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El jardín invisible

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15.03.2026

Público antes de un concierto en el auditorio de Castrelos, en Vigo. / Alexia M. Brunet

La música es poderosa y funciona sobre nuestro ánimo como un latido invisible. La melancólica nos acuna en los fracasos amorosos, los lutos y las despedidas; la de ritmo endiablado, nos sacude y nos recuerda el privilegio de saber que estamos vivos. En las guerras de antaño, la vibración de los tambores infundía valor a los soldados, como si se hubiesen vuelto inmortales al caminar al ritmo que marcaban los músicos. Yo misma utilizo diversas melodías como catalizador mientras escribo, y por eso me encanta que en Vigo, mi ciudad, se vayan confirmando actuaciones para este verano. Dice la prensa que el presupuesto inicial para «Vigo en festas» se ha incrementado en 1,2 millones de euros, por lo que la partida presupuestaria total asciende a casi cinco millones. Cinco. Al parecer, y con una lógica inflacionaria básica, la inversión es necesaria porque los costes de contratación artística se han incrementado. No lo dudo. Lo único que me choca de esta alegría festivalera es el reiterado anuncio de que todos estos conciertos vayan a ser gratuitos, porque como ven podrán ser muchas cosas, pero la palabra gratis no los define. Me parece maravilloso que, al listado de artistas de moda, añadan la coral habitual y una zarzuela, pero hasta donde yo sé lo que se paga con los impuestos de los vigueses solo será gratuito para los que no estén empadronados aquí. Porque esos cinco millones dedicados a la felicidad musical y festividades variadas no digo yo que estén mal invertidos, pero en esta casa lo que se pone en un plato se quita de otro. Las inversiones en instalaciones deportivas municipales siguen siendo prácticamente invisibles –les invito a que paseen ante las infraestructuras de tenis de Samil, por ejemplo, cuyas verjas amenazan con caerse y cuyas paredes descorchadas están llenas de humedad–, por no hablar de la jardinería selectiva en la ciudad, donde parece que solo los puntos turísticos merecen un jardín que no sea invisible.

Ya sé, soy como ese demonio inventado por los alemanes, Mefistófeles, que aplicaba la racionalidad y la lógica a todo, pero no dejaba de ser un gruñón y la viva imagen del mal. Disculpen, pues, mi actitud mefistofélica, pero es que acabo de recordar la cantidad que el Concello invirtió el año pasado en la Feria del Libro de Vigo, y que ascendió a quince mil euros. Quince mil. No tengo muy clara la inversión, porque les aseguro que he estado en esas casetas muchas veces: siempre son las mismas y parecen contenedores de obra: un lugar helado si refresca y un horno si sale el sol, por no hablar de su estética, que dan ganas no de comprar libros, sino de traerse un equipo de bricolaje para darle un poco de calidez a las cuatro casetas de turno.

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Sabemos que no se puede tener todo y que vivimos en una ciudad azul y maravillosa, aunque haya jardines invisibles que solo podemos imaginar, pero que no nos cuenten que la felicidad es gratis. Ahora, que en Castrelos los magnolios están en flor, podremos pasear bajo sus colores y aromas y soñar con el verano, cuando la música del anfiteatro nos haga olvidar cualquier actitud mefistofélica y nos creamos que la magia de la noche siempre ha estado ahí, sin que costase nada.

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