La banalización de la mentira
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Compartir«Miénteme, porque solo así me harás saber que aún nos podremos entender», cantaba con ripio facilón Camilo Sesto en los años setenta. Hoy vemos ... que en el mundo de la política las posibilidades de jugar con la mentira y el engaño son infinitas. No en vano recordaba el poeta zamorano León Felipe que «la cuna del hombre la mecen los cuentos». En el campo de la literatura los engaños en la ficción son desencadenantes de conflictos o pretextos para explorar el humor, la ironía, los equívocos o las fragilidades humanas. Mario Vargas Llosa defendía que la literatura es el arte de saber mentir para decir la verdad. Pero lo que en literatura es arte, en política se transforma en herramienta para controlar el poder, robar, sojuzgar y corromper. Y en ello estamos.
Estamos adormecidos a causa del inacabable desfile de cuentos, patrañas y falsedades con que nos obsequian tipejos que, en el buen uso de sus responsabilidades, deberían enarbolar la bandera de la honradez y la verdad. En vez de eso, nos hallamos en medio de un carajal de embustes y fraudes escenificados en las más altas instancias del poder judicial. Las declaraciones que ante el Tribunal Supremo vamos oyendo por parte de algunos de los comparecientes constituyen un buen ejemplo de deposiciones en el más estricto sentido escatológico del término. El cinismo y el surrealismo se dan la mano. La desvergüenza ajena se entremezcla con la vergüenza propia y las arcadas contenidas de quienes seguimos el desarrollo de ese espectáculo a medio camino entre ópera bufa, esperpento con fantoches, tarambanas y caras duras hormigonadas. Ante tal cúmulo de testimonios (verdaderos o ficticios) uno no puede por menos de preguntarse hasta dónde va a llegar la capacidad para encajar las sorpresas que aún quedan por aflorar desde el pupitre de los testigos obligados a comparecer en la ceremonia.
Visto lo visto, permítaseme acuñar un vocablo que bien podría identificar y acoger a un hipotético colectivo con ansias de poder en un nuevo escenario político-distópico: el partido de los «excrementalistas». No creo necesario entrar muy a fondo en lo que podría ser el ideario fundacional, los estatutos y el organigrama. Su lema en las campañas electorales vendría a consagrar algo así como: «Si te dijera la verdad, te mentiría». La mentira quedaría, pues, institucionalizada. Mentiras camufladas de verdades. La astucia de la zorra y la fuerza del león a la hora de manipular. Tras la mentira viene el fraude, nos recuerda la sabiduría popular. Y de fraudes sabemos mucho. Puede que el político mentiroso resulte atractivo, incluso fascinante si sabe desempeñar bien su papel. Pero la mentira nunca debe convertirse en fundamento básico ni en guía de la vida en sociedad. Por más tentadora y rentable que pudiera parecernos.
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