Luna y Acuña: Todos ganamos
En un país donde muchas cosas decepcionan, hay que aprender a reconocer las pequeñas pero enormes victorias. Sí, aunque suene extraño, en el Perú de hoy desaparecer del mapa político también es motivo de alegría por parte del electorado. Debido a que todavía no hay resultados definitivos, a esta hora el país sigue contando votos, proyectando escenarios y especulando sobre quiénes pasarán a la segunda vuelta. Nada está dicho. Pero incluso en medio de esa incertidumbre, hay un hecho político que ya marca un quiebre: dos de los principales operadores del pragmatismo más cínico han sido, al menos por ahora, borrados del tablero. César Acuña y José Luna. Dos nombres que durante años no representaron ideología, ni visión de país, ni liderazgo. Representaron algo mucho más simple, más peligroso y asqueroso, la política como negocio personal. Acuña gobernó durante una década. Tuvo poder, recursos, estructura. ¿Y qué hizo con todo eso? Destruir lo que, mal que bien, funcionaba en el país, negociar con quien fuera necesario y acomodarse con cada gobierno, como si el país fuese una franquicia más de su propiedad. Pasó por todos: el lagarto, el sombrero, Dina… y lo que viniera. Una “coherencia” admirable, si lo que se admira es la capacidad de no tener ninguna. Cara de jebe, les dicen a este tipo de personajes. Y con razón. Porque para sostener ese nivel de impunidad política se necesita algo más que cinismo: se necesita una desconexión absoluta con la vergüenza. Lo de José Luna no fue distinto. Fue, si cabe, más burdo. Sus listas no eran tales: eran compilaciones. Un catálogo político descarado, sin nada en común entre ellos, más que llegar al poder para hacer cada uno de las suyas. Si alguien duda, que revise quiénes las integraban. Por eso afirmo que esto sí es motivo de celebración. No porque el Perú haya encontrado finalmente el camino correcto, sino porque al menos ha empezado a castigar a quienes lo empujaron sistemáticamente hacia el fondo, hacia abajo. Pero cuidado. Porque la política peruana tiene una peligrosa vocación por la autodestrucción. Aquí nadie desaparece del todo: solo se esconde, se recicla y vuelve con otro nombre, otro logo y el mismo propósito podrido. Y mientras unos salen, otros entran. Nuevos rostros, nuevas promesas, nuevas bancadas. Y con ellas, una responsabilidad que no admite excusas: adecentar la política y trabajar, de una vez por todas, para mejorar la calidad de vida de los peruanos (seguridad, salud, educación, pensiones justas). Ese es el verdadero mandato. Porque si dentro de cinco años vemos regresar a los mismos personajes, a Acuña, a Luna o a cualquier otro reciclado de ese mismo molde, no será por arte de magia. Será porque quienes hoy han sido elegidos no hicieron su trabajo. Así de simple. Así de duro. El Perú no necesita más operadores. No necesita más partidos convertidos en empresas familiares. No necesita más cinismo disfrazado de pragmatismo. Necesita decencia, necesita resultados, necesita políticos que entiendan que el poder no es un negocio, es una responsabilidad. Así que sí, hoy se celebra. Pero también se advierte. Porque lo que viene no es una oportunidad cualquiera: es la definitiva. No hay margen para fallar. Si fallan, los que regresen no serán el problema. Serán la consecuencia. Por lo demás, disfrutemos la celebración. ¡Viva el Perú!
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