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«El que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed»

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Queridos hermanos, estamos ante el tercer domingo de Cuaresma. ¿Qué nos dice hoy la Palabra? La primera lectura, del libro del Éxodo, nos dice que el pueblo estaba sediento y murmuró contra Moisés. Y dijeron: “¿Por qué nos has sacado de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?” Es la primera murmuración del pueblo. Como tú y como yo, que estamos sedientos de felicidad y, cuando las cosas no salen como pensamos, protestamos contra Dios. Entonces Moisés preguntó al Señor: “¿Qué puedo hacer con este pueblo?” Y el Señor respondió a Moisés: “Toma el bastón con el que golpeaste el Nilo y marcha. Yo estaré allí, junto a la roca de Horeb. Golpea la roca y brotará agua.” Es interesante: exigimos a Dios que haga milagros. Cuántas veces pedimos a Dios que haga un milagro en nuestra vida; y, si no lo hace, dejamos de creer. No aceptamos el fracaso, el sufrimiento, la muerte o la frustración. Por eso dice la Escritura que tentaron al Señor. Respondemos con el salmo 94: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: no endurezcáis el corazón.” No endurecer el corazón como en Meribá. ¿Qué significa endurecer el corazón? Cerrarse, encapricharse, querer que Dios haga milagros según nuestra voluntad. Hoy, si escucháis su voz, no endurezcáis el corazón. El corazón se endurece muchas veces por el afán de dinero y de poder. Pero Él es nuestro Dios y nosotros somos su pueblo. La segunda lectura, de san Pablo a los Romanos, dice que hemos sido justificados por la fe y que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo. Ese Espíritu Santo nos da el poder de aceptar al otro, de aceptar incluso el fracaso como voluntad de Dios. Cuando estábamos sin fuerzas, Cristo murió por nosotros, por los impíos, por los pecadores, por ti y por por mí. El Evangelio es una gran buena noticia. Jesús llega a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino y sediento, se sentó junto al pozo. Era hacia el mediodía. En aquella cultura, quienes iban a buscar agua eran las mujeres, mientras los hombres trabajaban en el campo. Allí llega una mujer de Samaría a sacar agua y Jesús le dice: “Dame de beber.” Es decir: tengo sed de ti. Has sido creada para mí y no serás feliz hasta que descanses en mí. Los discípulos se habían ido a comprar comida, porque los judíos no se trataban con los samaritanos. Jesús le dice a la mujer: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le pedirías a Él y Él te daría agua viva.” La mujer responde: “¿Eres tú acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo?” Jesús le dice: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás. El agua que yo le daré se convertirá en una fuente que salta hasta la vida eterna.” La mujer le dice: “Señor, dame de esa agua.” Jesús le responde: “Ve, llama a tu marido.” Ella responde: “No tengo marido.” Jesús le dice: “Has dicho bien: no tengo marido. Has tenido cinco, y el que ahora tienes no es tu marido.” ¿Quién es esta mujer? Una mujer que ha tenido cinco maridos, una mujer que buscaba llenar su vacío afectivo. Jesús ilumina su vida. Ella dice: “Veo que eres un profeta.” Y pregunta: “¿Dónde hay que adorar a Dios?” Jesús responde: “Llega la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad.” Entonces la mujer dice: “Sé que va a venir el Mesías.” Y Jesús responde: “Yo soy, el que habla contigo.” En ese momento llegan los discípulos y se extrañan de que hable con aquella mujer. Ella deja el cántaro y corre al pueblo diciendo: “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿Será este el Mesías?” Mientras tanto, los discípulos le decían a Jesús: “Maestro, come.” Y Jesús responde: “Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis. Mi alimento es hacer la voluntad del Padre.” Hermanos, en medio del cansancio, del vacío y de la sed que tienes en tu vida, Dios quiere saciar tu corazón. Quiere darte paz en ese pozo profundo que es tu alma. Ese Jesús de Nazaret es el único que puede saciar tu ser y tu infelicidad. Aprovecha esta Cuaresma, entrégale tu vida. Que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre todos vosotros.

Mons. José Luis del Palacio Obispo E. del Callao

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