La geometría del VAR
No hay nada como jugar en Europa para echar de menos las cosas de la Liga. Es como los que salen de vacaciones al extranjero y a los pocas horas ponen un mensaje al cuñado añorando las cañas que le sirven en el bar de siempre. Pues lo mismo pero con las líneas del VAR. Tiene toda la pinta de que Ceferin, con esa cara de malo de película de 007, ha comprado la versión básica del famoso “semiautomático” que en realidad debe esconder a cuatro funcionarios de la UEFA tirando líneas desde una oficina con un Paint falto de actualizaciones y pasándose a Pitágoras por el forro. Solo así se explica ese intervalo de cinco minutos en el que Jutglá se quedó sin su gol y se dio por bueno el del PAOK basándose en una imagen sin apenas definición donde solo se podía ver una línea azul. Creértelo obliga a un notable acto de fe. Es una chapuza impropia de una competición seria como ésta. Con la entrada de la tecnología hemos aceptado, con dificultad, que el destino del fútbol se decida en ocasiones por una oreja, por la punta caprichosa de la bota, porque la nariz de tu delantero es más grande de la debido…pero mejor eso que lanzar una moneda al aire para ver a quién sonríe el destino. Y en Europa -el sistema español parece más riguroso- han implantado esta versión del bingo.
La geometría arbitral mantiene entera la eliminatoria y da una vida extra al PAOK. Cuidado con esos giros extraños de guion, tan habituales en las series como en los deportes. Quien ya estaba muerto y logró a última hora la suspensión de su funeral solo puede ir a mejor. Eso pueden pensar a esta hora los griegos que se pasaron el partido bailando la música que tocaba Miguel Román, capaz de mutar por momentos en un “fantasista”, y persiguiendo a un señor de 38 años que aún corre y se comporta con el convencimiento y el entusiasmo de quien cree que el fútbol le tiene guardada otra sorpresa a las puertas de la jubilación. Ayer superó al ferrolano Juan Vázquez como el goleador más veterano de la historia de este club. El récord, uno de tantos que parecían inaccesibles para las nuevas generaciones, databa de 1951, cuando el fútbol era otro, el Celta era un jovenzuelo que aún no había llegado a la treintena y las competiciones europeas ni tan siquiera existían. Tal es la grandeza de la aventura que Iago protagoniza y cuyo final nadie necesita.
La victoria en Salónica, la tierra que muchos conocimos gracias a Nikos Galis, por encima de todo hace justicia a un Celta al que le cuesta poner de acuerdo resultados y juego. En este último mes sin victorias ha hecho más méritos que en aquel tramo en el que los partidos caían de su lado casi por pura inercia. Al fútbol a veces no hay que buscarle explicación. Lo importante es no perder la senda, la que tarde o temprano te devuelve a los brazos de la victoria.
