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Trastorno dependiente de personalidad

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26.03.2026

Caracterizado por la excesiva dependencia de otras personas para tomar decisiones más o menos importantes en su vida, gran temor al abandono, sentimientos de impotencia e incompetencia, aceptación pasiva de los deseos de los demás e incapacidad para afrontar las demandas de la vida cotidiana. La ausencia de iniciativa puede estar presente en la esfera emocional o intelectual, con tendencia a delegar responsabilidades en otras personas. Las personalidades de estas personas son frágiles, débiles, con tendencia a ser manipuladas y a aceptarlo. La infancia se caracteriza por la sumisión ante los padres y hermanos mayores. Nunca se quejan de nada, son inhibidos y, a pesar de que no les gustan algunas cosas, las aceptan. Participan poco con los amigos del barrio; por lo general, los cogen de punto. Esta situación se hace extensiva en la escuela. Hay alumnos dependientes que no son muy inteligentes por su falta de iniciativa; otros, inteligentes pero introvertidos, se dedican a estudiar y sacan buenas notas. La motricidad gruesa y fina es lenta; por lo general, hacen poca actividad física. Suelen tener pocos amigos, son desconfiados y necesitan mucha ayuda psicológica. Al entrar a la adolescencia, ese apoyo los va a ayudar muchísimo a sentirse más confiados, pero puede suceder lo contrario: se cierran en sí mismos, con tendencia a la masturbación, que es natural, aunque también existe el riesgo de volverse dependientes. Hay que comunicarse con ellos con mucho tino para que los consejos sean bien recibidos. Al despertar el interés por la persona del sexo opuesto, algunas veces puede suceder que no se manifieste por el riesgo de ser rechazado; empero, a veces se crea una empatía estando juntos en la edad escolar de la secundaria. Uno de los problemas de estas personalidades es el “complejo de inferioridad” frente a sí mismos y en relación con los demás. Están bloqueados emocionalmente; sienten en su interior que no son capaces de establecer buenos vínculos, manifestándose no solamente en la parte emocional, sino también intelectual. Las emociones y la razón están comprometidas. Hay que desbloquear esas percepciones que no les hacen nada bien a los pacientes, corriendo el riesgo de que se instalen sentimientos de ansiedad, angustia e incluso depresión, que pueden desencadenar en un suicidio. Los sentimientos que se instalan para tomar una decisión de esta naturaleza son: “no vale la pena vivir”, “no se sienten queridos ni admirados por nadie”, y le pierden el sentido a la existencia humana. Esto es lo que debemos evitar. La tasa de suicidios de adolescentes se ha incrementado enormemente. Lo malo es que en el hogar y en la escuela no se toman las medidas necesarias. El psicólogo cumple con su trabajo, pero no profundiza en el problema ni cita a la familia para no herir susceptibilidades. Son tonterías: cuando está en juego una vida humana, hay que afrontarlo dando prioridad al ser humano. Cuando son jóvenes, estas personas poseen una incapacidad para tomar decisiones de la vida cotidiana, como trabajar. Prefieren hacerlo con la familia en el negocio antes que ser independientes. Para establecer una relación de pareja, solicitan la aprobación de los padres; caso contrario, no aceptan la relación. Con esa forma de percibir las relaciones, nunca van a ser felices porque dependen de otras personas. Nunca hay que compararlas con otras personas. Cada uno es como es y hay que aceptarlo así. Necesitan ayuda; es un proceso de maduración para lograr la independencia y alcanzar la felicidad.

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