La importancia de valorar la ciencia del derecho
Hoy los hombres y mujeres del Derecho, miembros del histórico Ilustre Colegio de Abogados de Lima – CAL -fue fundado el 31 de julio de 1804-, somos casi 104,000 inscritos y de este número de agremiados, unos 53,000, nos encontramos en la condición de colegiados hábiles, debemos ejercer nuestro derecho de voto para elegir al nuevo decano, por lo que, nos dispondremos a participar en una jornada gremial democrática. Quisiera valerme de este contexto para recordar a mis colegas, a los que están por serlo, y a los estudiantes de derecho de Lima y de todo el país, sobre la importancia del derecho como ciencia, pues esto último es lo primero que es: una ciencia. El derecho tiene un campo de estudio propio que son las conductas humanas reguladas por la norma jurídica. Hay otras conductas humanas estudiadas por otras ciencias como la psicología, la psiquiatría o hasta por la propia religión que, sin ser una ciencia o disciplina, también se ocupa de las conductas humanas en su relación con Dios o el nombre que le quisiéramos poner al ser superior respecto del cual el hombre se dispone en actitud de fe y de subordinación. Las conductas que interesan al derecho, entonces, son las se encuentran en el marco de su regulación por las normas jurídicas, pues las reglas de trato social o las normas religiosas que también efectúan valoraciones sobre el ser humano, estas dos últimas son completamente irrelevantes para el derecho. Una conducta humana valorada por el derecho en forma positiva (asentimiento y beneplácito, como una resolución del Estado peruano de reconocimiento a quien haya tenido una trayectoria descollante en la vida nacional, hasta concediéndosele una condecoración) o negativa o de repudio por la comisión de un delito, al colisionar con lo preceptuado en el Código Penal, que es por antonomasia preventivo y solamente sancionador cuando se cruza el umbral entre la advertencia y la ejecución de actos expresamente prohibidos o reprobados por la norma positiva y, por tanto, también expresamente castigados por la propia ley -es lo que podría derivarse de las investigaciones por la muerte de la campeona nacional, Lizeth Marzano-, es lo que todo abogado o en general, todo hombre del derecho, debe examinar bajo el rigor de la ciencia, efectuando un trabajo dominantemente hermenéutico y con prolijidad en el uso de técnica jurídica, siempre lo más alejado posible del empirismo y el sesgo, que suelen terminar arrinconando a muchos letrados o a muchos que pronto lo serán, porque leen poco, muy poco o nada, creyendo que su juicio de valor está fundado en la ciencia del derecho, cuando más bien se ha vuelto esclavo de los prejuicios, de la imaginación, y hasta adicto a la inteligencia artificial. Los abogados y los que lo serán, cada vez leen menos y eso lo vemos en las clases, y es lo que más me preocupa, pues allí está la génesis de todos los males que vemos en la administración de justicia, la asesoría jurídica o la investigación del derecho. Recordemos hoy a Eduardo J. Couture: “El derecho se transforma constantemente. Si no sigues sus pasos, serás cada día un poco menos abogado” (El Decálogo del Abogado).
(*) Excanciller del Perú e Internacionalista
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