Si perdemos otro tren...
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CompartirLos salmantinos ya sabemos las consecuencias de perder los trenes. Nadie nos puede engañar ni contar milongas. Los trenes que hemos perdido no han vuelto ... a pasar, por muchos trazados sobre mapas imaginarios que nos vendan.
El 1 de enero de 1985 dijimos adiós al último tren de la histórica línea de la Ruta de la Plata. Ese día dejaron de circular los trenes que vertebraban el Oeste de norte a sur, uniendo Gijón con Sevilla. La «falta de rentabilidad» fue el argumento utilizado por el Gobierno socialista de Felipe González para justificar el cierre definitivo de la vía, como si la solidaridad interregional tuviera que entender de rentabilidades económicas o como si no hubiera servicios que están en números rojos porque se valoran otras cosas por encima de los números.
El Estado tiene que estar ahí para compensar a unas regiones con otras, para ayudar al desarrollo de las que más lo necesitan y, sobre todo, para no condenar a los ciudadanos que viven en los territorios más pobres cuando pagan los mismos impuestos que los que habitan en los más ricos.
El cerrojazo acabó con un siglo de historia ferroviaria y relegó al oeste peninsular a la incomunicación y al subdesarrollo industrial.
La línea era deficitaria, seguramente, pero los gobiernos no habían hecho nada para hacerla rentable. La falta de inversiones la había convertido en una infraestructura nada competitiva. ¿Una estrategia meditada para dejar morir el ferrocarril? Nadie en su momento lo negó.
Los usuarios de la línea recuerdan que tardaban más de una hora y media de viaje entre Salamanca y Zamora, mientras que los que se desplazaban a diario —muchos— para trabajar, por ejemplo, en el hospital zamorano, afirman que apenas se tardaba una hora en autobús porque aún no estaba construida la autovía y un poco menos en coche particular. Con un poco de inversión en la vía y en las máquinas, muchos hubieran apostado por el ferrocarril en lugar del transporte por carretera, particular o público.
Algunos años después, la línea siguió funcionando con trenes de mercancías, pero solo suponía prolongar un poco más su agonía, porque donde no se invierte se va deteriorando hasta que termina muriendo. El cierre total de la línea se produjo a finales de los años ochenta, cuando el estado lamentable de la infraestructura obligó a suspender el transporte de mercancías.
Perdimos el tren Ruta de la Plata y, desde entonces, nos han hecho soñar con su reapertura. Nos han hecho creer que hay fondos europeos para una infraestructura millonaria, hemos visto líneas trazadas en mapas virtuales, pero lo cierto es que el Ministerio de Transportes tenía que haber hecho público el estudio de viabilidad y todavía estamos esperándolo.
Voluntad hay poca e interés, muchísimo menos. El Oeste nunca ha interesado porque no es rentable políticamente. Si acaso, cada cuatro años, alguien se acuerda de la España vaciada, que también existe, y entonces se constituyen comisiones, se aprueban leyes y alguien decide descentralizar organismos de esos que no sirven para nada. Pero nadie quiere entender que sin infraestructuras no hay vida.
La pandemia sirvió como excusa para suprimir el tren-hotel Lusitania (Madrid-Lisboa) y el Surexpreso (Irún-Lisboa), que tenían parada en Salamanca. Los trenes han vuelto a circular hasta la frontera portuguesa, pero ninguno de los dos volverá a pasar por Salamanca porque no son rentables.
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