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Metástasis de la desconfianza

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23.02.2026

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Llegará un día en que esta fecha no despertará ningún recuerdo y apenas será un dato más en los libros de historia. Pero la misma ... historia sería muy distinta si lo que sucedió hoy mismo hace 45 años hubiera tenido otro desenlace. Ese día del olvido no parece quedar muy lejos. En 2021, un estudio realizado con jóvenes de entre 18 y 34 años revelaba que 7 de cada 10 ignoraba quién fue Antonio Tejero. Y el 60 por ciento era incapaz de explicar lo que sucedió en España ese día. Cinco años y millones de historias de TikTok después, cabe pensar que el velo sobre el pasado será cada vez más tupido.

Hoy vuelve a ser 23-F y a mi cabeza vuelven recuerdos de una tarde de radio y de una narración inquietante desde el Congreso con disparos e incertidumbre. De la visita de mi amigo Alfredo quien, aterrorizado, sopesaba escapar ya mismo al extranjero por temor a las represalias. De un mensaje televisado del rey que hacía presagiar el fin de la revuelta militar. Y de la voz de José María García, con su personal estilo, narrando a la mañana siguiente desde la radio del bar vecino a nuestro instituto la salida de las y los diputados por una ventana del Congreso. De todo lo que pasó dentro del edificio y de las tensiones que alimentaron aquella conspiración trató en su día el libro «Anatomía de un instante» de Javier Cercas, así como la serie homónima que anoche se estrenaba en la televisión pública. Un gran trabajo que recomiendo a quienes no lo vivieron para conocer qué pasó entonces y cómo de frágil es la democracia que disfrutamos –sí, disfrutamos- cuando sus protagonistas rompen las reglas de la convivencia y renuncian a querer entenderse.

Entonces era fácil identificar a los culpables: una cúpula del ejército que no asimilaba la apertura en la que se había embarcado el país y, sobre todo, unos terroristas que asesinaban indiscriminadamente para sembrar el caos en su beneficio. La situación de hoy no se parece en nada a aquella, pero a mí personalmente me parece casi más preocupante. La renuncia a entenderse ha arraigado por todas partes como una maldita metástasis y se ha extendido de izquierda a derecha componiendo una panorámica de la desconfianza, dentro y fuera de los partidos políticos. Sumar, IU y el resto de la alianza no se fían de Rufián y su llamamiento a la unidad. Vox no quiere compartir presencia en un acto «con un Gobierno corrupto. El escritor David Uclés se niega a participar en un debate donde está José María Aznar. El ministro Óscar Puente bloquea en las redes a quien le lleve la contraria. Los debates parlamentarios no son tales, sino un toma y daca de arengas y palos al otro en busca del aplauso fácil de unos diputados reducidos a palmeros de mitin. Y este show se traslada a las tertulias de televisión: No es que el diálogo fracase: es que ya ni se intenta.

¿Qué está fallando para que se aplauda más la agresividad frente al contrincante que la capacidad de armar una propuesta constructiva? Me atrevo a apuntar un motivo: la fragilidad intelectual. Estas ideologías encajadas en nichos no soportan un debate medio serio. Si nuestros políticos son incapaces de confrontar ideas, que es su obligación, y prefieren sacar su lengua viperina para buscar titulares, están fracasando en el cometido para el que les elegimos. Es así.

Hace 45 años, seis mil salmantinos se echaron en la calle «Por la libertad, la democracia y la Constitución». Tras la pancarta, los principales partidos de todo el arco parlamentario, desde Alianza Popular hasta el Partido Comunista, iban unidos contra el enemigo común: los que querían romper las reglas del juego. Recomiendo volver la mirada sobre aquella pancarta y mirarnos un rato al espejo.

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