Un país gobernado por nadie
Lo más probable es que la mayoría de los peruanos no recuerde quién nos gobierna en este preciso momento. ¡Ni aquel que nos gobierna recuerde que está al mando del país!, como sucede con el tal Balcázar. No porque la sociedad sea desinteresada o apática, sino porque el propio país ha sido sometido, durante casi una década, a un carrusel de mandatarios que entran y salen a tal velocidad que la memoria colectiva no distingue rostros, nombres ni episodios. Es el síntoma más evidente de una crisis sociopolítica sin parangón. No es exagerado decir que quien ocupa hoy el sillón presidencial tampoco tiene plena conciencia de lo que está haciendo. ¡Ni dónde está parado! En parte por incapacidad personal; pero también porque, progresivamente, nuestro país se ha ido convirtiendo en un territorio ingobernable, donde cualquier jefe de Estado está cercado por intereses que le condenan a sobrevivir sin proyectos ni horizontes. Recordemos que desde el año 2016 hasta hoy —en julio se cumplirá una década— Perú ha tenido a ocho personas distintas al mando del país. ¡Ocho en diez años! Ninguna democracia soporta tamaña rotación sin pagar un precio devastador. ¡Perú está pagándolo! Tanto en gobernabilidad, como en desconfianza, desinversión, inseguridad, incoherencia social, indignidad, etc. Cada uno de aquellos ocho presidentes asumió el poder en medio de una crisis de renuncias, escándalos, vacancias, acusaciones y/o fracturas internas. ¡Ninguno logró completar un año con estabilidad! ¡Ninguno presentó un proyecto de Estado! ¡Ninguno tuvo tiempo —menos todavía condiciones— para gobernar! Y la ciudadanía terminó anestesiada, incapacitada de recordar quién estaba a cargo de la presidencia hacía un mes, un año o un quinquenio. Las consecuencias son terribles: el Perú vive en un estado de interinidad permanente. No existe continuidad, tampoco hay dirección y mucho menos liderazgo. Cada presidente improvisa, cada gabinete se derrumba, cada Congreso se convierte en verdugo del siguiente. Y mientras tanto, el país se hunde en una crisis que ya no es coyuntural sino estructural. Lo más grave es que esta inestabilidad se ha normalizado. El peruano en general ni se sorprende cuando un presidente cae, cuando otro asume, alguno es investigado, otro es vacado. La política hoy se ha transformado en un espectáculo grotesco, donde los protagonistas cambian, pero el guion es exactamente el mismo: caos, confrontación, parálisis. De esta manera, el Perú subsiste sin rumbo, sin memoria y sin conductor. Un país donde nadie realmente gobierna; porque ninguno tiene tiempo, menos capacidad para hacerlo. Un país donde el ciudadano no sabe quién manda, porque nadie ordena con autoridad. Un país donde la silla presidencial se ha vuelto un asiento giratorio que expulsa a quien se atreva a ocuparlo. A un día de una nueva elección, esta es la pregunta que debiera estremecer al país: ¿seguiremos eligiendo mandatarios que no saben gobernar, o lograremos —por fin— la posibilidad de recuperar aquella calidad perdida? ¡El Perú no puede permitirse otra década perdida como esta que termina! Sin embargo, todo dependerá —una vez más— de lo que decida la ciudadanía mañana domingo.
Mira más contenidos en Facebook, X, Instagram, LinkedIn, YouTube, TikTok y en nuestros canales de difusión de WhatsApp y de Telegram para recibir las noticias del momento.
📲 Noticias a tu WhatsApp
Presiona AQUÍ y únete a nuestra comunidad 'Noticias al instante'.
