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Energía solar, el gran valor estratégico de España

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29.03.2026

Placas solares. / FDV

China ha logrado transformar un desierto casi por accidente. Todo empezó con la construcción de un gran parque solar, que en principio parecía traer ciertos inconvenientes. Sin embargo, con el tiempo, se convirtió en una historia fascinante: además de generar electricidad para millones de hogares, el proyecto impulsó la biodiversidad y dinamizó la economía local.

En la remota región de Qinghai, en el noroeste de China, una zona árida, con lluvias escasas y un suelo muy degradado, la desertificación avanzaba año tras año mientras la vida retrocedía. Pero la instalación de paneles solares ha cambiado la situación de forma inesperada. Por un lado, la velocidad del viento se redujo a la mitad, lo que disminuyó notablemente la erosión. Por otro, los paneles proporcionaron sombra, protegiendo el suelo de la radiación directa y reduciendo la evaporación en torno a un 30%. Además, estas estructuras se enfrían durante la noche, favoreciendo la condensación del rocío que, cada mañana, aporta humedad al terreno, como si fuera un riego natural por goteo. Gracias a ello, el suelo bajo los paneles retiene aproximadamente un 20% más de humedad que el resto. Como resultado y de forma casi mágica, en un lugar antes dominado por arena estéril, la vegetación comenzó a reaparecer con fuerza. De hecho, surgió un nuevo desafío, un maravilloso problema: el exceso de hierba. Desbrozar a mano toda aquella superficie era inviable y el uso de herbicidas resultaba costoso y poco sostenible. Así que optaron por una solución diferente: introducir rebaños de ovejas. Y esa decisión tuvo un resultado extraordinario. Hoy en día, unas 20.000 ovejas pastan de forma continua en el parque solar. No solo controlan la vegetación, sino que también fertilizan el suelo, dispersan semillas y se benefician de la sombra de los paneles. Además, esta actividad ha generado ingresos adicionales para cientos de familias de las aldeas cercanas, sumándose a los empleos ya creados por la planta. Y el impacto final va más allá: el microclima y el ecosistema de la región están cambiando. Han regresado insectos, aves y pequeños mamíferos, se favorece la recarga de acuíferos y se frena la desertificación. Este caso demuestra que un parque solar no tiene por qué ser un espacio sin vida; bien gestionado, puede convertirse en todo lo contrario: un motor de regeneración ambiental y desarrollo económico.

El fenómeno no es anecdótico. Estudios científicos han confirmado que estas instalaciones pueden alterar de forma significativa las condiciones ambientales en zonas áridas. Una investigación publicada en la revista Environmental Science and Pollution Research demostró que los paneles fotovoltaicos modifican la temperatura y la humedad del suelo, generando condiciones más favorables para la vida vegetal. Al reducir la radiación solar directa, disminuye la evaporación y se conserva mejor el agua disponible. Desde un punto de vista técnico, esto implica un cambio en el balance energético del sistema suelo-atmósfera: menos energía absorbida por el terreno significa menos pérdida de humedad. A escala local, esto crea microclimas. A escala regional, puede cambiar el paisaje. El impacto no solo se percibe a ras de suelo. También puede observarse desde el espacio. Un estudio publicado en el Journal of Environmental Management analizó mediante satélite doce grandes desiertos en China con instalaciones solares. Los resultados mostraron un aumento medible de la vegetación: más de 30,80 kilómetros cuadrados de superficie reverdecida. Este proceso, conocido como greening, indica que zonas previamente degradadas están recuperando cobertura vegetal. Se trata de un sistema de retroalimentación positiva: pequeñas mejoras iniciales desencadenan cambios mayores a lo largo del tiempo. Pero no todas las zonas áridas reaccionan igual. Los científicos advierten que estos resultados dependen de múltiples factores, como el tipo de suelo o las condiciones climáticas. La clave está en integrar criterios ecológicos en el diseño del parque solar desde el inicio para maximizar los beneficios y reducir los riesgos. En otras palabras: no se trata solo de instalar paneles, sino de entender cómo interactúan con el entorno.

El caso de China plantea una pregunta inevitable: ¿podría ocurrir lo mismo en España?

La respuesta, según muchos expertos, es sí. España es uno de los países europeos más expuestos a la desertificación. Aproximadamente el 75% del territorio presenta condiciones áridas, semiáridas o subhúmedas secas, y cerca del 40% está en proceso directo de degradación. Al mismo tiempo, España cuenta con uno de los mayores potenciales solares de Europa. De hecho, recientemente se ha alcanzado el hito de los 50 GW de potencia fotovoltaica instalada, que cubre ya el 22% de la demanda de energía nacional. Además, en un contexto global de incertidumbre energética, las renovables ofrecen estabilidad: su coste de producción, una vez instaladas, es prácticamente nulo.

Pero ¿por qué deberíamos considerar la industria fotovoltaica como algo estratégico para nuestro país?

Las razones son múltiples y todas ellas de enorme peso. Se trata de una industria exportadora neta, que además evita tener que importar combustibles fósiles, que son los mayores causantes del cambio climático: producen más del 75 % de los gases de efecto invernadero y el 90 % del CO₂. El año pasado, solo la energía fotovoltaica española, evitó la emisión de más de 18 millones de toneladas de CO₂, equivalente a retirar casi 9 millones de coches de la circulación. Con ello, se reduce la dependencia energética exterior y se fortalece la soberanía nacional. Es también una tecnología clave para reducir el precio de la electricidad, y una gran oportunidad de la España rural, para fijar población y generar oportunidades donde más se necesitan. Potencialmente aliada de la agricultura y la ganadería, solo necesita una cantidad de terreno ínfima para tener un peso relevante: sería posible cumplir con el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) previsto para 2030 con menos del 0,5% del total del terreno rural de uso agrícola.

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Durante mucho tiempo, la infraestructura energética se ha percibido como algo separado de la naturaleza, incluso en conflicto con ella. Pero ejemplos como el de Qinghai muestran que esta relación puede cambiar. La tecnología puede convertir problemas en oportunidades, y errores en descubrimientos. En un mundo donde la desertificación amenaza a millones de personas, este enfoque podría ser clave. Lo que está ocurriendo en China no es magia. Es física, biología e ingeniería trabajando juntas de formas inesperadas. Paneles solares que generan sombra. Suelos que retienen agua. Plantas que vuelven. Animales que pastan. Comunidades que prosperan. Todo ello en un lugar donde antes solo había arena. La lección es clara: la energía solar podría jugar un papel mucho más importante del que jamás imaginamos.

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