Una huelga del pueblo
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CompartirHacer huelga no es fácil. Supone un desgaste psicológico y económico que no todo el mundo puede sostener. Hay huelgas —dependiendo de la profesión— que ... desgastan a todo el mundo, o a casi todos menos a uno. La de los médicos es de esas en las que salen perdiendo los huelguistas, los usuarios, los que la ven desde la barrera y sale prácticamente indemne, precisamente, quien tiene en su mano resolverla: la ministra Mónica García.
Uno por uno. El paciente llega al hospital con su cita, su ayuno si toca, su acompañante y, en muchos casos, sus kilómetros a la espalda. Y se vuelve a casa con la operación suspendida, la consulta anulada o la prueba aplazada sine die. Se va enfadado, preocupado —porque se supone que está enfermo y algo habrá detrás de esa cita— y, los que vienen de lejos, con los euros del viaje menos en el bolsillo. Nos contaba esta semana un vecino de Montemayor del Río que entre taxis, autobús y desayuno su 'no consulta' le había costado casi 100 euros. Y nadie le devuelve el miedo de quien no sabe si lo que le han encontrado puede o no puede esperar.
El médico en huelga tampoco sale indemne. Cada jornada de paro es un mordisco al sueldo base, a las pagas extraordinarias, a los complementos... Dicen que un médico con cierto grado de carrera profesional puede perder hasta 400 euros por un solo día de huelga. Echen cuentas que llevamos huelgas en marzo, febrero, diciembre, junio...
Pero hay algo peor que lo económico: el médico no deja de ser médico aunque cruce el piquete. Carga con la conciencia del paciente que no ha atendido, aunque la responsabilidad de esa situación no sea directamente suya sino de quien lleva meses sin sentarse a negociar en serio.
Y luego están las administraciones. En un hospital como el de Salamanca, que llevaba dos años arañando mes a mes cincuenta, cien pacientes menos en lista de espera —una mejora lenta, trabajosa, casi artesanal—, un solo trimestre de huelga abre un boquete de cientos de cirugías pendientes y miles de consultas suspendidas. Eso no se recupera por vías ordinarias. No hay forma de compensarlo. La estadística, que tardó años en mejorar, tarda un suspiro en derrumbarse. Habrá que pagar peonadas, pagar derivaciones a la privada —que serán criticadas por quienes propician la huelga— y gastar mucho dinero.
¿Y Mónica García? La ministra dice en sus corrillos que la huelga no tiene importancia. Ante los micrófonos suelta que los médicos paran por intereses políticos, como si de repente todos los facultativos del país se hubieran vuelto de derechas. Mientras tanto, sabe perfectamente que cuando llegue el momento de rendir cuentas sobre las listas de espera del Sistema Nacional de Salud, el titular ya estará escrito y regalado: las comunidades autónomas del PP gestionan fatal la sanidad. Ella habrá ganado el relato sin mover un bisturí.
Entonces, ¿cómo se le hace pupa a quien sabe pescar en río revuelto? Quizás la única manera —o de las únicas— es que sean los propios pacientes y usuarios quienes se pongan detrás de la pancarta junto a los médicos. Una movilización ciudadana y sanitaria, espontánea, que bien podría llamarse, no sé, se me ocurre, 'marea blanca'. ¡Curioso! Como lo eran aquellas concentraciones de Castilla y León antes de que empezaran a convocarse justo antes de unas elecciones autonómicas vete tú a saber con qué intención, o cuando no estaban llenas de representantes de partidos políticos y de trabajadores de las categorías profesionales que menos tienen que ver con lo puramente sanitario.
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