El navajazo en la disco
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CompartirEsta semana me han hecho reflexionar dos momentos que seguí por televisión, cada uno de ellos importantes en su ámbito y escala. Aparentemente no tendrían ... relación, pero cada vez estoy menos seguro de esto. El primero es el más cercano. Yo intenté engancharme a la campaña electoral de las autonómicas, lo aseguro. Me senté con verdadero interés a ver el debate en TVE con la idea de escuchar las propuestas de los candidatos y de analizar su lenguaje no verbal, sus actitudes en el cuerpo a cuerpo dialéctico, su juego de piernas y de cintura en el cambio de golpes. Me esforcé, en serio. Busqué repercusiones en las redes sociales, pero me costó bastante dar con alguna: los realities de turno interesaban bastante más. Y luego ya me perdí en otras cosas, como suele suceder cuando una peli o una serie no te enganchan. Lo que vi mientras pude mantener la atención es a tres señores representando escrupulosamente su papel. El favorito, esforzándose por mantener una sonrisa a cámara que pretendía infundir una tranquilidad y seguridad que no estoy seguro de que tenga. A ambos lados, los aspirantes novatos en estas lides instalados en una actitud de descontento y reproche, rollo oposición crítica, que si bien era de esperar, apenas lograron impactar en el candidato a renovar la presidencia. Después llegaron las menciones a los comodines nacionales -Sánchez, la corrupción, la inmigración- y ahí terminé de desconectar.
La otra imagen llegó desde algo más lejos, concretamente desde el Despacho Oval de la Casa Blanca en Washington. Ese mismo jueves y con pocas horas de diferencia, un grupo de pastores cristianos y líderes religiosos se reunía en el Despacho de la Casa Blanca para rezar por el presidente estadounidense, Donald Trump. Religión y estado, confundidos como en siglos atrás. Transcribo parte de la oración: «Padre, solo te pedimos que sigas dando a nuestro presidente la fuerza que necesita para liderar nuestra gran nación mientras volvemos a ser una nación bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos». La imagen era impactante: varios de los pastores posaban sus manos sobre el presidente, haciendo como que trasmitían la gracia divina llegada directamente desde el cielo para iluminar al líder. Me vino la imagen de un pararrayos, podría ser un buen ejemplo ilustrativo. Mientras tanto, el boss cerraba los ojos como sintiendo más intensamente la llegada de esa fuerza de lo alto.
Al otro lado del mundo. Estados Unidos e Israel atacaban a bombazos a Irán para acabar con un régimen teocrático sometido al extremismo religioso -ojo aquí- y con la justificación de que «ellos nos iban a atacar primero». De nuevo el truco del ataque preventivo, el mismo que se empleó hace 22 años para acabar con Sadam Hussein y su régimen tiránico en Irak. El ataque preventivo que han practicado Trump ahora y Bush entonces equivaldría al navajazo que asesta un broncas en la puerta de la disco porque «me ha mirado mal».
Esto es lo que hay. El teleñeco naranja volvió hace un año al poder con un mensaje no intervencionista y en trece meses, tal vez enrabietado por no haber recibido el Nobel de la Paz, le ha cogido el gusto a erradicar enemigos políticos: primero fue Venezuela, ahora es Irán y Cuba espera su turno. Todo bajo el amparo divino y el loable propósito de llevar la democracia a esas gentes. Nada de geopolítica o de petróleo, por supuesto.
No sé como lo verán ustedes, pero esto no pinta bien. Siento como que mi futuro en último extremo no estará en manos de Mañueco, Sánchez y Feijóo o Von der Leyen. Si las leyes que hemos articulado para convivir en paz y justicia no sirven para contener los caprichos del tipo más poderoso de la Tierra, estamos bien jodidos, hablando mal y pronto.
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