Por los caminos del Señor
Hola… Aquel día, un día cualquiera para los demás, para la gente en general, fue sin embargo un día especial para un hombre a quien la fortuna le había sido esquiva durante toda su vida. Para él, aquel día significó la salvación, un cambio profundo, no un cambio cualquiera. Si te digo que había nacido ciego y que toda su vida había vivido en la oscuridad, comprenderás que aquel día —que para todos parecía normal— para él fue un nuevo nacimiento, pero esta vez con la gracia de la vista. Me refiero al ciego de nacimiento que, en la ciudad de Jerusalén, se encontró un día con Jesús. Jesús le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?” y él respondió: “Si tú quieres, que pueda ver”. Entonces —como narra el Evangelio— Jesús tomó un poco de barro, puso saliva en él y, formando una masa pastosa, la colocó sobre los ojos de aquel hombre. Luego le dijo: “Ve ahora a la piscina de Siloé —que significa ‘el Enviado’—, lávate y habrás nacido de nuevo”. Así lo hizo el hombre, y así sucedió. Al salir de la piscina de Siloé, comenzó a ver: había recobrado la vista. El Evangelio de hoy, en el marco del tiempo de Cuaresma, nos acerca a un Jesús compasivo y misericordioso que, comprendiendo la necesidad de aquel hombre, recrea en él una nueva vida. El barro nos recuerda nuestra humanidad, porque todos hemos sido hechos del barro de la tierra; la saliva en el barro evoca el soplo divino; y la piscina de Siloé nos habla del Enviado de Dios, el Mesías. Aquel hombre renació de nuevo con el soplo divino que Jesús, el Mesías, le regaló. Al leer estas líneas en este domingo, podemos recordar también el camino que hemos ido recorriendo a lo largo de la Cuaresma. El primer domingo estuvimos en el desierto de Samaria, acompañando a Jesús en sus tres tentaciones. El segundo domingo nos desplazamos a Galilea para subir con Él al monte Tabor. El domingo pasado vivimos el encuentro de Jesús con la samaritana, cuando Él le dijo: “Dame de beber”. Ella, al inicio, se resistía por el conflicto entre judíos y samaritanos, pero finalmente fue ella quien terminó pidiendo a Cristo el agua de la vida. Hoy contemplamos el encuentro de Jesús con el ciego de nacimiento, y la próxima semana culminaremos este itinerario cuaresmal con la resurrección de Lázaro. Resulta significativo pensar que, a lo largo de la vida, muchos de nuestros actos pueden cegarnos la visión del futuro. Pero cuando nos encontramos con Cristo, ya no se trata solamente de recuperar la vista, sino de alcanzar la verdadera visión, es decir, darle un sentido nuevo y profundo a nuestro futuro. “... el hombre mira a los ojos, mas el Señor mira el corazón.” 1 Samuel 16 Gracias por llegar hasta aquí. Hasta la próxima semana. ¡Que Dios nos bendiga! Contáctanos en FB Padre Pablo Larrán y TikTok: @padrepablolarran
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