Estafadores y timadores (3): Los diáconos turcos
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CompartirLos diáconos, naturales de Turquía, Elías Constantino y Simón Nicolás llegaron a España por mandato del obispo de la diócesis de Condestán, con objeto de ... recabar fondos para la construcción de una iglesia católica. Al ser detenidos, a finales de setiembre de 1906, les extrañó que su obispo u otro superior hubieran dado la orden para su detención y protestaron enérgicamente considerándose inocentes.
El gobernador civil ordena al comisario señor Visiers que levante atestado y haga inventario de los objetos que lleven consigo. Al comunicarles su traslado a la cárcel uno de ellos llorando pidió marchar inmediatamente a su país.
El inventario dice: 525 pesetas. Una estola blanca y morada, otra blanca, otra de raso encarnado y blanco, otra encarnada, una cinta de seda y raso con la inscripción «Glorie e Dios en por María», dos casullas, una blanca y otra encarnada, un roquete, tres bolsas de corporales y tres paños de cáliz, otra casulla y otra estola moradas, tres amitos, uno blanco, otro encarnado y otro morado, un saquito con varios trozos de cintas y flecos dorados, un cíngulo blanco, un yugo para casar, un libro de Elías en el que según las notas que allí constan ha recaudado 545 pesetas, otra idem. a Nicolás en que consta ha recaudado 1.265 pesetas. Dos pasaportes expedidos por el cónsul de Condestán, a nombre de dichos curas. Una autorización expedida por el obispo de Chillo a nombre del presbítero Jorge Michel y una orden para que pidan limosna en su país. Otra autorización expedida por el obispo de Condestán a nombre de Simón Nicolas. Varios escritos en su idioma y diferentes documentos de gobernadores, obispos y alcaldes, autorizándoles en sus respectivas provincias para pedir limosna.
El gobernador civil señor Larrondo ha recibido del Ministerio de la Gobernación el siguiente telegrama: «Mantenga V. S. detención de los supuestos sacerdotes falsos y sírvase remitir con urgencia fotografías y señas de los mismos a fin de comprobar si han cometido algún delito en España por el cual hayan de extinguir responsabilidad criminal o proceder, en otro caso a su expulsión del reino. Entre tanto se practican estas gestiones los apócrifos curas continuarán en la cárcel de la capital».
La víctima del timo fue Silvestre Hernández Rodrígez, de 43 años de edad, natural de Ledesma, industrial y vecino de Salamanca en la plaza del Peso número 26, con establecimiento de comidas. En el mes de febrero de 1934 se le presentó una persona que, saludándole con gran entusiasmo le manifestó conocerle por haber estado juntos en Cuba. Aunque no lo recordaba fue tal el cúmulo de detalles ciertos que le dijo, que se estableció una buena amistad entre ambos.
Días después llegó al establecimiento y cuando había pedido que le sirvieran un café, penetró una señora que, tomando asiento pidió lo mismo, al tiempo que solicitaba del dueño el cambio de una moneda de oro, que le mostró. Silvestre le manifestó no poder hacerlo por encontrarse sirviendo a la parroquia. Ante ello, el desconocido se brindó a hacerlo en el Banco a lo que la mujer accedió. A su regreso el individuo dijo que le habían dado más dinero del que ella decía valer la moneda, en presencia de Silvestre.
Aprovechando la buena disposición del amigo de Silvestre le hizo la proposición de darle «21 docenas» de monedas de oro iguales a la cambiada, pues ella no podía detenerse a hacer el cambio y necesitaba el dinero con urgencia. Los dos hombres se miraron en señal de inteligencia y acordaron que Silvestre entregara el dinero, repartiéndose luego las ganancias. El dueño salió rápidamente a la Caja de Ahorros, de donde sacó 1.500 pesetas que entregó a su amigo, encargándole ajustase cuentas con la mujer y quedándose él con el «bote», en el que se encontraban las «21 docenas» de monedas de oro.
Como la mujer tenía prisa, el individuo se ofreció a acompañarla, quedando en regresar rápidamente al establecimiento. Como la vuelta se retrasara más de la cuenta, Silvestre tuvo el presentimiento de haber sido víctima de un timo y abriendo el «bote» se lo encontró lleno de… perdigones.
Como final fue a contar sus cuitas al agente de policía de guardia en la Comisaría de la Plaza de Colón.
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