.

Quizás porque ver a un hombre que parece esculpido intentando convencerte de que está atormentado y sufriendo de manera insoportable por amor, genera tanta tensión que la única válvula de escape era la carcajada o el comentario con tu amiga de al lado. Esto me lleva a una reflexión: todas las mujeres que han ido a ver la película, ¿estaban obnubiladas con el físico de Elordi o realmente sumergidas en la relación obsesiva de amor tóxico de Heathcliff hacia Catherine?

En la época de Brontë, el amor era una enfermedad. Te casabas, te morías de tuberculosis o te volvías loca en un ático (ojo, que vivo en uno y esto me puede pasar, habrá señales). La pasión era el único fuego en una vida de corsés, protocolos y decoro. Hoy, tenemos aplicaciones para ligar, ghosting, terapia de pareja, Netflix. Hemos racionalizado tanto el afecto que, cuando el cine nos escupe a la cara ese amor obsesivo, oscuro y destructivo de Cumbres borrascosas, no sabemos dónde meterlo. Las risas de esas veinte mujeres en el cine eran de incredulidad, de que alguien pueda amar así.

Ver a Heathcliff proclamar que "no puede vivir sin su vida y no puede vivir sin su alma" mientras luce un perfil donde hay músculos que ni siquiera sabía que existían genera un cortocircuito en las generaciones de ahora. ¿Es tóxico un amor así, o en el fondo las chicas del cine suspiran por vivir algo que se asemeje a una pasión oscura, o solo quieren que Elordi sea el protagonista de esa pasión?

Las escenas de sexo en el siglo XIX escritas por Brontë podían ser cinco capítulos narrando el roce de los dedos de las manos de los protagonistas. Emerald Fennell ha filmado la belleza física mezclada con las escenas más explícitas, utilizando los dedos como un componente erótico que a las hermanas Brontë les habría dado un parraque y a las presentes en la sala, les da.

Teniendo clarísimo que la película es bastante mala y una versión muy libre del libro, tenía muchas ganas de ver qué sucedía en la sala de cine y cuál era la reacción de quienes acuden a ver la película. La realidad ha superado mis expectativas. La directora no ha rodado un drama gótico, ha filmado un deseo colectivo en un mundo de ghosting y frialdad digital; ver a un semidiós moderno sufrir por amor nos parece la más envidiable de las fantasías que puede que ninguna confesara jamás.

No me he metido a crítica cinematográfica, ni mucho menos; eso se lo dejo a los que saben, pero de cualquier manera, vayan al cine, desconecten de sus vidas un par de horas, y déjense llevar como las 22 que el otro día viajamos a West Yorkshire, Inglaterra.

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