Dos infames mercaderes de la república
Pocas historias retratan -con tanta crudeza- la degradación de la política peruana como la de dos personajes -César Acuña y José Luna- que, habiendo surgido de orígenes sumamente modestos, descubrieron en la educación universitaria de bajísima calidad -aquellas llamadas universidades “chicha”- un negocio tan lucrativo como políticamente poderosísimo. Lo que comenzó como un emprendimiento informal -disfrazado de proyecto educativo- terminó convirtiéndose en una gran maquinaria acumuladora de pingües fortunas personales, que actualmente les genera ingresos de muchos guarismos anuales a cada uno de ellos. ¡Pero el perjuicio fundamental no estriba en el dinero: está en la corrosión sistemática de la vida pública! Ambos sujetos descubrieron que la política peruana no era un espacio de servicio, sino más bien el lubricante perfecto para blindar y expandir sus intereses privados. Desde ese instante, la mera actividad partidaria dejó de ser un instrumento de representación para convertirse en un negocio paralelo retroalimentado por favores, lealtades compradas y una gran red de operadores que se mueve con la lógica de un mercado negro que compra/alquila conciencias. El resultado es todo un ecosistema político capturado, donde las ideas importan mucho menos que las transacciones. Su estrategia ha sido tan eficaz como nociva: presentarse como aliados naturales de todas las izquierdas, parapetarse detrás de organizaciones populares y construir una pérfida narrativa de identificación con los sectores más vulnerables. Pero esa identificación es interesada y falaz. No responde a convicciones ideológicas, sino a la necesidad de “asegurar” mayorías parlamentarias dóciles, que les permitan mantener el control del Estado. Así han conseguido dominar el espectro político; no por mérito programático, sino por la compra sistemática de voluntades. Hoy ambos vuelven a postular a la presidencia, compitiendo -otra vez- por aquel sillón que les permitiría consolidar su influencia. Y, como ya es costumbre, lo más probable es que terminen pactando con alguno de los numerosos candidatos de izquierda que participarán en los comicios de abril. No por afinidad doctrinaria, sino por conveniencia: cualquier alianza que les garantice continuidad en el poder es bienvenida. Este ciclo de pactos, cooptaciones y negociaciones bajo la mesa ha contribuido decisivamente a la putrefacción de la política peruana. La descomposición no es por accidente: es el resultado directo de un sistema que ha permitido que los intereses privados se disfracen de representación popular. Mientras tanto, este país sigue atrapado en un Estado fragmentado, incapaz de gobernar y sometido a quienes han convertido la política en un negocio personal. ¡La ciudadanía merece algo distinto! Merece instituciones que no sean furgón de cola de ningún grupo económico ni de ninguna corriente ideológica instrumentalizada. Merece líderes que no utilicen la pobreza como escalera ni la educación como fachada. Y merece, sobre todo, tener un país donde la política deje de ser un mercado y vuelva a ser un servicio público limpio, eficiente, patriótico. La regeneración institucional empieza por identificar a aquellos responsables. Y por exigir que la política deje de ser el botín de quienes la han reducido a una empresa privada, con licencia para descomponer al Estado.
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