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La memoria, esa potencia del alma

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14.03.2026

Según la filosofía escolástica, las potencias del alma son tres: memoria, inteligencia y voluntad. Esta formulación tuvo fiel reflejo en el Diccionario de autoridades donde se recogía como acepción primera del término ‘memoria’ la de ser una de aquellas tres potencias. En el actual diccionario de la RAE, con mejor criterio, desciende ya a la octava acepción y con referencia específica a su origen y marco conceptual e histórico: «En la filosofía escolástica, una de las potencias del alma».

La cuestión está llena de matices y recovecos si se tienen en cuenta, por ejemplo, los estudios acerca de las ideas de San Juan de la Cruz sobre el tema; por de pronto, distinguía el poeta místico entre alma y espíritu, y hacía de la memoria potencia del alma, que no del espíritu, lo que no deja de ser una muy sutil distinción. De la memoria dice el carmelita algo que sí me parece acertado: la memoria es la facultad que posibilita el funcionamiento del hombre como ser histórico o temporal.

Pero dejemos el terreno de la filosofía y de la mística. Lo que quiero señalar es que, en el enunciado escolástico, la memoria aparece individualizada como potencia propia y distinta de la inteligencia, separada de ella. ¿Es así? Aun siendo funciones cognitivas diferentes, entiendo que es inevitable la relación entre ellas, pero ¿hay alguna correlación proporcional? Quiero decir, ¿se puede afirmar que a mayor inteligencia mejor memoria? ¿Es una buena memoria signo de inteligencia notable? Por de pronto, la experiencia conduce a negar este tipo de correspondencia. Conozco personas inteligentes que son flacas de memoria; inversamente, tengo identificados a varios centollos intelectuales, necios de toda necedad, que gozan de buena memoria. Este conocimiento empírico, es decir, la no equivalencia entre ambas, está avalado por la psicología. Ahora bien, lo que se ha puesto de relieve en nuestros días, en contra de lo que venía suponiéndose, es que la memoria no es una facultad unitaria o indivisible de la mente, sino que está compuesta por una diversidad de mecanismos y procesos diversos y diferenciados. Todo un mecanismo complejo cuyo estudio es ciertamente apasionante y lleno de sorpresas.

Se me ocurre pensar que de las tres potencias dichas es preeminente la inteligencia, pues las otras dos se me antojan potencias instrumentales que a aquella sirven. La memoria es una base de datos de que la inteligencia se nutre en su quehacer creativo y aplicativo o resolutivo de problemas. Cuantos más datos atesore la memoria, de mayores recursos dispondrá la inteligencia. Por su parte, la inteligencia sin voluntad será poco productiva; solo la puesta en ejercicio de la segunda permitirá el florecimiento y logros de la primera. Pero no dejo de advertir la descomunal importancia de la memoria; nos es absolutamente imprescindible para vivir; todo cuanto acto cotidiano llevamos a cabo (abrir una puerta, ponernos un abrigo, conducir un coche, escribir, etc.) es el producto de un aprendizaje previo que hemos memorizado. Y no digamos ya las consecuencias trágicas de la pérdida total de memoria, ese desgarrador vaciado del yo, que es el total desvanecimiento de la propia historia.

En cualquier caso, la experiencia cotidiana permite comprobar la supremacía de la inteligencia en la estima y consideración social. A nadie le importa confesar o reconocer la debilidad de su memoria. Perdona, ando fatal de memoria, nos dice nuestro interlocutor sin recato y sin rubor, no padece por tal reconocimiento porque sabe que por esa carencia confesada no desmerece a nuestros ojos. Nunca le oiremos decir: disculpa, no capto bien lo que me dices, ando escaso de inteligencia, la verdad, no soy muy espabilado.

Pero si a nadie agrada reconocerse lerdo, tampoco nos gusta que se dirijan a nosotros como si efectivamente lo fuésemos; por eso no soporto al interlocutor que nos habla desde la presunción de nuestra cortedad; me refiero a quienes, en su perorata, inquieren continua e impertinentemente: ¿me sigues? Y ello, aunque el discurso sea elemental y diáfano, perfectamente inteligible y hasta simple. Pero, insensible y descortés, vuelve una y otra vez al dichoso ¿me sigues? ¡Desesperante! ¡Insufrible!

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